Se acerca la Navidad…

Y con la Navidad las fiestas, la alegría, los reencuentros, la familia, el consumismo, las calles llenas de gente, las luces ¡venga luces! las comidas de empresa (de esto tenemos que hablar… en otra entrada), los whatsapp (antes se les decía mensajes… pero ahora ya…), con foto y sin, con mensaje personal o impersonal, dirigido a ti o al vecino, con originalidad y sin. Y en toda Navidad dos pilares: las comidas y los regalos! Ineludibles, universales, cutres o fastuosos, caseros o gloriosos.

Las comilonas: con sus entrantes, primeros, segundos, postre, turrón y copa, con extra de calorías. En los menús navideños no hay ensaladitas, ni carne a la plancha ¡no! por si esa noche se acaba el mundo y debemos nutrirnos de reservas, para que la dieta de Enero sea más imposible, odiosa y necesaria. A ver ¿quién se niega a la sopa de la yaya, a las gambas, solomillos, jamones deliciosos, cochinillos y demás exquisiteces; al turrón, los bombones, el cava y el chupito? Y todo ello junto en corridos 90 minutejos, alguien decidió que en la misma comida debíamos tomar hidratos de carbono, diferentes proteínas, a ser posible carne y pescado, que el cuerpo necesita el hierro y el fósforo antes de que acabe el año, salsitas y pan… ¡toma ya! ¡Niégate… si puedes!. Y después como te has quedado con hambre: todo tipo de dulces ¡que el cuerpo está falto de todo!. Te metes todo eso entre pecho y espalda y después quiero verte yo encima de tu zapato de tacón, vestido ceñido y salir a bailar… ¿el sentido común? ¿Para qué? ¡Que alguien monte una maratón solidaria cada día para quemar lo que no comemos el resto de los 300 días del año juntos! Que esto no lo evacuamos del cuerpo ni con cinco noches de lujuría seguidas!

Después de tanto jalar ya no sabes si vas vestida, compuesta, peinada, maquillada, divina… o hinchada como el pavo de la fiesta de acción de gracias esa, de las películas americanas. La danza del vientre me gustaría proponer ese momento…

Pero de las comidas lo más peligroso: la hidratación! Dícese hidratación, o lo contrario más bien, a la deshidratación a base de alcohol. Que será muy bueno, del mejor, reserva, gran reserva o tu p.madre pero a la 5ª copa pueden meternos garrafón… ¡todo está divino! Empezamos con un bermutito, después un vinito, del bueno, otro, más tarde el chupito y dale al cava que hay que brindar! ¿Porqué? Si brindamos ayer noche y brindaremos mañana!?? ¡Pues porque sí! ¡Para beber!! Y después del cava, una birrita, y otra. Y más tarde… “ponme un gintonic que estoy seco…” y ya no sabes por donde ibas. Pero en ese momento de éxtasis mental, esa familia es tu Gran Familia, tu cuñado es un graaaan cuñado, la navidad es la hostia y ponme otro que hoy arreglo el mundo. Te sientes… happy!

La Navidad es la bomba.

Y mañana… ¡otra comilona!

En realidad no celebramos que Cristo nació, que se acaba el año, que empieza otro y nos renovamos. En realidad son borracheras encubiertas engalanadas eso sí con fastuosos papel de regalo. Pero venga… bebamos! Y brindemos!!

¡Por la Suelta que todos llevamos! ¡A beber se ha dicho!

 

De los Regalos Navideños nos encargamos en otro post.

La Suelta.

Y a veces te sientes princesa…

Porque a veces los sueños te permiten ser cualquier cosa, puedes soñar sitios increíbles, ser personas diferentes, sentir palabras innombrables, dormir en castillos prohibidos y a veces sueñas que eres princesa. Princesa de nada o de casi todo. Princesa a tu modo.

Como ese día horrible que todo ha salido torcido, la noche no ha dado tregua, el trabajo no ha salido, todo se ha desmoronado, pero lo peor y más incambiable de todo: tú te sientes floja, abajo, poca cosa, hasta vencida. Te dices que es sólo hoy, que mañana será otro día. El ánimo no levanta y te espachingas en el sofá a hojear una revista, la primera revista que alcanzas llena de mujeres espectaculares, de ropas imposibles, de bombones, pivones y tops, de cuerpos tuneados, de melenas dibujadas.

Páginas de complementos, bolsos y taconazos. Y tu mirada se detiene, se fija y se para. ¡Pedazo de chaqueta de visón en amarillo chillón! Corta por la cintura, entallada, divina, espectacular, de otra galaxia. Una galaxia llena de cosas inalcanzables. Ni siquiera en sueños. El precio es la mitad de tu salario. Pero detienes la mirada, rezuma fantasía, te imaginas en ella, con unos pantalones en cuero negro, para rematar unos Loubotin de 7cm, toda tu tuneada. Tu moral sube enteros, sigues soñando, paseando por una avenida empedrada, te conviertes en cuerpazo con solo ponértela. Tu melena incontestable la acaricia. Sientes las miradas caerte sobre los hombros. Tu ánimo vuela y tú te sientes princesa. No eres pequeña, eres grandiosa.

Empiezas a justificar la compra, a sumar, restar y buscar capital, para tal inversión, inversión de por vida, prenda necesaria. ¿Por qué? ¡Porque es chula! ¡Obvio! Porque quieres ser princesa.

Aparece tu chico, se sienta en el sofá y conecta el fútbol.

Emocionada, en tu nuevo ser le enseñas, emocionada, tu posible futura inversión, adquisición, objeto de deseo. Y exclamas:

–          Cariño, mira. ¡qué pasada de chaqueta! ¿A que es increíble?

–          Reina, con esta chaqueta… parecerías piolín  –y vuelve al fútbol-.

Pedazo de verdad andante.

¿Cómo puede alguien ser tan sincero, honesto, bondadoso y cruel en el mismo recipiente?

Y despiertas, cual sueño nocturno, te miras al espejo y recuerdas a la chica normal (dícese normal como la chica que no sale en revistas ni vive en Mónaco, no es Linda Evangelista ni pasea en carracos) Porque sin tener en cuenta tus sueños, sigues viviendo en la misma casa, en el mismo lugar. Sales de farra con tu chaqueta tejana, porque para guerras y cubatas mejor el tejano. Para tu día a día prefieres el zapato plano. Y al final siempre te acabas vistiendo en tejanos, camisetas y jerseys.

Pero qué narices, hoy te sientes princesa, porque los sueños lo que tienen es que son tuyos y nadie osa, puede, ni tiene derecho a robártelos y en sueños puedes ser cualquier cosa.

En tus sueños ya no hay chaquetas piolín, pero tu sigues siendo grandiosa.

 

Soñadora…

La Suelta.

Después de tanto tiempo…

Hacía tanto que no notabas cosquillas en el estómago, que no te probabas todo el armario antes de salir a la calle, o te mirabas cinco veces en el espejo antes de estar lista, que te maquillabas y te desmaquillabas antes de salir, que te vestías cañera y después cambiabas a modosita. Que hasta la añoranza se te hace lejana. Tu coquetería se advierte mustia, parecía guardada en el armario, quizá demasiado tiempo.

Los pendientes aguardan en el cajón de los viejos tesoros, testigos de gestas propias y ajenas, de momentos estelares, de noches eternas; esa ropa íntima para momentos especiales en el último rincón de la cajonera y tus botas moteras salen hoy para acariciar de nuevo el asfalto.

Y todo te sabe a propio, pero tú te sientes ajena.

Rastreas en tu armario, pero no te sientes cómoda, cotidiana. Y te sorprendes a ti misma que algún día todos estos abalorios los hubieras paseado, vestido, interiorizado. Cual tatuaje de aquel exnovio, ya lejano.

Pero hoy tienes la excusa perfecta, el argumento. Hoy has quedado con un hombre… después de tanto tiempo.

Quedáis en esa esquina tan cotidiana, que en tu día a día frecuentas, pero en esta hora especialmente te sientes cual niña de 16 años, inocente y tonta que hubiera quedado con su primer novio, te sientas a esperar en el escalón del portal. No quieres parecer fría, te levantas, te apoyas en la pared con el pie en la pared… desdoblas, tantas veces le habrás dicho a los niños que no se apoyen en las paredes. Y no desconectas, tu mundo sigue en la recámara.

Llega de golpe, sin previo aviso, dos besos torpes, en la mejilla, tropezones, pudorosos. Pasa la velada, sin apenas darte cuenta, fluyen las palabras, los silencios, te ruborizas, a ratos te amuerma, “¡que cambie el ritmo!”, te cuenta historias, tu desconectas, miras sus manos, la imaginación vuela, observas su piel, te dejas imaginar con fachada de atención al gran monólogo, en otros ratos consigue captar tu atención, te sorprendes a ti misma en plena carcajada. Se acaba la cena, la cuenta, el pago, el abrigo, a la calle…

Y surge la pregunta, incómoda, pero no tanto: ¿en tu casa o en la mía?

Nunca te lo habían preguntado, adviertes: siempre había un coche, un rincón, una esquina, un portal, casa de algún amigo, nunca nombrado, entre los dos pactado.

Hoy es diferente, sabe diferente. Tienes conciencia, tienes hambre, ganas, sed, curiosidad, melancolía.

Hoy hace mucho, todo te sabe a guardado.

Hacía mucho que no estabas con un hombre. En una cita, formal, antaño salíais del bar, inconscientes, embriagados, o no. Simplemente inocentes.

Abres la puerta de casa, quieres encender las luces, no encuentras tu propio interruptor, “¿te enseño la casa?” te suenas a torpe, quieres morir, saber qué se hace, qué hay que hacer en estos casos. Te observas a ti misma, interiormente te ríes.

Y en el pasillo de las habitaciones te embiste contra la pared, te quiere besar arrebatadoramente, quizá como en las películas de Clark Gable, o pretende ser Marlon Brando. No lo consigue. Te sientes torpe. Las lenguas no se encuentran, las narices tropiezan. Te quita la ropa sin despegar en ningún momento los labios de ti, no sea cosa que se deban pronunciar palabras y éstas no estén armoniosamente estructuradas o no sean políticamente correctas.

Desnudos acabáis en la cama, en posición horizontal. Obviamente. A veces pienso que los previos se deberían llevar a cabo en posición vertical que es la que dominamos y somos. En posición horizontal sólo luchamos contra la fuerza de la gravedad. Obvio. Y el pelo, su peso, las gafas, las tetas, los previos en vertical… ahí lo dejo. Mi imaginación también fluye.

Y tan torpemente empieza, como con cariño lo endulza, sus palabras son escasas, pero podemos aceptar barco, tú no articulas ni palabras ni grandes gestos, lo ves todo, pero no lo acabas de sentir. Recordabas otras visiones del sexo, otras sensaciones.

Hay una parte de ti que se tiene virgen usada, otra parte a princesa rescatada y en tu razón más cotidiana albergas la posibilidad de otro polvo.

Él se queda dormido, obvio. Tu mente femenina guardaba la esperanza de unas cariñosas palabras.

Y en silencio programas la alarma: 7.30h. Mañana no tienes nada por hacer.

7.30h. suena la alarma, el tipo despierta sobresaltado y tú con cara angustiada, dormida, apesadumbrada, miente: “lo siento! No recordé decirte que he de ir a buscar a mi madre”.

 

Traviesa.

La suelta.

¡No es necesario!

Esa primera vez compartida. Aquella llamada y el “¿quedamos?”…

En una relación más o menos formal hay una primera cena más o menos seria, una primera cita podemos decir “a solas”, allí donde las miradas son tan cortas que se tocan y los silencios tan intensos que te acarician.

Allí donde se ruboriza el escote con sólo mirarlo y nuestras entrañas se mojan de pensarlas.

En esa primera cita nunca sabes qué ponerte, una obviedad, no quieres parecer su hermana, pero tampoco la fresca del pueblo, no quieres que te etiquete de recatada, pero quieres demostrarle que tienes potencia si te lo propones.

No quieras enseñarlo todo, pero deberás insinuar al máximo.

El escote no puede ser un cartel de tráfico que permita la entrada, pero no puedes ponerte el cuello alto que tanto le gusta a la yaya.

Te voy a poner algunos ejemplos:

Elementos prohibidos:

Total look extremadamente ceñido: aparte de que quedó en la recámara de la moda;

zapato imposible, fíjate que digo zapato, no taconazo. Lleva aquello que te haga sentir bien.

4kg/cm2 de maquillaje: chicas, se corre todo en los mejores momentos.

Así evitarás levantarte, si se da el caso, en cama ajena con un careto en modo dinosaurio del pleistoceno.

No hace falta que diga que la ropa interior no será aquella que usas para “estar por casa”, no conjuntadita, ni de Mafalda, Snoopy o elementos de animación varios, eso queda para las relaciones consolidadas.

Prendas permitidas:

Escotazo, como si tal cosa, aquel que parece que no lo quiere ser, pero enseña el borde de nuestro sostén… sin querer. En realidad ¡tú eres una buena niña! Sólo que tienes alma de macarrilla… aix! ¡Qué despiste!

Blusa holgada, que a veces despistadamente cae… o en su formación textil permite la intuición de lo que envuelve.

Minifalda de aspecto formal pero de peligroso escaso desarrollo…

Pantalón ceñido, siempre es mejor ceñido que holgado, hasta en nuestras peores versiones.

No enseñes, si la obra no está para ser mostrada.

Y entonces llega ese momento en el que después de comentar y decidir adonde ir, qué comer, qué visitar, por donde pasear, qué película ver… llega ese momento en el que os quedáis a solas, os miráis honestamente a los ojos y surge el “háblame de ti…” oh! No!!!

deporteneli!!

Pasan un montón de fotogramas por tu cabeza, pasa gente, lugares, novios, familia, hobbies, logros… bueno, pues en ese momento de desnudo de adornos, sinceridad buscada, nunca, nunca y digo nunca, N+U+N+C+A: hables de tus relaciones pasadas, exnovios, examantes.

¡No es necesario!. No crees una comparación. No aporta en positivo de su percepción sobre ti.

Sirve este momento de gran momento de tenis: él pregunta algo, pues tú responde pero busca la siguiente pregunta, dale pie a qué él te explique y escucha.

Porque no sé qué gusanito interior nos ataca queriendo demostrar que hemos estado con otros hombres, quizá con más hombres que él con otras mujeres, pues pareceremos recatadas, buenas niñas, pero también hemos librado grandes batallas y conquistado grandes plazas, quizá más grandes que ésta e interiormente algo nos empuja irremediablemente a compartirlo con él.

¡NOO! NUNCA. Pues hay algo en su interior viril que se siente siempre gravemente herido. De eso no sé la explicación, se ha constatado el hecho: es algo que sobra.

No quiere decir que si algún día o momento futuro él quiere saber la verdad tú puedas contarle que conquistaste la plaza más ansiada, la más difícil, que conociste a hombres viriles, interesantes y demás, que experimentaste con el sexo tantra, con la cantidad y con la calidad, que sabes a ciencia cierta que ese tópico del “tamaño no importa” se lo venda a otra, pues tú has saboreado la verdad, pero eso será en otro capítulo de vuestros encuentros.

Estamos hablando de la primera cita formal compartida, esa donde tiene que tener ganas de volver a verte, ganas de saber de ti, misterio por conocer los entresijos de esa misteriosa, divertida, sexy e inquietante chica que le ha sonsacado todos sus secretos sin apenas hablarle de sí misma.

La inquietud por una persona no está en lo que te cuenta de ella

si no en lo bueno que consigue sacar de nosotros.

Nunca! Chicas! Nunca!

Quemaréis con vuestros examoríos todas sus ganas por volver a saber de ti!

Honestamente.

La Suelta.

Y algo hacemos mal…

En alguna parte la cagamos.

Porque en el juego de la atracción, en el juego de la seducción, del te miro, me gustas, me atraes, yo también a ti, no me lo creo, que sí, que sí. Pasamos a la siguiente pantalla: pasamos al me acerco, te acercas, permito que te acerques y disimuladamente escapamos juntos, como si pecáramos, buscando el contacto carnal. Cual ave rapaz.

Y así surge el diálogo: ¿nos vamos? ¿a donde? ¿A tu coche, o al mío?. ¿A tu casa o a la mía?. O no hay ni casa ni coche, ni tuyo ni mío. Que es peor.

Toda esta negociación, estudio mutuo, análisis, aceptación… intercambio íntimo de fluidos… lo deberíamos hacer en perfecto uso de nuestra conciencia, a pleno rendimiento de nuestras capacidades mentales, físicas y cognitivas. Viendo los detalles y conocedores de las consecuencias…

Pues no señoras, las normas estipulan que nos vamos de caza de noche, a locales oscuros y recónditos, con música muy fuerte para oír mal, con humo! Que me explique alguien a cuento de qué echan humo que huele raro.

Y entonces por si no fuera suficiente el bajo rendimiento al que sometemos nuestros sentidos… nos emborrachamos. ¿para qué? Para enterarnos menos de con quien nos vamos a acostar, a quien vamos a besar, o quien nos va a meter mano… ¡algo hacemos mal!!

Y no con la primera copa, no!! Con la cuarta, la quinta o cuando hemos perdido la cuenta, que es mucho peor… se establece un the peace is in my body!! Quiero a todo el mundo!.

Tengo una amiga que a las 4 de la mañana tenía un mantra: guapus tots!! Todos te parecen guapos, encantadores, diabólicamente irresistibles, te tirarías al discjokey y tendrías sexo tantra con el portero del local… así cuando te viene el rubio cachitas, con ojitos grises a lo grey, altísimo, con mirada seductora, te quieres morir. Derretir allí mismo. Urdir un plan para llevártelo… puesto!

Y buscas la cañita de tu cubata… y no la alcanzas, y cuando la alcanzas te lo miras seductora y chupas… y sube aire. La copa está vacía.

Pero haces como si tal cosa. Y dejas la copa y te lo vuelves a mirar…

Y ya nada recuerdas.

Por eso cuando abres un ojo y te molesta la luz, te giras y abres el otro… y… literalmente te quieres morir.

No sabes si es por el dolor de cabeza, por la cama en la que has amanecido, por el pollo castaño claro (hubiera jurado que la última persona que viste era rubio) con pelo grasiento y… desnudo!!! Que ronca a tu lado!!. No quieres mirar más.

¡¡Tu!!, la fantástica, estupenda, gloriosa, monísima que saliste ayer tarde de casa. ¿En qué te has convertido? ¡Ha desaparecido tu carroza, tus caballos y tu vestido! Y recoges con apenas fuerzas tus botas moteras llenas de barro, tu ropa que apesta y sales a hurtadillas con otro nuevo mantra:

¡Es la última vez que bebo!.

Yo sólo te adelanto una cosa: no hay mentira más gorda. Y no hay noches más locas.

Cuando el ascensor te lleva a la planta baja, te duele la cabeza, la espalda y sospechosamente la cadera… una sonrisa se esboza. ¡Nos va la marcha!

Pero… Algo hacemos mal!  O no.

Vamos a ser sinceros.

15DAS ZONELos hombres y las mujeres son diferentes. Sí, pero nos atraemos irremediablemente.

Lo que les atrae a ellos no es lo que les atrae a ellas, pero estamos condenados a entendernos. No por leyes impuestas, sino por nuestro instinto animal que es más fuerte y primitivo. Y por alguna ley primaria hace que sean ellos quienes deban seducirnos (un modo de decir: convencer, camelar, contarnos alguna historia de indios…) y nosotras valoraremos o nos dejaremos convencer…

A veces ni siquiera saben qué diantres hicieron, dijeron o llevaron puestos, qué nos convenció.

Y es que empecemos por el principio: un tío se pone cachondo gráficamente. Unas buenas curvas, unos labios rojo intenso, una melena al viento, una sonrisa de cine. No voy a entrar en chusquerías del palo: un buen par de tetas, un buen culo, o vulgaridades de ese tipo. Pero ya me entendéis, ¿verdad? Y ellos mismos se valoran y puntúan a si mismos en ese mismo grado  o parámetro de valores:

Me voy a poner buenorro para ligarme a la tía que me mola= voy a enseñar todo lo que poseo. Un bíceps que te mueres, un culito respingón… y como tal se visten y se muestran. Se levantan el cuello del polo porque el Beckham así lo lleva, el pelo a lo Neymar, los pantalones a lo Cristiano y rarezas similares.

Todo les entra por la vista. Todo. Y tiene una vía directa con su centro de actividades. Está buena, me pongo cachondo. Vaya par de tetas, más cachondo me pongo. Culito de melocotón, cerebro del tipo anulado. Y si la tía en cuestión se gira, se lo mira autoritaria y le sonríe… desmontado está el macho alfa.

Pues, señores, siento decepcionarles, pero en las mujeres no funciona así. El modus operandi es diferente, por no decir opuesto totalmente. El visual-aceptable sirve para que te den el pase, nada más. Pero después puntúa la actitud, el modo de hablar, qué palabras utilizas y qué quieres decir con esas palabras, con qué deje miras y la profundidad de la mirada. Si callas o si hablas. Si sabes escuchar y sabes responder.

Simplificando: todo está concentrado en ese pequeño, desconocido e infrautilizado órgano llamado cerebro, es el centro de operaciones que debes anular, la torre que debes atacar y controlar, la zona que deberás colonizar. Qué sencillo! Y qué complejo!

Qué gracia me hace el pollo que acariciándose el bíceps se mira soberbio a la rubia del fondo de la barra. Lo siento, pollo, ese bíceps al único que pone cachondo es a ti mismo, porque de nada sirve si al acercarte a la rubia en cuestión, sólo se te ocurre lanzarle un “qué? Te vienes?” hombre pues si todo ese músculo da para tanta literatura me voy a morir. Y si toda tu musculatura está concentrada en esa parte superior de tu cuerpo… vaya desperdicio.

Incondicionalmente.

La suelta.

Esa primera vez…

 

Siempre hay una primera vez para todo, podemos recordarla o no, está guardada a fuego en nuestra memoria o la hemos olvidado por completo; por bonita, memorable, atrevida, romántica, decepcionante o gamberra, pero siempre hay una primera vez.

Hay un primer coche, nuestra primera vuelta en moto, nuestro primer café, aquel primer cubata, el primer novio, aquel primer beso (que no tiene por qué ser con el primer novio), la primera nit-seca, la primera y siempre recordada borrachera, nuestro primer amor. La inolvidable primera vez que hiciste el amor. Porque la primera vez se intenta que no sea un polvo rápido, ni lento. Se pretende que haya sentimiento. Casi siempre decepciona, nunca es lo que la imaginación nos prometía. Pero la primera vez, haces el amor no echas un polvo.

Y hoy vivo la primera vez que escribí en mi blog. Para todo hay una primera vez.

En la películas rosas el hombre caballeroso, guapo, interminable, se fija en ella, o ella se fija en él. Existen unos diálogos medidos escrupulosamente, una negociación sútil y muy delicadamente acaban en la cama, nadie tropieza, no aparece ni se nombra el condón, no chocan los cuerpos sino que en armoniosa coreografía sucumben en un, ahora me pregunto cómo, orgasmo simultáneo. ¡En el primer acto sexual de la chica!

Y todas albergamos la inocente esperanza que nuestra primera vez será de película rosa, sea como sea el tipo, que los diálogos y las frases quedarán por siempre en nuestra memoria, por gloriosas, por bonitas.

Después la realidad es otra, radicalmente opuesta. Se puede negociar el sitio, comentar el cómo, la hora… pero atropelladamente llega el momento de la verdad, te encuentras sin manual de instrucciones ante tu compinche sin más experiencia que la visualización de esas películas rosas. Para nada deberías haberte enfundado tus gloriosas botas Dr. Martens (tantos cordones! Por Dios!) la mini falda y las medias no son lo más indicado para este momento, ninguno de los dos sabe abrir, colocar, ni desplegar el maldito condón, cuando creéis haberlo conseguido la líbido se ha escurrido por el sumidero aunque recuperable. Conseguís una postura aceptable y creéis haberlo conseguido. El acto se da por concluido cuando él ha acabado.

¿y tu? Pues también, supones, crees, piensas, deduces. Estás bien, será que ha terminado, no los sabes. ¿he tenido un orgasmo? Ni lo sabes. ¿tendría que haber gritado? Acabas confundida, contenta, no vuelas, levitas ni tocas el cielo, simplemente dudas de ti misma. El chico está contento. Pues será que debemos estarlo. ¿es normal que me duela?

Más adelante (encuentros, años, chicos, tropiezos, orgasmos verdaderos) descubrirás que quizá sí fue esa tu primera vez, pero que eso no fue un orgasmo, que los verdaderos orgasmos pueden dejarte temblando, te cuesta recuperar el habla y por supuesto que vuelves levitando, te duermes con una sonrisa en los labios y si articulas algo simplemente es: ¡qué polvazo, por Dios!

Porque las primeras veces nunca son las mejores, para todo se necesita práctica, para perfeccionar hemos de errar, equivocarnos, tropezar, lamentar y caer. Para encontrar el clímax habremos de subir muchas montañas y dejarnos llevar.

Porque los buenos orgasmos no pasan ante nosotras tímidamente, disimuladamente, en silencio o sin hacer ruido.

Los orgasmos increíbles hacen ruido, se dejan sentir, recorren tu cuerpo te arrancan el habla y te graban una sonrisa. Pero nunca aparecen en la primera vez. Eso es un fallo de memoria.

Así como los primeros escritos nunca fueron los mejores. Las primeras entradas no son las más gloriosas.

Pero lo difícil se hace y lo imposible se intenta. Decía aquel.

Hoy es la primera vez que escribo en mi blog. Y lo recordaré dulcemente cuan torpe puedo llegar a ser.

E intentaré liberarme para las siguientes.

La Suelta.

la mejor hora en el mejor lugar…

la mejor hora en el mejor lugar...

porque hay una hora del día en un lugar del mundo donde la luz es diferente y el olor a mar te acaricia suavemente las entrañas…