XXII. ELLOS. Hasta sueño contigo.

Javi cogió la carita de Ana entre sus manos, se la acercó y la miró de cerca. Miró al fondo de esos ojitos locos. Tenía los ojos pequeños y vivarachos. Juguetones. Inquietos y curiosos. Esos ojitos gamberros. Miró sus labios, ligeramente abiertos. Temblaban. Suplicaban. Levantó la mirada y la vio suplicando. Cerró los ojos e inhaló ese olor a vainilla que siempre la envolvía. La acercó y besó sus labios. Un beso. Luego otro. La volvió a besar y no la separó de sí. Entreabrieron los labios. Se encontraron las lenguas. Al principio torpemente. Después deseosas de encontrarse. Ella se abrazó a él. Le cogió. Estiró. Buscando donde asirse. Donde enganchar el deseo. Donde anclar sus gestos. El arrastró sus dedos entre sus cabellos.

Soplaba el viento de final de tarde.

La separó, la miró y la abrazó contra sí. Suspiró: «Ana… Ana… Ana…»

Pero Ana no respondía… sintió miedo. Inquietud. Incertidumbre.

Ana… Ana… Ana…

Se sacudió y despertó, el sueño había sido intenso, palpitaba.

Laura dormía a su lado profundamente.

Sabía que Ana nunca sería para él, pero aún así su mente y su deseo iban hacia ella.

Después de su confesión, de saber que el padre de Anita era un tal Mario, de conocer parte de la historia y de ver en los ojos de Ana que aún seguía sintiendo ese amor tan limpio, auténtico y puro que él mismo sentía por ella. Debía ayudarla. Ayudarla a encontrarle. Ayudarla a que fuera feliz.

Aunque no fuera a su lado.

Al día siguiente se escabulló de la oficina justo después de comer y fue a buscar a Ana, con la excusa de salir a caminar, a estirar las piernas, por su estado, por su bien, se la llevó al paseo, cerca del mar, a dejarse acariciar por la brisa marina. Se la miraba de soslayo, aquella niña gamberra y dulce a la vez, ella vivía la vida a su manera, como le venía bien, sin pedir explicaciones, sin darlas, sorbiendo sus chupitos de felicidad mezclados a su manera, con su propia composición, llevar a Anita en su vientre le aportaba felicidad aunque no tuviera a ese tal Mario.

Javi recibió una llamada en ese momento… “laura…” silenció el teléfono, no lo cogió.

Y volvió la mirada a su loquita, no habían pronunciado palabra, no habían reído. Ana extrañamente estaba seria, pensativa. Algo le rondaba, se comía las pieles de las comisuras de los labios, destrozándoselas. Ana miraba a Javi con una sonrisa de paz y tranquilidad, si le tenía allí a su lado, nada podía salir mal. El cuidaría de ella. No quería el siguiente pensamiento, pues sabía que nada bueno le aportaba o una nueva lucha le esperaba y andaba cansada, con aquella panza.

Javi era la descripción de la bondad hecho persona, era un chucho relleno de buenas intenciones aunque algo le rondaba…

  • ¿qué piensas bicho?
  • Ya sabes que nada bueno, trasto. O siempre bueno: Pensaba en ti.
  • Eso no es bueno. Ya lo sabes. No debes pensar en mi, sólo cuidar de mi Javi. No soy buena para ti, por eso te necesito a mi lado. Porque no me fío de mi.

Javi, si no estuvieras cerca de mi… ¿qué diantres haría? No puedo descarriarme en mi             estado. Soy autodestructiva. En esta etapa necesito alguien que piense cosas positivas y       que cuide de mi. Te necesito.

  • Bicho, dices hoy muchas tonterías.
  • Lo sé, por eso te traigo loquito.
  • ¡Trasto!

Entró otra llamada de Laura… “debo coger, disculpa, no sé qué pasa”

  • Dime.
  • Javi, he perdido la cartera, estoy en casa con los niños, mi madre va a venir a llevárselos pero no me ha dicho a qué hora. No sé dónde he podido dejar la cartera. Quizás en el bar rincón.
  • ¿quieres que pase a buscarla?
  • Si puedes, estaría bien. Me harías un favor, cuando acabes, pásate por allí. ¿sabes dónde es? Ha tenido que ser esta mañana, pero desde entonces no he usado la cartera.

En ese mismo instante en el bar rincón, Mario salía con la cartera de Laura en el bolsillo, dirección a la calle del mar, 52. Como indicaba el DNI. No sabía porqué estaba haciendo aquello, se sentía vacío. Andaba anclado en el pasado, en oportunidades que había dejado pasar, por gilipollas, por falta de huevos, había dejado de vivir desde entonces, simplemente se limitaba a sobrevivir. Sin vida. Y siempre la mirada de Laura hacía que se sintiera menos vacío, algo querido incluso. Esa mujer le transmitía sólo cosas buenas.

La curiosidad hizo el resto.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

XXI. ELLOS. No me sueltes que tiemblo.

Y Ana embadurnada de tristeza escribió:

 

 

No me sueltes que tiemblo.

No te alejes.

No cierres la historia, no quemes mi risa.

Todo queda en silencio.

No hay mañana, no hay motivo.

Tu llenabas el espacio, ponías en marcha mi magia.

Me arrancabas la locura.

Pero cerraste nuestra historia.

La última chispa de vida.

 

El mundo se ha quedado parado, en mute. No se mueve.

Mi mundo ya no gira, ya no ríe.

Mi mundo, el tuyo.

«Cuídate». Me dijiste. En la esquina de mi mejilla.

“No cambies. No seas otra. Siempre estaré ahí.“

Es como la lluvia de noche, nadie la ve, ya no se siente.

Yo te abrí la mano, dejé mi certeza entre tus dedos.

Los cerré y me di la vuelta.

Para que mi día quedara a oscuras.

Para no seguir pensándote…

De noche o al alba.

Para apartar tu pensamiento.

Para higiénicamente seguir hacia adelante.

Como siempre.

 

Tengo la amarga certeza que mi felicidad se fue contigo.

Que encontré un cachito de ella en tus abrazos.

En tu risa, en tu mirada alegre y confiada.

En tu forma de desnudarme, leerme y entenderme.

En esa forma sólo tuya de quererme. Sin decirlo.

Pero sintiéndolo.

Y te apartaré de mi día a día.

No podré volver la vista atrás sin tristeza.

Detrás de tus labios está mi risa.

Detrás de tu calor está mi sosiego.

Si querías borrar mi magia. Lo conseguiste.

Gracias.

 

No me arrepiento de uno sólo de mis pasos.

 

Tuya. Siempre. Tu mudita.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

XX. ELLOS. ¡Tú no lo entiendes!

Después de aquella noche, Ana pasó un día, dos, tres, cuatro, cinco días sin saber de Mario. Se sentía extraña, dejada, rechazada. No entendía. Qué hubiera dicho. Donde estaba el fallo. Para ella cada encuentro había sido perfecto. Cada frase. Cada broma. Las miradas decían tanto. Su relación se basaba en las palabras y en los gestos. Podían entenderse con una mirada. Y de repente ese vacío. Esa cruel soledad. Ese no saber. El silencio. Ni una llamada. Aunque Mario no era de llamar. Pero quería saber. Él era huidizo, pero tanto…

Y en el sexto día andaba, mordiéndose las uñas, las pieles y más hubiera. Que se sentía morir. De angustia e incertidumbre. Cuando apareció Mario. Traía cervezas. Y una coca. De su abuela dijo.

Se sentó en el porche de casa con Ana y le habló de su abuela, que era un remanso de paz para él, le dijo donde vivía y que esa tarde le había preparado aquella coca de tomate tan rica que sólo ella sabía hacer.

Ana sabía que Mario no había venido a hablarle de la coca, de su abuela ni de las olas que ahora estaba describiendo con tanta pasión.

Ella esperó a que fuera él quien hablara. Se hizo un silencio. Un silencio tierno y eterno.

Mario se la miró.

  • Ana, mira. Quería hablar contigo. Tendríamos que pensar todo esto. Yo no soy el hombre que tú necesitas. Yo te haré daño, mudita. Debes entenderlo. Te quiero con locura. Pero precisamente por eso, debo alejarme de tu lado. No soy lo que buscas. – Ana sintió como sus ojos se inundaban de lágrimas, como su corazón de llenaba de tristeza. Su ilusión se derrumbaba. Nada podía sostenerla. Le cabreaba la forma de él de elegir por ella. Se lo miraba y le parecía rabiosamente más irresistible.
  • ¿Puedo elegir yo con quien quiero estar, a quien elijo a mi lado, a quien querer?- respondió rabiosa. Con los ojos encendidos en rabia. Queriéndolo aún más si cabía.
  • Eres muy valiosa. Vales mucho, mudita. Tienes un alma pura. Una magia indudable. Yo no soy quien tú mereces. – ella empezó a llorar, las lágrimas corrían por sus mejillas, acariciándola, desarmándola. –
  • ¡Tú no lo entiendes, Mario! ¡Tú no lo entiendes! – y se quedó mirando hacia el mar encabritado, ese día el oleaje se cabreaba con los acantilados y se dibujaban borbotones de espuma a los pies de su inmenso orgullo. –
  • ¿qué es lo que no entiendo?. – y dio un salto para ponerse de cuclillas delante de ella, ella miraba al suelo, resentida, le cogió la carita y la alzó hacia él. Ana no conseguía dejar de llorar, de rabia, de impotencia, de ver que lo que más quería, el bien que más valoraba en su vida se le escapaba de las manos, cual arena escurridiza. Sin poder sostenerla. Ella se lo miró a los ojos cabreada con los ojos entreabiertos, el ceño fruncido.
  • Mario, yo por ti mato. Yo por ti mato. ¿Entiendes eso? ¿Puedes entender eso?
  • No está bien, Ana. No debes subordinarte tanto a nadie. Yo te haré sufrir.
  • Si tú no estás en mi vida, no vale nada. – él se enfureció por primera vez desde que le conocía. Se ofuscó y esta vez fue él quien frunció el ceño. Y alzó la voz:
  • Nunca, nunca, nunca. Te permitas pensar siquiera que tu vida no vale nada. ¿De acuerdo?

Ella se lanzó a sus brazos. Le abrazó. Le besó el cuello sorbió su olor. Ese que la ponía a mil. Cerró los ojos y sintió que era ese el abrazo más valioso del mundo. El que recomponía sus miedos. El que se llevaría con ella si él realmente desaparecía de su vida. Y se permitió alargarlo.

-Vamos mudita. Vamos dentro. Cálmate.

Entraron en el apartamento. Era ya de noche. Se tornaba negro el cielo. Las gaviotas graznaban en la orilla del mar. El oleaje callaba ante tan triste noche.

Mal comieron unos sándwiches. Se tumbaron en el sofá cama de la única estancia que componía el minúsculo apartamento.

Y allí alargaron los minutos.

Hasta que él la besó ardientemente, pausadamente. Quería poseerla. Sabía que debía desaparecer de la vida de Ana, pero quería quedarse todos los minutos de más que ella le permitiera… todos. Sin permiso. Sin licencia. Abrazarla. Hacerla feliz, de aquella irreal forma. Para él no era una forma lícita de amarla. Amarla hubiera sido ponerse a sus pies.

Y no es que no pudiera, no es que no quisiera. Es que no sabía.

Y no sabía porque le apoderaba el miedo.

Le atenazaba. Le golpeaba la sien. No se veía capaz de ser un hombre a su altura. De hacerla feliz.

Arrastraba una rabia interior, con el mundo…

Y en ese segundo apartó todo pensamiento moral, ético y se centró en su mudita y dejó correr todo el sentimiento que ésta le provocaba. Dejó fluir lo que ella ansiaba. Y todo aquello que en realidad. En una realidad física y más auténtica que nunca les hacía feliz a los dos. Se la sentó encima y le besó el cuello. Ella vibró, se estremeció y se secó las lágrimas.

Le deseaba más que nunca. Quería sorber cada cachito de él, quería fundirse en él. Quería dejar de ser si él desaparecía. Cerró los ojos y sonó un beso. El más dulce de los besos. Le abrazó fuerte. Se sentó a horcajadas sobre Mario. Ana apartó la melena de Mario, besó cada centímetro de su rostro. Los cuerpos se encendieron. Pedían a gritos un mordisco. Se quitaron las camisetas. El roce de la piel estremecía. Se deseaban hasta límites indominables. Se entendían sin mediar palabra. Ella le tumbó, le besó, le deseaba, quería sentirle suyo. Él se dejaba querer. Se sentía deseado, querido. No se sentía digno de amarla, pero él sufría más que ella al apartarla de su lado. Y con más ansia la besaba. Ella le desabrochó el pantalón, le desnudó. Se lo comió, con ganas, con hambre, con destreza. El placer los elevó. Él se dejó hacer. Ana le excitó, sabía cómo hacerlo, él mismo le había enseñado, cómo le gustaba, la cadencia, la fuerza, con qué dedos, cómo cogérsela…

Pero Mario quería sentirla, sentirla suya. Se la subió. La beso y la desnudó. Y la tumbó… Ella le sintió entrar, suavemente. Firmemente. Los dos necesitaban sentirse parte del otro. De esa manera inconmensurable que sólo te da el sexo. De una forma interna que sólo sentían ellos.

Y lentamente, sin soltarse, fueron subiendo su excitación, sin bajar la cadencia, encontrando el placer del otro y sintiéndolo propio. Se hicieron el amor el uno al otro, en un encuentro suave, tierno y largo. Ana susurró en el oído de Mario: “soy tuya, siempre te querré.”

Se corrieron el uno en los brazos del otro. Se tumbaron y dejaron llegar el alba. En silencio. Tristes aunque serenos de tenerse aunque fuera en esa fracción de la eternidad.

 

Cuando Ana despertó Mario no estaba a su lado.

En la mesa una nota con mala caligrafía:

“Mudita, no cambies, te quiero hasta doler, pero mereces algo mejor.

Sé feliz. Lo mereces más que nadie. Cuídate. Hazme ese favor. Tuyo. Mario.”

 

Y la tristeza abrazó a Ana, se la llevó, la derrumbó. La venció.

Su alma sintió que debía escribir algo.

Y un triste poema salió de su mano…

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

XIX. ELLOS. Cómo tú me miras.

 

Amaneció despacio con poca luz.

Cuando ella abrió un ojo él estaba despierto mirándosela.

Hacía bastante rato que la observaba dormir.

Apretar los párpados cuando los primeros rayos empezaron a despertarla.

Ella abrió los ojos se lo quedó mirando y sonrió.

El la besó en los labios y se puso en pie.

Surgieron las excusas, tenía que hacer cosas, debían irse, no sabía cuándo podrían volverse a ver. Ana asumió. Entendió y se fue a casa. Se despidieron con un beso. Recatado. Corto y dulce.

Ana podía equivocarse pero sentía que a él le molestaba sentir.

No quería apegos.

El resto del día fue una sucesión de gestos cotidianos sin contenido.Vacíos

Ella a cuestas con sus pensamientos, con el sabor a noche mojada

Dejó pasar las horas.

Pasó un día y ahora otro.

Tenía su teléfono y él tenía el suyo.

Pero no le llamó, no le buscó.

Sabía que para volver a tener a Mario debía quedarse quieta y esperar a que él volviera.

Y al tercer día, rondando las 19:00, sentada en el porche del apartamento vio aparecer un 127 destartalado.

Le dio un vuelco el corazón. Se le hinchó el alma de alegría y la sonrisa de ilusión. Se quedó quieta mirándoselo. Feliz.

Salió el del coche con seis cervezas en la mano.

– ¿Te apetece pedir unas pizzas y me taladras la cabeza? Mudita. Que sé que me has echado horrores de menos… ¡Confiesa!.-sonreía Mario con la más radiante de las sonrisas. Lleno de energía y vitalidad.

Ella quedó entre absorta y prendada.

¡¿Qué golfo era aquel!? ¡Tan bribón y dulce a la vez!

Pidieron pizzas, bebieron las cervezas y él empezó a contarle historias de su infancia, relatos tiernos, rellenos de cariño, recubiertos de dolor. Parecía que nunca hubieran sido contadas. Historias íntimas, otras cómicas. Ella se enternecía, se maravillaba y se prendaba cada vez más. Cuando Mario le preguntaba a Ana, Ana sentía que la escuchaban por primera vez en su vida y salía una versión de Ana que ella misma desconocía. Una Ana profunda, dulce y sensible, graciosa y picarona, que con Mario sacaba su versión mejorada.

El escuchaba, escuchaba los espacios, interpretaba correctamente las comas y sabía interpretar cada tilde, cada exclamación.

Ana sentía con Mario que iba quitándose prendas, desvistiéndose, desprendiéndose de la máscara y el postín. Le sobraba la artificialidad, el postizo y el maquillaje.

Con Mario era la Ana más auténtica.

Y aunque no le conocía percibía que Mario mostraba con ella mucho más de lo que su licencia varonil y de conducta se permitía habitualmente.

Eran distinto género de la misma materia. Se entendían sin palabras, porque sus códigos de conducta eran idénticos.

Ana acababa de dibujar una anécdota, una historia añeja, pasada, con palabras, con tonos, con gestos y expresiones. Mario no había podido dejar de escucharla ni un segundo.

Acabó Ana al borde del llanto.

Aquella historia pasada siempre le descolocaba el ánimo y la entereza.

Acabó el relato y echó un trago.

Mario se la quedó mirando.

-Eres la mujer más fuerte que conozco.

Ana se sintió temblar. Quiso desaparecer.

¿De dónde diablos salía aquel chiquillo? Porque por grande, enorme y fuerte que fuera a sus ojos era un chiquillo juguetón y hambriento de cariño. Miedoso y huidizo. Pero dulce e infantil. Recubierto de fiereza.

Y así se sucedieron los días.

Ana cuando se levantaba nunca sabía si iba a ver a Mario y Mario aparecía como por arte de magia.

Ella nunca le llamo.

Él aparecía y sin darse cuenta le fue cogiendo cariño. Más cariño del permitido. Él empezó a sentir ansia de ella. Ella necesidad de él.

Cada uno podía sentir lo que el otro necesitaba y se sentía feliz de poder brindárselo.

Se fueron prendando el uno del otro. Fueron coloreándose a expensas del mundo. Absortos. Sin mirar a ningún lado que no fuera a los ojos del otro. Percibiendo cada gesto. Registrando cada olor.

Se embriagaron. Ella esperaba y él venía a buscarla. Ella le llenaba el gesto de magia de risa, de alegría.

  • ¿qué es lo que más te gusta de mi? Mudita.
  • Cómo tú me miras. Vencido y sin argumentos. Nunca nadie me había mirado así.
  • No me conozco, mudita.
  • ¿Y no te gusta?
  • No.

El en gesto decidido la cogió de la barbilla y la acercó hacia sí.

Abrazándola la besó unos largos segundos.

Y la miró orgulloso.

Sus cuerpos empezaron a ser el lienzo del otro, el refugio, fuente de vida, rincón de paz. Los brazos de Mario eran paz para Ana. Mario conocía cada curva de Ana. La tocaba con una dulzura que nadie le había enseñado, con una pasión que la derretía. Mario sabía qué teclas tocar, qué puntos volvían loca a Ana y Ana hambrienta se lo comía, le devoraba.

Ana veía más allá del Mario seductor y varonil, sentía al caballero, al único caballero que había entrado en su cama. El único que priorizaba su placer al suyo propio. La llevaba al éxtasis y precisamente esto era lo que le hacía sentir bien a él. El placer volvía cual boomerang aumentado.

Ana y Mario en la cama eran dos cuerpos que se entendían sin hablarse, bailaban la misma música, seguían el mismo ritmo. Alcanzaban el orgasmo a la vez sin mayor excepcionalidad. En la cama eran uno. Sin más.

Y así escribieron un día tras otro, entrelazaron las semanas. Emborrachándose el uno del otro.

Una noche…

Estaban los dos hechos un ovillo, entre las sábanas, desnudos, con la tibieza que da la piel y el calor de sus cuerpos entrelazados, ella hundía la cabeza en su pecho, le olía, le besaba, cerraba los ojos y volvía a besarlo, abrazados. Él boca arriba estirado y ella de costado con la cabeza recostada en el brazo de él, las piernas de ella lo abrazaban y la mano libre de ella dibujaba círculos en el torso inmenso de él. El acariciaba su espalda, con las yemas de los dedos de arriba abajo, lentamente. Le besaba la frente.

En un gesto enfadado con el mundo la miraba a los ojos, le cogía la carita y le preguntaba ofendido:

  • ¿Por qué me gustas tanto? ¿qué me has dado? ¿qué me has hecho? – preguntó ofendido Mario.-
  • No forzarte. Entenderte y cuidarte. Poco más. –contestó rendida Ana.-
  • ¡Eres una bruja hechicera!. Yo no quiero sentir esto.

Ana se ofendió, se incorporó y despeinada como leona, desnuda hasta la dulzura, con un rostro sonrojado y rabiosamente adorable se lo miró de frente y le dijo:

  • Mario, no sé por qué tienes tanto miedo. No voy a hacerte daño, no voy a forzarte a hacer nada que no quieras, todo lo que ha sucedido es porque tú lo has deseado, buscado y querido. Tú puedes quererme, pero no quieres. Cuando te conocí, no sabías quererme y creo que tengo el pequeño honor de haberte enseñado a quererme… pero a partir de aquí, es cosa tuya, es si quieres o si no quieres. Yo ahí nada puedo hacer. Lo que yo sí sé es que te quiero. Y no puedo remediarlo. No lo pretendo y no voy a luchar contra eso.

Mario la cogió, la acercó hasta sí, la besó intensamente y le espetó: “calla la boca, piltrafilla.”

Y se hizo el silencio.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

XVIII. ELLOS. Cierra los ojos

Aparcó el 127 destartalado en la puerta de casa, deprisa. Salió por su lado y se acercó a ella para cogerla firmemente de la mano y llevarla hasta casa. No fuera que con la oscuridad ella se tropezara. La orientó sobre los escalones que no se veían.

Cómo podía ser alguien tan rudo y dulce a la vez. Mario tenía una mezcla explosiva de fiereza con el mundo y dulzura con ella que la derretía por dentro. Tenía unos labios perfilados que decían cómeme, a cachitos, lentamente o a bocados con hambre. Pero cómeme. Tenía la mirada más traviesa que ella hubiera visto. Se sentía desnuda ante él. Parecía desnudarla, leerle el pensamiento y actuar en consecuencia. A su lado sentía que podía cerrar los ojos y dejarse llevar; sentía que él la cuidaba y a la vez divertía. Desde que se habían encontrado aquella tarde sólo deseaba una cosa: que él la besara con la misma hambre que la atravesaba a ella. Pero debía ser él. Ella sentía así.

Sin soltarla de la mano entraron en la pequeña casa a oscuras, se entraba directamente a la cocina abierta a un comedor con un sofá debajo de la ventana que daba directamente al mar, a la playa. Una playa oscura que sólo rumoreaba al fondo. Ana sentía cada olor, cada rumor, cada brisa marina que corría aquella noche. Mario la dejó en un rincón y le susurró al oído: “Quédate aquí quieta, no te muevas, espera un minuto que vuelva. ¿De acuerdo?” Ana asintió con la cabeza. ¿Cómo negarle algo a aquel niño grande, juguetón y dulce, viril y protector?

Esperó Ana apoyándose en la pared con las manos cruzadas a la espalda. Nerviosa. Intrigada. Preguntándose donde habría ido él.

El desapareció hacia la habitación, no supo qué hacía. Encendió las luces. Y volvió, se la quedó mirando a dos palmos. Y dijo:

  • Eres la cosita más dulce, traviesa y adorable que yo me haya encontrado. – se la miró con ganas. Ana temblaba, estaba hecha un saco de nervios, todo su cuerpo temblaba, deseaba tanto que él la besara, que la mente se le había puesto en OFF por primera vez.

Apenas el rumor del mar como testigo.

Mario se acercó a Ana posó sus labios en los de ella, le dio un lento y dulce beso, un beso que sabía a caricia, un beso con la dulzura de la miel, pero picante como un chili. Se la quedó mirando. Ella no podía dejar de temblar. Mario se acercó, posó sus dos manos en el cuello de Ana, le cogió la barbilla y la levantó hacia él. Entonces le dio un beso largo, intenso, cada vez más intenso. Su lengua la visitó, la saludó, le acarició la comisura. Y sonriendo la miró.- “¡besas bien eh! Mudita!”- sorprendido.

Bajó su cara al cuello de Ana, lo besó. Ana sintió cómo se le erizaban hasta las pestañas, le recorrió un escalofrío, un repelús. Y se agitó. Puso sus manos en la cintura de él y empezó a subir por aquella interminable espalda, él pareció hincharse, se acercó a ella, los cuerpos vibraban de deseo, se encendieron, se aceleraron. En ese intenso momento, Mario se separó de ella le cogió de la mano y la llevó a la habitación contigua.

Ella había estado con tíos, había conocido otros cuerpos, ella indagó el sexo sin prejuicios antes de Mario. Pero nunca había sentido aquel deseo animal, aquellas ganas de poseer a nadie, pero más aún, algo más misterioso para ella, hambre de que ese ser delicioso y varonil la poseyera. La hiciera suya. Le deseaba con cada poro de su piel.

Mario tomaba la iniciativa y ella lo agradecía.

La entró en la habitación, la sentó en la cama y una a una le fue quitando cada una de las prendas que llevaba, le quitó con suavidad las botas, las dejó a un lado, le quitó las medias, el vestido. Cuando quedó en ropa interior besó su cuello, su escote, besó sus hombros y le quitó sin mediar palabra el sujetador. La puso de pie, le bajó las bragas y le dijo “túmbate”. Ella se tumbó. Sin rechistar. Deseándolo más si cabía. Si cabía un gramo más de deseo en ella.

Él se desnudó en un plis, se quitó la camiseta en un segundo y descubrió su torso bronceado, torneado, vibrante, ella simple y llanamente no podía creer lo que estaba viendo. Se acercó a ella, la besó y le dijo “cierra los ojos”. A gatas sobre ella empezó a besarle la frente, la cara, las mejillas, la cubrió de besos, besó sus pechos, acarició sus senos con el torso de sus manos, en círculos. Cogió con su pulgar y su índice sus pezones y los apretó con fuerza en firmes círculos, en el límite del dolor. A ella le dio un latigazo de placer directo al clítoris que desconocía hasta ese minuto. Se arqueó la espalda de Ana hacia el cielo. Ana empezó a ponerse cachonda. Le deseaba. Era la única frase que podía pensar, sentir. Tenía hambre de ese hombre.

El bajó, besó su vientre, la melena de Mario la rozaba, a ella se le erizó cada centímetro de su piel, no pudo más: abrió los ojos y vió aquella fiera hambrienta besándole la ingle, entonces se incorporó y puso sus manos abiertas sobre esa tersa melena, sobre ese pelo oscuro y le gimió: “por favor, cómemelo.” Mario alzó su cara de gusto hacia Ana, sonrió se acercó y la besó: “ahora mismo mudita, me muero de ganas”

Con un dedo hurgó, acarició y masajeó. Entró el índice rabioso domando la lujuria. Ella sintió un mareo de puro placer. La sacudida fue tal que se tumbó y se dejó llevar. Él la guió por la senda del placer más profundo que nunca la hubiera atravesado. Era como si conociera cada terminación nerviosa de su entrepierna. Se lo comió despacio, mientras el dedo seguía hurgando sus entrañas. Ana no era Ana. Simplemente era plastilina en las manos de Mario. La espalda se arqueaba, las piernas sacudían. Él no paraba, no bajaba el ritmo. Ella seguía subiendo. Rota de placer. No sabía que su cuerpo pudiera sentir tanto placer. Puro delirio. Entonces Mario paró de golpe, se irguió, se acercó a ella, entre sus piernas, las separó, se tumbó sobre ella y acercó su punta al borde de sus labios inferiores. La dureza y calidez inyectaban a Ana tanta lujuria como ansiedad. “ssssssh! Tranquila, mudita, disfruta. ¡No tengas prisa!”

Pero ¿cómo no iba a tener prisa si estaba al borde del colapso?

Mario la penetró con toda la dureza y calidez que una combinación perfecta puede dar. La embistió sin dejar de mirársela a los ojos. Le besó el cuello, los ojos. Y finalmente cerró los ojos y le besó los labios. La penetró hasta llevarla a la esquina última antesala del orgasmo.

“córrete en mis brazos, mudita”

Fue decir estas palabras y Ana se corrió de placer, de puro gozo, llevada por el gusto más intenso. Le notaba dentro, húmedo, cálido, suyo y cuando Ana ya bajaba, retornaba, los últimos espasmos la recorrían. Oyó a él susurrarle en la esquina de su oído: “me corro, me corro!” Mario se iba, se deshacía sobre Ana.

No podía escribirse instante más mágico en el cuerpo de Ana.

Silencio. Lenguaje del éxtasis.

Quietud. Color del placer.

El rumor de las olas. Único testigo.

Pasaron unos segundos, Mario se tumbó boca arriba e hizo que Ana se acurrucara en su brazo, la abrazó y la tapó.

Le susurró unas palabras que no puedo contaros. Y ella se durmió con la más dulce e inquebrantable de las sonrisas.

Mario se quedó mirando a esa mudita adorable que tenía acurrucada en su regazo. La besó en la frente y apagó la luz.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

 

XVII. ELLOS. Descubrir. Dejarse llevar.

Habían quedado a las 19.00 pero desde las 17.00 no había podido relajarse, no había parado y no había hecho nada.

Paró en frente de su casa un 127 destartalado y oxidado dando bozinazos. Meeec-meeec!!

Ana estaba sentada en el último escalón del acceso a su casa. Esperaba con la chaqueta en la mano. Se quedó mirando a ese niño de sonrisa inmensa, a ese niño gamberro y alegre que le pitaba sin parar para decirle a todo el mundo que quisiera oírle que había venido a buscarla, a su mudita.

  • ¡Pero qué guapa que va ella!.- dijo fuerte, enérgico y alegre Mario.-
  • ¡No me hagas poner roja!.- contestó Ana.-
  • El vestido de flores lo habrás puesto a lavar supongo…
  • Ja-ja-ja! – río forzada.- ¡pues no te creerás lo que me ha pasado!.- Ana empezó a reír a carcajadas viéndose en la última torpeza, con la ducha, con su cuerpo y con su vida; ella se hacía gracia a sí misma, al contarlo se reía, se partía y en su alegría le contagiaba, emitió un monólogo como de 5 minutos sin stops. Hasta que a Mario se le dibujó la más dulce de la sonrisas, cautivado escuchándola, saboreando su risa, sin en ningún momento saber qué diantres le estaba explicando. Esa niña era tan dulce. No sabía qué tenía.

 

Él arrancó al fin, con prisas y se perdió detrás del último camino de piedrecitas al final de la playa, aparcó en un hueco entre dos pinos, bajó y le señaló que le siguiera.

Ana se preguntó qué habría allí.

  • ¡Ten cuidado por donde pisas que eres especialista en subirte donde no debes y debo andar detrás de ti cuidándote como un loco! – sonaba tan falsa la queja, tan dulce su preocupación… a ella le encantó. ¡Qué ricura! Tan golfo y tan tierno.

Mario escaló por un camino de rocas al final de la playa, le decía donde debía poner el pie, donde cogerse, le cogía la mano con firmeza, guiándola; era última hora de la tarde, la llevo a través de un caminito cada vez más estrecho hasta que entró en una gruta entre las rocas, y como si de un escondite de piratas se tratara, allí dentro, al fondo, había una ventana al mar. Cuando Ana asomó, se maravilló, el sol estaba a punto de tocar el mar, de tumbarse a dormir, su lengua roja estaba a punto de taparse con la fina línea que dibuja el horizonte, ella se quedó sin habla (otra vez), era un espectáculo con la banda sonora del mar, el rumor del oleaje el suave gemido de las olas, el mar al chocar en las rocas.

Mario no decía nada, no miraba al mar, sólo a Ana. Y su carita asombrada. Aquella niña estaba llena de vida.

Ana miraba al horizonte, al círculo rojo, mordido, menguado y pellizcado por el mar, ese sol vibrante y suyo. “¡Qué jodida maravilla!”

Mario le acercó el dedo a la cara, con la  punta del dedo índice toco el final de su ceja, bajo hasta la mejilla, le retiró un mechón de pelo detrás de la oreja y bajo por el cuello.

Mario se la quedó mirando maravillado: “¡tienes la piel más suave que nunca haya visto!”. Ana, paralizada, como una estatua, esperaba que Mario la besara.

Pero en ese mismo instante él se puso en pie y le dijo: “¡vamos a comer algo, sé un sitio que te encantará!”.

Mario consiguió que Ana estuviera en tensión toda la noche, Ana consiguió hipnotizar a Mario con su parlotería, con su magia, con sus ocurrencias, con su gamberra manera de ser especial. Cuando ella hablaba, Mario no tenía ojos para nadie más, sólo escuchaba lo que ella contaba, percibía su tono, su temperatura, escuchaba sus miedos, sospechaba sus ilusiones. Ella era transparente como el agua, era predecible. Cuando Mario hablaba Ana sólo sabía mirarle los labios, deseaba besarlos, no podía ocultarlo. Mario perspicaz en estos temas la leía, sonreía y se dejaba desear.

No sabía de donde había salida tremenda criatura, era adorable y gamberra; picarona y dulce. Se quedaría toda la vida simplemente escuchándola. Simplemente. Tenía esa voz con diferentes tonos, ese pelo alborotado, vestida de cualquier manera, parecía recatada. Parecía…

Ana seguía hablando y no se acababa el plato.

Explicaba anécdotas divertidas, le arrancaba la risa y la carcajada.

A los postres le trajo un vino dulce delicioso, ella había pasado del puntito óptimo, tenía las mejillas sonrojadas.

Ana internamente se moría de ganas de todo, de besarle, comerle y permitirle. Pero no iba a dar el primer paso.

Mario simplemente le leía el pensamiento. Se quedaron mirando un momento, un instante, un mágico segundo.

Los dos lo deseaban.

  • ¿Qué es lo que más deseas hacer ahora?.- preguntó Mario.-
  • – respondió gamberra y descarada Ana.-

Sonrieron. Con el cosquilleo que anuncia un deseo irrefrenable.

El pidió la cuenta. Se fueron al coche sin mediar palabra.

Antes de arrancar ella preguntó:

  • Y ahora, Mario, ¿Dónde me llevas?
  • ¿te fías de mí?
  • Sí, claro.
  • Pues déjate llevar.

Y el coche arrancó violento hacia la casa de la playa. La casa de sábanas blancas, la casa donde la noche anterior había amanecido Ana con su vestido de flores.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

XVI. ELLOS. Ni rastro de Mario.

Ana llevaba dos semanas en el apartamento y no había vuelto a ver a Mario; había recorrido las deshabitadas calles de la urbanización.

Había bajado cada día a la playa a la misma hora que lo encontró, había esperado cada atardecer.

Se estaba volviendo obsesiva, se estaba poniendo paranoica y no se gustaba.

Quería no pensar en él.

Pero cuanto más pretendía apartarlo de su mente, más volvía su mente a subrayar su recuerdo, a enviarle flashes de aquella sonrisa irresistible.

De aquella voz grave. Y de ese olor a mar.

Intentaba distraer su cotidianidad con actos mundanos, subía cada día a comer con su tía, le llevaba cada día su dosis necesaria de positivismo y mejoraba. La notaba mejor.

Salía a tomar algo con su prima y fue en una de estas cuando su prima le dijo que se montaba una fiesta…

Ana vio la luz. Pensó que allí fijo que encontraba a Mario.

Se probó todo el armario. Tardó el doble en arreglarse y su prima y ella fueron las primeras en llegar a la fiesta.

Sólo estaba Tomás, el anfitrión, que les puso un copazo.

Ana con los nervios bebió, se preocupó y bebió, no había risas ni bromas.

Su prima y Tomas se enzarzaron en una conversación que no seguía, era incapaz de escuchar…

Llegaron los segundos invitados y los terceros.

Ana no conocía a nadie.

Ni rastro de Mario.

Y siguió bebiendo. Apoyada en un rincón.

Ya se había quitado el jersey, llevaba despendolado su vestido de flores. Estaba apoyada en la pared y una de sus botas cruzada sobre la otra.

Cogía su copa sin interés pero seguía bebiendo.

Ella no era consciente de su nivel de alcohol.

No había hablado con nadie. Así que no supo medirse. Nadie le interesaba, el mundo empezaba y acababa en Mario. Y Mario no estaba.

Era tarde, se había empezado a ir gente cuando apareció Mario, con el amigo de la playa.

Para Ana fue como si le iluminaran la sonrisa, la hincharan cual globo de ilusión.

Se lo miro. No podía creérselo.

Sonrió.

El entró rebosante de seguridad, la misma frescura, saludó a Tomas, eran colegas, más que amigos… la vió nada más entrar, se disculpó y sin fijarse en nadie más fue hacia ella, con una sonrisa de oreja a oreja.

Se paró a un palmo de su cara.

  • ¿Qué hace por aquí mi mudita preferida?

Ella rió torpemente, ahora sí se notaba pastosa.

Quiso emitir alguna palabra, algún chiste u ocurrencia… ¡Nada!

El automáticamente vio que ella iba pasada de rosca, se pilló una cerveza y se quedó cerca de ella. Ella empezó a preguntar sin enlazar hábilmente las palabras.

Se fue al baño dando tumbos, se lavó la cara. Se golpeó con la pared. Se tambaleaba.

Era Mario.

Estaba ahí fuera.

¡Qué fuerte!

Pero su mente era un pastizal de alcohol y pensamientos detenidos. De intenciones.

Y ahí paró su noche.

Lo siguiente que recordó Ana fue despertar en una cama de sábanas blancas y el rumor del mar como si la cama estuviera plantada en la misma arena de la playa. No sabía dónde se encontraba.

Llevaba el mismo vestido de flores de la noche anterior.

Las botas colocadas al borde de la cama.

Y un olor a café venía desde algún lugar de la casa.

Y de repente pensó en quién debía ser que lo estaba preparando…

En la habitación sólo había la cama y un pequeño armario. Una mesita de noche con una luna de lamparita de noche. La ventana no tenía ni cortina.

Se incorporó y se asomó a la sala contigua.

Era una casa antigua con puertas de colores, ninguna del mismo tamaño, una casa con sabor a playa, se asomó a la cocina y vio a Mario en los fogones preparando algo y una cafetera en marcha.

Se giró sobresaltado.

Ella se apoyó en el marco de la puerta, avergonzada y feliz de encontrarle a él.

Se lo quedó mirando.

Él sonrió.

Hay momentos, instantes que quisieras retener, ponerle el pause a la vida. Grabarlos cual fotografía en tu disco duro de la memoria, para que nada los destiña. Para ellos ese fue uno de esos momentos.

– ¡Ay! Mi mudita, ¡cómo le gusta beber! – se la quedó mirando Mario, ¿qué niña descarriada era aquella que conseguía preocuparle cada vez que la encontraba y que una fuerza superior a él hacia molestarse más allá de lo necesario para su maldito bienestar?, maldita gamberra –  ¿Quieres un café? O directamente algo para la cabeza? – dijo con socarronería…-

– Un café estará bien. -respondió, fingidamente modosita.-

– Vamos a hacer una cosa, vamos a salir tú y yo, me vas a enseñar esa forma tuya de beber y yo te diré cuando parar…

“¿Este listillo iba a decirle lo que tenía que hacer con su vida?” pensó Ana…

  • Vale. – respondió Ana.-
  • ¿Mañana?
  • ¡Perfecto!
  • Te recojo a las 20:00h.

Ana se quedó pensando, ¿sabía dónde vivía?

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

 

 

 

XV. ELLOS. Hace un año… Ana se acerca al mar.

Ana se acercó a la orilla del mar, había dejado sus cosas, su ordenador y la chaqueta en el apartamento de playa que le habían prestado.

Había venido a pasar una temporada a cuidar de su tía un poco depresiva, su tía pasaba una mala racha y ella quería estar cerca. Su vida atravesaba una etapa de incertidumbre, de quietud, de tomar decisiones.

Trabajaba desde casa, para algún que otro cliente que había conservado.

El apartamento era la mínima expresión. Un ambiente cocina americana, un sofá cama, cuatro útiles escasos pero suficientes, un baño en la mínima expresión y un armario donde había cinco perchas olvidadas con un vestido de playa que suspiraba por salir a pasear.

Había pedido una estufa de aceite a su prima y una cafetera «de las de antes», esas que se desenroscan, le pones agua, café molido y pita cuando lo tiene listo.

Era final de marzo, hacía frío, pero el sol empezaba a calentar. Encendió la estufa cerró con llave y bajó a las rocas a ver quién había, si había alguien… Escuchar el mar, el rumor de las olas al chocar en las rocas. Las caricias impregnadas de humedad y cabreadas del oleaje al chocar en las rocas. Convertirse en espuma y rendirse al caer volviendo al mar.

Metía las manos en su chaqueta, se guarecía del viento cuando vio unos surfistas que surfeaban las olas allá a lo lejos.

Uno caía y volvía a intentarlo.

El otro tenía gracia, un cuerpo inmenso, unas espaldas anchas y una media melena.

Desde donde estaba no podía ver más.

Estuvo observándoles un rato hasta que ellos empezaron a ir hacia la orilla. Ella quiso disimular.

Pero estaba sola en la playa en el montículo de rocas. Bajar era complicado. No había opción. Pasaban delante de ella e irse hubiera sido tan evidente…

Se quedó de pie mirándoselos como si hubiera visto un fantasma.

 

Cuando el chico de media melena, de hombros anchos, se acercó y posó sus ojos en ella, a ella le recorrió un escalofrío por la parte de atrás de su cuerpo desde los talones hasta la nuca y una punzada en el estómago la hizo sentir pequeña, débil y dominada por aquella mirada de lobo y sonrisa pícara.

  • ¿Quieres que te ayude a bajar mi niña? o te vas a despeñar por esas rocas y no podría soportarlo.

Lo dijo con tanta frescura, con ese descaro, seguridad en sí mismo y ese halo de protección que ella interiormente se derritió y por fuera se le erizó la piel. Se quedó muda y sin pestañear. Él sonrió divertido, gamberro.

Sabía cuándo provocaba ese efecto magnético en las mujeres y le divertía.

Él subió hasta ella se acuclilló, le ofreció la espalda.

Ella dio un salto subiendo a horcajadas en aquella espalda inmensa. Y él poco a poco empezó a bajarla hasta la arena.

Con una delicadeza extrema se agachó para que ella bajara.

Se giraron quedando cara a cara.

Ana se ruborizó. “¡joder, podría ser menos tierno! Tener algún fallo!” pensó Ana.

Él se apartó la melena detrás de la oreja.

Era guapísimo, una mirada intensa, una sonrisa deslumbrante y una luz que atraía cual gigante imán.

  • Gracias, soy Ana.
  • No me des las gracias, niña, era una obligación. No tenías manera de bajar de allí. Ya me explicarás como lo hiciste.

Hubo un silencio cálido.

  • Me llamo Mario. Y deja de mirarme como si hubieras visto un fantasma.

Los dos rieron abiertamente.

 

Los últimos rayos de sol acariciaban la arena, el oleaje seguía en su discusión con las rocas sobre quién tenía razón y nadie cedía, ofreciendo borbotones de espuma, de roca bañada por el mar y un brillo de los reflejos en el mar. A lo lejos las nubes desordenaban el horizonte en una mezcla de intensos rojos con suaves grises. La puesta no podía ser más bonita.

 

Mario se quedó mirando al sol como besaba el horizonte y se escondía lentamente detrás del mar. Observaba maravillado, asombrado y emocionado.

Ana también miraba al sol pero desde su posición también veía a Mario, le veía la cara, la emoción. Esa pasión por la vida. Ese chico era magnético, era pura vida.

Los últimos rayos de sol jugaban con la melena de Mario.

 

Y cuando ya no quedaba ni un cachito del Sol Mario miró a Ana.

  • Es increíble, gigante. Brutal. ¿No crees?
  • Sí, respondió ella. Pero no sabía si lo decía por la puesta de sol o por el hombre que estaba mirando.
  • Nunca borraré tu carita de susto allí en las rocas. Serás la mudita de las rocas.- Ella sintió que las mejillas le quemaban.-
  • Serás cabrón…
  • Un poco. Pero soy bueno. Jejeje.

 

Recogieron las cosas y volvieron hacia casa, ella se fue al apartamento e intentó ver hacia donde se iban ellos. Montaron en un coche destartalado y subieron la cuesta hasta las casas de la zona alta de la urbanización. Las primeras casas encima del acantilado.

Se encerró en casa, deambuló el resto del día. Como si hubiera visto un fantasma. Con una tonta sonrisa que teñía su incertidumbre.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

XIV. ELLOS. Su certeza. La causa de su risa.

Ana se siente débil, sin fuerzas. Se siente triste. Está adormilada. Apenas quedan restos de su brillo. Manchas de su magia. Abre los ojos le molesta la luz. Tiene la persiana bajada. Oye un bip.bip.bip constante y molesto. Se sitúa, está entubada, en una cama de hospital. Está sola. Más sola que nunca. Mira su brazo, esquelético, blanco y sin vida. Su mano quieta. Hace un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, le cuesta horrores.

Recuerda las palabras del médico: “te queda poco, no quiero aventurar tiempo. Quizás meses. No muchos. Deberás ser fuerte”

Y ¿cuándo no lo ha sido? Todas las veces que la vida se lo ha pedido.

Y no será menos esta vez.

Pero de golpe le busca con la mirada.

¿Dónde estará? Le necesita a su lado. Asiéndole la mano. Acariciándole la cara. Diciéndole que todo irá bien. Mintiéndole.

Se da cuenta que necesita tenerle cerca. Volver a sentir su carita de niño grande. Pues si él está a su lado todo irá bien. Podrá cerrar los ojos y dormir.

Podrá ser.

Apoya la cabeza, la ladea y piensa en él, en esas risas tontas a la orilla del mar. En ese dejar pasar las horas a su lado mientras el mundo en ellos no repara.

Él. Poco más.

Mario.

Y despierta. Sobresaltada. En su cama. En su casa.

Acaricia su barriga, su panza llena de vida. Está sudando.

Pocas veces las certezas vienen a despertarnos de madrugada, para demostrarnos hacia donde, o hacia donde no. Porqué o porqué no.

Y ahora recuerda la causa de su estado.

Se queda boca a arriba, embarazadísima, asustada, temblando. Sola.

Con los ojos abiertos. Y sabiendo que si algo le pasara a quien querría a su lado sería a Mario. Su certeza. La causa de su risa. El motivo de su dicha.

Pero también la explicación de su marcha. Es tan parecido a ella… no podía ser. Pero es.

Se gira en la cama. 3:30h. Se vuelve a tapar. Y tarda en dormir. Ve caer los minutos. Y en cada segundo él. Sus frases. Aquellos gestos oblicuos de amor incondicional. Ese cabreo que arrastraba con él mismo al saberse enamorado.

Y Ana cierra los ojos y rompe a llorar, amargamente, le quema, la despedaza.

¿por qué no pudo ser?

Y vuelven sus frases a mecerla, a enfriarla, a recordarle porqué marchó:

  • no temas, mi niña, me olvidarás, encontrarás a alguien que te trate como una reina. Como te mereces. No llores. Seca tus lágrimas. ¿No ves que somos iguales? nos haríamos daño. Y es lo último que quiero. Hacerte daño. Somos dos almas salvajes. Libres y desbocadas. Tú tienes muchos cuadritos por pintar, muchos corazones por romper, yo muchas olas por surfear. Vivamos la vida y guardemos esta historia en el mejor rincón de nuestra memoria. Y si me necesitas, sólo llámame.”
  • Tú no dejas que te quiera.
  • Ven aquí gordita. – La abraza. La estruja. La aprieta contra sí. La separa y le da un beso en la frente.

Ana sigue recordando… Pero le abrasa.

Las lágrimas corren por sus mejillas. Se las seca pero vuelven a brotar fruto de la amargura. Se siente triste, muy triste. Mira por la ventana y ve la luz del alba. Otro día. Otro amanecer… sin él. Mira su panza y sonríe. Le queda ese fruto de ese nosotros. Tan dulce. Tan suyo. Especial.

Hay motivo para alegrarse. Siempre vale la pena tirar para adelante. Piensa.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

XIII. ELLOS. No me gusta estar enamorado.

El despertador había sonado tres veces, Laura había salido a trompicones y dejado los niños en el colegio, tenía algunos mails por contestar y chorropotocientas cosas por hacer en casa. Pero antes necesitaba un café. Entró en el Rincón y buscó consciente a Mario, para hablar, reír o distraer sus grises pensamientos.

Buscó su cartera, pensaba que la hubiera perdido… en el último bolsillo del bolso estaba… la dejó sobre la barra.

Salió Mario de la cocina, la vio y sonrió.

  • ¿qué tal Laura? ¿Cómo está la mami más increíble del mundo mundial?
  • Tengo la cabeza llena de cosas que debo hacer sí o sí, esta mañana, o se cae el mundo.
  • Eso no es así. Y lo sabes.

Laura se lo quedó mirando, en realidad deleitándose de como un hombre cómo aquel secaba los vasos del lavavajillas… miró sus brazos fuertes y musculados mientras Mario atendía a otro cliente. Y al rato vino a su lado. Ya se tenían confianza… cierta amistad.

El roce hace al cariño.

  • Mario, ¿tu alguna vez te has enamorado? – le mataba la curiosidad a Laura-
  • No me gusta estar enamorado.
  • ¿Por qué? es muy bonito.
  • ¿Bonito? Te duele la barriga, no piensas bien, andas gilipollas todo el día. No das pie con bola y lo peor de todo es que lo más probable te hagan daño o lo hagas tú. No sé cuál de las dos opciones es peor.
  • No me has contestado. –Mario se la queda mirando y recordando a la vez. Le da una punzada el estómago, se le eriza la piel al recordarla.-
  • Laura, hace daño.
  • ¿por qué? ¿Quién es?
  • No sé nada de ella. Hace demasiado tiempo. Duele. La dejé. Y sé que le hice daño.
  • Y ¿por qué la dejaste? Para no hacerle más daño. No era un buen compañero de viaje. Era malo.
  • Tú no eres malo, Mario.
  • No quería que ella sufriera. Prefería que buscara su felicidad. Que encontrara lo que merecía.
  • Pero eso es una decisión de ella, ¿no crees?
  • Creo que no hacerle daño era una opción.

Se hizo un silencio cálido, se quedaron mirando a los ojos, Laura pensó en quien sería esa niña afortunada, quien sería la persona que había conseguido doblegar a ese lobo, quien había conseguido seducir a ese hombre… la imaginó impresionante y voluptuosa, generosa… pasó de seguir imaginando. Volvió a él.

Él levantó la mirada, se la quedó mirando, como esperando la siguiente pregunta.

  • ¿querrías volver a verla?
  • Creo que tengo miedo, no sabría qué decirle. Yo que no le tengo miedo a nada. Ella era mi todo.
  • ¿era o es? ¿aún la quieres? – Mario se quedó pensando, mirando a través de la ventana, miraba la vida y unos segundos después se giró hacia Laura y:
  • Siempre la querré. Nunca dejaré de quererla. Esté donde esté siempre podrá contar conmigo. Ella es ella. Lo demás ya no importa. Sólo entretengo la vida, porque sé que el amor de mi vida ya pasó de largo.
  • No, no tergiverses las cosas, Mario, tú la dejaste ir.
  • Yo no era suficiente para ella. Ella era demasiada mujer para mí. Era perfecta.
  • ¿Y? ¿qué problema hay? Búscala.
  • Quita, quita. Estoy bien así. Hablando contigo. Acabando a las 17.00. no me ralles la cabeza.
  • Eres un cobarde.
  • Eres una bocazas.
  • Y un rabioso.

Mario se levantó y se fue a preparar algo, a hacer ver que estaba muy liado. Ella se lo quedó mirando, con una punzada de envidia, de rabia. De rebeldía que nunca había tenido, sentido ni exigido en sus propias ambicionas. A ella la vida le había venido dada. No había luchado, peleado, discutido, cuestionado. Las cosas le habían venido así. Y ahora al escuchar la historia de Mario… sentía rabia. Rabia que un amor tan auténtico… se dejara pasar. Cogió su móvil, el bolso y se marchó.

Se olvidó de pagar.

Y se olvidó de la cartera que dejó encima de la barra.

Salía Laura a trompicones del bar. Mirando al suelo… y Mario desde el fondo de la barra, la vio salir… y vio la cartera. Se quedó quieto. No hizo ademán.

Así tendría la excusa para buscarla.

Y para llevarle la cartera.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.