Al final del andén.

Día.1.

La mujer de mirada triste, pelo canoso, entrada en años, exuberante aunque apagada, alcanzaba la estación de tren cada mañana a las 8.42. Sus labios antes deliciosos, hacía tiempo que no dibujaban una sonrisa.

Cada mañana salía de su casa, con el bolso colgado del hombro, arrastrando la obligatoriedad en cada paso. Nada le llenaba, no tenía alegría.

8.45 andén del tren, coincidió en la espera con un señor canoso, de mirada inquieta, con el brío en sus andares, con una mirada serena que al verla sonrío, sin porqué, de puro gozo.

A la mujer de mirada triste le dio un brote el corazón, se le alborotó el alma y le quemaron las mejillas; esbozó una sonrisa en desuso, se llevó la mano al bolso y bajó la mirada al suelo.

Él se la quedó mirando. Orgulloso. De su poder emocionar a alguien con una simple, gratuita, fácil y sincera sonrisa. Se la quedó mirando. Hasta la llegada del tren.

Se perdieron de vista.

 

Día.2.

La mujer de mirada no tan triste, entrada en años, exuberante, alcanzaba la estación a las 8.42. Miraba en el andén, buscaba. No sabía el qué.

Y al final del andén, allí estaba él con el periódico en la mano. Dudó si acercarse. Pensó: “pensará mal…” ¿y qué? Fue dando unos pasos. Hasta que él divisó una presencia. Alzó la mirada y la vio radiante.

Se alegró, sonrió y se la quedó mirando serenamente a la cara. A esos ojos de mirada no tan triste.

Ella se sonrojó, sonrió como una colegiala. Se agarró fuertemente al bolso y se giró nerviosa, inquieta, vergonzosa y pavorosa. Llegó el tren. Subió y desapareció entre la gente.

Él decidió no seguirla.

 

Día. 3.

La mujer exuberante, con labios deliciosos finamente perfilados, alcanzaba la estación esa mañana a las 8.40 esperaba en el andén, entre la gente, para no ser vista.

Le vio acercarse al último banco y coger el periódico. Se lo quedó mirando, sin ser vista. Le gustaba. Debía rondar los 50, tenía el pelo canoso, con porte interesante, mirada inquieta, ojos claros, rostro sereno. Alto y muy bien conservado. Podríamos decir que era atractivo. Se lo miró con detalle intentando encontrar aquel detalle que te echa para atrás. No lo encontraba. Le gustaba. En el fondo quisiera que no le gustara, pues no le alcanzaba, pero le atraía.

Y poco a poco fue aproximándose. Hasta que él detectó su presencia. Alzó la mirada y la vio, la reconoció y se iluminó su mirada, como cuando se encienden las luces en mitad de la noche, le transmitió vida, energía, deseo. Era muchas cosas a la vez. Y por primera vez en mucho tiempo, sin haber cruzado una palabra, se sentía guapa. Inmensa. No sabía el porqué.

Sensación de gozo molesta, incontrolable. Le hacía sentirse susceptible. Pero ¡qué delicia!

No sabía si decirle algo. Si acercarse o quedarse entre la multitud. Dudó.

Se le encogía el corazón de vergüenza al pensar en empezar una conversación. Esperó su tren y subió al vagón. No miró atrás. Simplemente subió. Se sentía ridícula con el brillo en sus labios.

Tiró de su bolso. Miró al suelo ¿qué perdía? Nada. Sólo saludarle. Se quedó de pie al lado de la puerta y en el último minuto entró él. Se le encogió el corazón. Le quemaban las mejillas. Se le quedó mirando.

Él al verla sonrió, se alegró de encontrársela. Le gustó el encuentro. Se quedó de pie frente a ella, no existía el mundo. Sólo esa mirada. La de ella. La de él. El resto… humo.

El tren arrancó. Inició la marcha, ella se cogía fuertemente a la barra y al bolso con la otra, le sudaban las manos. La vergüenza la invadía. La timidez la atenazaba. La ilusión la desbordaba. El deseo la coloreaba.

Él era la serenidad y la alegría. Se la miraba con gozo. Veía sus labios pintados, su ligero cambio. Ese brillo en la mirada. Era una mujer atractiva. Más atractiva de lo que ella quería creer, más bonita de lo que le habían hecho pensar. Mucho más de lo que su autoestima había valorado. Atisbaba la vergüenza en sus mejillas. Se le antojaba delicada y dulce ¡qué ganas de cogerla! De achucharla y llevársela a dormir una siesta, a cerrarle los ojos y que no se abrieran hasta comerse el mundo.

No podía.

Llevaban tres paradas no habían cruzado una palabra, a él le quedaba una parada. Se la quedó mirando:

  • Me llamo Alberto. Nos vemos. Cuídate. – Ella se quedó escuchando, Alberto. Pensó. Silencio.-

Y supo que debía responder.

  • Yo… María. Encantada.

Alberto bajó del tren, no sin antes girarse, acercarse al oído de María y susurrarle: “¡estás muy guapa!”. Y desapareció entre la gente.

A ella el resto del día le supo a miel. Nadie pudo borrar esa sonrisa de su cara.

 

Día.4.

María exuberante, inmensa y feliz salía de su casa con paso decidido, llevaba los labios ligeramente pintados, el pelo arreglado y teñido, con una camisa de generoso escote. No había quien le hiciera sombra aquella mañana. Estaba radiante. No sabía por qué o quizás sí.

A las 8.40 alcanzaba la estación de tren. Se encaminó al último banco del andén y esperó. 8.42 no veía a Alberto, esperó.

Llegó su tren y ni rastro de Alberto. Decidió perderlo, llegar tarde por un día en su vida, pero volver a ver a Alberto. Se saltó su propia rutina, invirtió su costumbre, su hábito, su modus operandi, por verle. Y se sentó en su banco.

Llegó el siguiente tren y no había llegado Alberto.

Bueno, algo le habrá pasado. Subió al tren y se fue a trabajar. Con penita. Aún inmensa. Igual de guapa. Pero con el corazón encogido.

Alberto nunca más apareció. De Alberto nunca más se supo.

Pero a María nadie la volvió a deshinchar, su autoestima bebió de ese momento por mucho tiempo y su vida se coloreó de ardientes colores, alegres músicas. María decidió levantar la mirada, mirar pa’lante. Pintarse los labios y no dejar de sonreír.

Se arreglaba para Alberto, aunque nunca más le viese. Se vestía para ese instante en que oyó en la esquina de su sonrisa. “¡Estás muy guapa!”

Ese instante le alimentó durante muchos días, semanas. E invirtió su modo de caminar, de levantarse y de mirar.

 

 

Esa María son muchas Marías, que pueden tropezarse con muchos Albertos, que la alegría está en la mirada, no en las cosas que suceden. Que Albertos hay muchos y Marías más. Que vales mucho la pena si te miras al espejo y simplemente te dices: ¡estás muy guapa! Pero sobre todo. Si te lo crees.

 

Rabiosa

 

La Suelta.

Historias cotidianas.

Hacía días que Javi arrastraba agobio, hastío. Mala leche. Y no sabía muy bien el porqué. A media mañana le dijo a Ana que iba a dar una vuelta. Tenía que ir a la ferretería un momento. Ella asintió con la cabeza. Pensaba que no les faltaba nada. No entendió y a la vez lo entendía todo. Y le vio irse inquieto con prisas.

  • Javi, trae pan del bueno. Alguna cosa rica que encuentres. ¿Vale?

Él asintió sin mirarla. Ella leyó en él esa necesidad de coger aire, de marcharse. Esa necesidad de salir. Y volvió a entrar en casa.

Javi entró en la cafetería del día anterior, buscó con la mirada a la camarera. Se miraron y sonrieron. Él ya sabía. Empezó a contar. “1, 2, 3 … 7.”

  • ¿Qué deseas?
  • Un cortado, por favor. – se quedaron mirando. Sonriendo. Dejando fluir los segundos. A ella le gustaba. Pensó Javi. –

Intercambiaron tres frases, tópicas. Incluso sus nombres en un diálogo previsible pero divertido. Él quería comprobar que le atraía. La camarera se marchó a servir a otro cliente. Él se quedó mirándola. Y en ese instante en que Javi empezó a imaginársela desnuda. En ese segundo en el que su mente le desabrochaba el sujetador y la colocaba en la cama… su mente le trajo a Ana. Su mirada se fue al infinito. Se quedó en blanco y su hambre despertó de Ana, le vinieron a la mente sus tórridos momentos compartidos, su complicidad, ese deseo hambriento el uno del otro al acercarse, ese erizarse al sentirse rozado por ella. Esa mirada pícara de su muñeca. Ese anticipar lo que él deseaba incluso antes que sí mismo. Ese deseo. Sencillo. Limpio y suyo.

Volvió a la tierra, endulzó su cortado, buscó a la camarera y la miró. Ana no tenía nada que envidiarle. Y la camarera se le antojaba previsible y vacía. Ana era un mundo llena de recovecos que aún tenía que explorar. Y sintió hambre. Hambre de ella, ganas de besarla. Y contarle… el qué. Nada. Que la deseaba. Como el primer día.

Volvió a casa un par de horas más tarde. Con las manos en los bolsillos.

Ana le vio entrar, ni rastro de la ferretería. Ni rastro del pan. Le miró y leyó en su mirada las ganas, la alegría de encontrarla, el ansia de comérsela. Se le revolvió el alma. Se le llenó el estómago de felicidad.

Silenció el “¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho?” y soltó:

  • ¿Sabes qué he estado pensando, cariño? He pensado que podríamos abrir un agujero en el techo de nuestra habitación, poner un vidrio y así de noche veríamos las estrellas. Y con suerte veríamos la Luna. ¿a qué es una gran idea?

Y ¿sabes qué?

  • Te cuento algo.- empezó él.-
  • ¡No! – suplicó Ana. Temiéndose alguna reflexión trascendental.- lo mío es más interesante.
  • ¡Ah! ¿Sí!? ¿Estás segura?- ¿cómo es que esa niñata le seguía pareciendo adorable. Con todo su descaro? Se la quedó mirando como gesticulaba con las manos, los brazos, señalando las supuestas estrellas, repartiendo el espacio. Llevaba unos shorts y una camiseta holgada de tirantes. No llevaba sujetador. Y el pelo alborotado en una coleta.
  • Sí, es más interesante lo mío. Si conseguimos… – seguía ella-

Él dejó de escucharla. A pesar de saber ella que esa mañana se había marchado de casa con agobio, de su vida, incluso de ella. Había vuelto con ganas de comérsela. Y esa manera de ser, que conseguía leerle el pensamiento sin destaparlo. La convertía en “su niña”.

¿Cómo había podido pensar siquiera en fallarle?

Mientras, ella seguía hablando. Se acercó él mirando la tira de la camiseta. Con un dedo lo metió debajo y la deslizó por su hombro, dejó al descubierto su pezón. Ella se lo miró traviesa, divertida pero sin parar de hablar. Gesticulaba, pero no movió el brazo, para no subir la camiseta. Él la miró a los ojos y sus miradas se entendieron.

Se aproximó al pezón, lo besó, lo chupó y lo apretó firmemente con los labios. Con toda la fuerza que pudo hacer. Sabía lo que generaba en ella. Le excitaba directamente el clítoris, cual corriente nerviosa con comunicación directa con ese crucial e íntima parte de su cuerpo. Ella calló, levantó la cabeza al techo. Soltó un gemido y se cogió al cuello de Javi. Él siguió masajeando fuertemente el pezón. Sabía lo que estaba provocando y ella se lo estaba permitiendo. La giró ligeramente sin dejar de chuparle el pezón y con su mano derecha le acarició la tripa, el ombligo y bajó. Le acarició dulcemente la pelvis y siguió bajando. Con un dedo notó su cálida humedad. Su disposición y su calor.

Él estaba. Pero ella estaba más. Molestaba la ropa, temblaban las piernas. Pararon y se miraron ansiosos de placer. Sonrieron con la más gamberra de las miradas. Él la levantó en brazos y la sentó en la mesa, le abrió las piernas. La cogió de debajo de las rodillas y se la acercó con fuerza, con rabia. Con ganas. Muchas ganas. Ella se tumbó, se dejó hacer, alargó los brazos. Era suya. Enteramente. Y la penetró. Al principio muy despacio. La miró a los ojos. En cada embestida, la corriente de placer le arqueaba la espalda. La traía y llevaba. Las mentes en blanco. Puro éxtasis. Levantó sus piernas, se las apoyó en sus hombros. Y masajeó su clítoris. Ella se dejaba hacer en sus sabias manos.

Y paró. Silencio. Una mirada. Ya sabían. La cogió en volandas y la llevó a la cama. Se colocaron de la manera más tierna que sabían, sin mediar palabra y el orgasmo se los llevó de la mano en un subir y bajar paralelo e intenso. El grito ahogado del otro en la esquina de la oreja. Jadearon, el aliento descolocaba su melena, se abrazaron y llegó el silencio. El dulce silencio. Qué parada deliciosa. Se acurrucaron ella de lado y él por detrás la abrazó, le besó el cuello. Le apartó el pelo. Y quiso que ese momento no se acabara nunca. No se desdibujara. No se difuminara.

Las cosas se acaban, pero no por ello dejan de existir. Los sentimientos evolucionarán, pero este ahora. Era suyo.

¡Qué a gusto se estaba entre esos brazos!

 

Imaginativa.

La Suelta.

Hacían P.4… continuación.

Volvió a casa llorando, las lágrimas brotaban de sus ojos, recorrían sus mejillas y caían. La tristeza más honda, más pesada, más gris, inundó su cuerpo. No tenía fuerzas. Sólo quería que el mundo apagara las luces. Pero sobre todo quería no sentirse colgada de aquel chico que no la deseaba. Que no se fijaba en ella.

Y pasaron las novias, ella aprendió a mirar y callar, a escuchar las historias de él, a darle consejo incluso, mientras el corazón se le encogía. Le seguía preparando la copia de los apuntes, nada podía hacer. Su amor era mucho más grande que su dolor y resentimiento. Él nunca le prometió nada, nunca le mintió, ¿por qué debería odiarlo? No podía odiarlo. Sólo tenía un sentimiento de querer cuidarle, quería que él fuera feliz. Lo demás le importaba poco. Ella le seguía teniendo presente en cada uno de sus actos. Sin poderlo evitar él ocupaba todos sus pensamientos, sus intenciones. Se sentía vencida y dependiente. Pero ya no luchaba contra ello.

Y llegó la fiesta de final de curso. De COU.

 

Después de bailar, beber, reír y hacer el burro, juntos. Él no se separó de ella en toda la noche, estuvo pendiente y la miraba cuando reía, embelesado. Ella iba muy guapa, con aquel vestido, con el pelo suelto y un no sabía qué que le tenía flipado, no podía dejar de mirarla, aquella risa le hacía sentir bien.

Ella pensó que si la felicidad existía era lo más parecido a esa sensación.

Y una esquina antes de cerrar la fiesta, encender las luces, irse todos a desayunar… él la miró a los ojos y después detuvo su mirada en aquellos labios, que se le antojaron sexys. Deseó besarla. Y la volvió a mirar a los ojos. Ella lo miraba expectante, con los ojos abiertos como platos, las mejillas hirviendo y las pupilas dilatadas. El corazón sintió que se le iba a salir del pecho. Se quedó quieta y le vio lentamente acercarse a sus labios. Él se detuvo un centímetro antes de tocarla. Con sus dos manos la cogió tiernamente del cuello, levantó su barbilla hacia él. Y acto seguido la besó. Tan delicada y suavemente. Con tal elegancia. Que ella supo que no besaría a nadie más en su vida. La certeza se convirtió en mayúsculas, cerró los ojos y se dejó llevar.

Sus lenguas se conocieron, al principio lentamente, después la premura, el deseo, las hormonas y el descubrirse hicieron el resto.

El la cogió de la mano y se la llevó de la fiesta, se la llevó para quedársela, para nunca más separarse de ella, para seguir mirándola y mimándola toda su vida. Para conseguir su felicidad. Y ella con su risa hacía el resto.

Empezaron a caminar juntos en aquella fiesta de COU. Y nunca más se soltaron de la mano.

No comieron perdices, pero tuvieron dos hijos. Hoy los puedes ver serenos y tranquilos, con el sosiego que te da haber encontrado el amor de tu vida, haberlo reconocido y poderlo abrazar hasta que la vida se reescriba.

Ella siempre podrá decir que se dejó besar por la felicidad. Que su niña saboreó el cielo. Y allí se quedó.

 

Con cariño.

La suelta.

La vida. Cabrona.

La vida continúa. No para. No tiene pausa. No hay anuncios. No descansa. No da respiro. Continua. Pase lo que pase. Te guste o te disguste. A veces parece ir más lenta. Óptica caprichosa.
Pues la vida sigue. Aunque a veces te de un zarpazo y te deje inconsciente, vapuleado, sin ganas o deprimido. A lo suyo.
Ya puedes estar tu triste, sin energías, sediento, sin ánimo. Ella rueda. Camina, sin paradas.

No hay fuerzas, no hay motivo, no hay risa compartida.

No hay alegría al final del día.

La tristeza inunda, moja, embriaga. No la querrías. Pero allí está.

No la llamaste, llegó sin previo aviso.
El banco no llama: «no sufra amigo, este mes no cobramos»
La vida… tan amiga. O Tan poco.
Te impone. Te ordena. No pares tu sigue.
Cada día amanece. Sin tregua.
Y te vence.
A impulsos te dejas: «lo dejo. No sigo. No quiero. No puedo. Que paren, me apeo»
Pasa de ti. Altiva, distante.
Apartas la locura: «¿Qué digo? ¡loca!»

O no. ¿Para qué, a veces, la vida?
Nadie responde, si es que hay alguien que escucha.
Sin respuestas. Pero preguntas… tantas.
Injusticia, presente.
Y a ratos cuestionas «¿será esto una broma de mal gusto? Simplemente…»
La vida, otra vez, te exige. Te pide.
Llora, te grita.
No te conoce. O te sabe tanto.
Y te cae un periódico. Un titular, sabiamente hilado. Un corrupto. Un crack.

Una noticia que sabe a ultracosmos. Lejana. Injusta. Ajena.
La vida, dispar. Desequilibrada. Suya. Impuesta.
Cierras el periódico por el peligro real de convertirte en terrorista, sicario, poseída.
El tortazo de la injusticia. ¡qué amargo!. Cruel. Impuesto.
Consejos. Guías de instrucciones. Recomendaciones. No valen para nada.

Llevadme, que no puedo.
La vida me vence. Me ha vencido, ya no soy.

Como el cenicero atiborrado de colillas, de ceniza y porquería en el último rincón del bar.
Sucia. Pringosa. Miserable. Olvidada.

Tu vida. O la mía.

Hoy triste, ¿por qué no?

 

La Suelta.

Bachata…

Me doy cuenta hoy mismo que mi vida sexual es penosa desde hace meses. No me como un rosco. En el sentido estricto se la palabra. Salgo y busco la oportunidad pero será que mi listón ha subido a cotas inalcanzables, mi nivel de embriaguez no lo baja o todos los de mi rango me parecen calamidades inservibles a altas horas de la madrugada. Pero entre pitos y flores… la menda hace meses que no se acuesta con un hombre. Que no me tocan, acarician, ni toco, ni chupo, ni naaa de naaa.

Así de confesional estoy hoy.

Y así de claro puedo decirlo.

Porque las verdades por su nombre.

Y ¿qué sucede? Pues que llega un punto que empiezo a ver a todo hombre que se me cruza en mi camino como un mero trozo de carne parlante. He perdido el sentido del respeto y la capacidad de escuchar. ¡Por Dios que esto no debe de ser sano!

Es feo. Lo sé. Me voy apañando… Dignamente.

Y en estas estaba cuando una amiga me ofrece acompañarle a clases de bachata. ¿Qué es eso? Pregunto. Un baile salsero lento. ¡Ah! Suena bien.

Y me planto en mi clase de bachata. Clases serias y gente educada.

No vayáis a malpensar.

El grupo 5 chicas y 5 chicos que van rotando cambiando de pareja en cada figura que el profe enseña. Profe dominicano, está bueno, para qué negarlo.

Música lentorra, molona y salsera.

Y en el primer acercamiento el chico se arrima mucho más allá de mi espacio vital. Y en mi estado nada recomendable. Déjate llevar me susurra. Educadamente. Pero con esas palabras al fin y al cabo.

Déjate llevar es déjate llevar. Ni más ni menos. El chico no está mal. Tampoco para tirar cohetes. Se acaba la figura.

Cambio de pareja.

Me toca un señor mayor. Que me arrima como si fuera su esposa. Baila bien, me sorprende. Aquí la mayor torpe soy yo. Acaba la figura. Hasta el señor este se me antoja interesante.

El profesor explica la figura llamada seducción. ¡Toma ya!

Me toca un mozo bastante guapo por Dios. Voy a acabar enferma.

Este nivel de hormonas alteradas va acabar conmigo.

Como se mueve por Dios. Me coge de la cintura me lleva, me gira y me tumba… ¡Uuuf!!

Y me viene esa frase a la cabeza: quien sabe bailar bien sabe follar de vicio.

Nena: ¡prohibidos estos pensamientos, cariño!!

Me suelta. Siguiente.

Me toca un tiparraco bajito y con una sonrisa de oreja a oreja al ver que le toca conmigo. No puede disimular, se arrima. Me embriaga su olor a colonia. Uf!

Dentro de mi pienso: has venido a bailar, pues baila. Déjate llevar. Y me lo empiezo a pasar bien. Paso de lo que debo parecer desde fuera. De lo que diría la yaya con este intercambio físico de parejas…

Y bailo, arrimados, porque así es el baile. Y la música empieza a mojarme, sus letras seducen y cierro los ojos.

Al final de la clase hasta me parece que sé bailar.

 

Será que no. Pero salimos riéndonos. ¿De qué? ¿De nada?

De nosotras, por encima de todo.

 

No he follado. Mi vida sexual sigue siendo miserable, un punto más cachonda (mentalmente) sí estoy.

Así que podríamos decir que hasta he empeorado…

Pero más alegre seguro.

 

Alegre.

La suelta.

¡Sueltas! ¡Sueltos! ¡Feliz Año Nuevo!!

Que abráis este 2015 con más ilusión que el anterior.

Que se os cumplan esos deseos olvidados. Esos deseos que ni os atrevisteis a soñar.

Que la felicidad os acaricie la cara, os bese en los ojos, os abrace y os eleve.

Que la dejéis entrar. No tengáis miedo a ser felices.

No miréis atrás. Pues el pasado no podemos desdibujarlo, cambiarlo de forma, ni borrarlo.

Mirad sólo hacia adelante. Con ganas, con fuerza, con descaro.

Con la barbilla en alto.

Pues el 2015 es nuestro. Tuyo, mío: Nuestro.

Será de los valientes, los alegres, los ingeniosos, los creativos.

Será para los positivos como tú y yo.

Que no llegue Diciembre del 2015 y nos recuerde todo aquello que no tuvimos cojones de tirar adelante.

Que no venga otoño y sigamos queriendo dejar el tabaco.

El 2015 está por descorchar. Está por abrir, por estrenar, para llevártelo puesto.

Sólo debes ir a por él. Coger tu cachito, sorber lo bueno, escupir lo malo.

Y no mirar nunca atrás.

Aprende de tu ayer y cómete el mañana. Disfruta de tu hoy.

Aprovecha la fuerza del fin de año, de ese arranque de buenas intenciones que nos viene a todos… haré, aprenderé, adelgazaré, subiré, viajaré…

Yo por mi parte me voy a comer todas las perdices*. No dejaré ni una.

Seguiré escribiendo, es mi forma de estar en la vida.

Es la respiración involuntaria de mi alma.

Mi forma de entenderme, de decíroslo, de explicar la paz, el misterio y mis miedos. De volcar inquietudes.

Seguiré esperándoos aquí en la suelta.

Pero hoy os pido que rompáis este 2015 en pos de la alegría.

Que lo llenéis de risa, que celebréis hasta las pequeñas nimiedades.

Y sintáis que hacéis el amor con la felicidad. El éxtasis.

Para vosotros.

Mis poquitos lectores.

Un brindis por vuestros propósitos.

 

Vuestra.

La suelta.

 

*porque ese es el alimento de los felices…

¡Feliz Navidad!

No os olvidéis de las 12 uvas (aunque desde aquí declaramos que no sirven para nada), ni del tanguita rojo las chicas, de zampar turrones, cantar villancincos, saborear la familia y decirle a la yaya lo mucho que la queréis.

De comer y volver a comer.  Pensad en cómo quemarlo…

¡¡Y brindar!! Beberos una copita de cava a vuestra salud y otra.

Después un vinito y vuelta al cava. Poneros peditos. Pasaros a la birrita.

 

Pero sobre todas las cosas, sed felices, es gratis.

La culpa de vuestra felicidad siempre será vuestra.

Ayuda el follar un poco más de la cuenta… jejeje!

Sed felices estando con quien realmente queréis estar.

Con quien os llena de energía positiva, con quien cuida de vosotros. Y a quien vosotros cuidáis.

Que se cumplan todos vuestros deseos.

No dejéis los regalos para el último minuto. Y creed en los Reyes Magos…

Esta navidad os permitimos ser irreverentes… y sueltos!!

Concederos el lujo de ser vosotros mismos.

 

Navideña.

La Suelta.

 

Pd. Aunque si pudiera me pondría a dormir ahorita mismo y no me despertaba hasta el 7 de Enero…

 

De su cigarrillo mal apagado.

Una hora antes ella había recogido la cocina, limpiado los platos, barrido y fregado el suelo. Guardado el hule. Montado la mesa. Casa recogida sin niños. Subió a teñirse el pelo, las uñas pintarse, se duchó, perfumó y maquilló. Se puso el vestido nuevo y se encerró en el baño.

Se ahorcó con una cuerda del trastero. Ring. Pataleaban sus piernas cuando sonó el teléfono. La llamaban de una oferta de trabajo. Había sido seleccionada. Tarde. Sin aviso. La vida ya le había vencido.  Aún olía a tabaco.

 

La Suelta.

Sólo ceniza quedaba en el alfeizar.

Lo he dejado.

Quiero un pitillo, necesito un cigarro. Me muero por un piti. Una caladita, notar su nicotina en mis pulmones. Ese pequeño chute. Mataría por uno. La vida no tiene sentido. No puedo pensar, sólo pienso en sorberlo, darle una calada, cerrar los ojos, sentirlo. He llegado al punto de no saber qué prefiero si un polvo o una maldita caladita.

Llevo una semana. Y no se acaban los días, mis pensamientos son grises, como su delicado humo. Me hablan y no escucho. En mi mente sólo recreo el delicado tacto de su boquilla, chupar su aroma. Sostenerlo entre mis dedos, firme pero suave…

Me escondía en el portalito de la calle, en ese rinconcito escondido de las miradas indiscretas, a fumar un piti y al ratito otro. Y si se terciaba podía encenderme un tercero. “Todo por socializar”, decía, mentía. Escusas sociales. Porque no: En realidad lo necesitaba. Me calmaba, me devolvía un cachito de paz. Me hacía, simplemente, sentir bien. Pero duraba tan poco el sosiego. Que mi instinto animal hurgaba en el bolso  por otra indiscreta dosis. Y si notaba el paquete vacío… se me llevaban los demonios. Me quedaba sin personalidad. Sin emoción. Sin alegría. No me quedaba droga. Porque así me veía: dependiente, miserable, pequeña, marioneta. Mi vida se movía alrededor de y para el tabaco.

Me despertaba y antes de mover un pensamiento encendía un pitillo, desde la cama incluso. Me recreaba en los dibujos de su humo. Y poco a poco amanecía en mi cuerpo. Si me tomaba un café ahí me fumaba un cigarro; si había comida, sacaba cigarrito; si se terciaba un copazo… aquí el cigarro era obligado. Si echaba un polvo, no te cuento si era un polvazo, tocaba cigarrito, compartido mejor. Delicioso. Al llegar al curro llevaba ya un par. No era la peor. Hay de peores, lo sé. Pero tampoco buena. ¿no? Y observaba desde fuera mi dependencia, mi búsqueda continua. Mi mente abducida, mi coco comido. Mi vida subyugada. Las conversaciones no tenían sentido si no tenía un cigarro encendido. Era dependiente. Abnegada. Era como una amante dominada. El tabaco me saciaba a su manera, con sus leyes. Pero para tener más siempre debía pagar, apartarme, a veces esconderme, buscar cómplices… me arrastraba donde fuera por conseguir un pitillo. Ansiaba una simple y mísera calada. Desde fuera me daba asco, repulsión, mi propia actitud. «Nada sirvo, nada soy, si tabaco no tengo. Así me siento.» Pensaba…

Hasta que un día dije basta. Hasta aquí. No sigo más tus pasos. No sigo más tu guión. No te necesito. No dependo de ti. No me tienes. Me salgo. Quiero mi libertad. Prefiero otros vicios. Yo valgo más. Yo puedo hacerlo. Cerraré los ojos y no pensaré en ti, ni en los chutes de calma que me dabas. Desandaré mi dependencia y volveré al principio. Seré yo sin subordinaciones.

Y digo esto. Decido esto sabiendo que los fumadores pueden dejar el tabaco pero siempre seré ex.fumadora. En cualquier momento pasa un cigarrito delante de mí y deberé cerrar los ojos para no sorberte, fuerte e intenso, esa inyección de paz interna que me transfieres.

Maldita seas por cruzarte en mi camino: esa primera calada.

 

Fumándote.

La Suelta.

El tren en verano…

En Junio publicamos la Primera parte: EL TREN. Por si queréis releerlo. Aquí os lo linko…

http://www.lasuelta.com/?s=el+tren

 

Segunda parte: 

El runruneo del tren continúa, el calor sofoca, el viaje se antoja largo, o corto. Depende de cómo lo leas…

El roce ha dejado paso al descaro, la mirada al beso y en un acto prohibido te ha bajado las bragas…

Te ha sentado a horcajadas sobre él, los dos sudáis, tropezáis, os buscáis, tenéis hambre.

Hubiera estado bien preguntarle el nombre, de donde viene, a donde va, ahora ya es tarde…

Notas la presión ahí abajo, no sabes si podrás metértela… Pero estás tan cachonda…

Y cachonda la coges, levantas el culete y te la acercas buscándote. Y por fin su punta encuentra tu tesoro. Tu delicado y travieso órgano fuente de radiantes orgasmos.

Te la metes. Te entra. Te abre. Te tiene. Te alcanza y levantas la cara. Te erizas. Te abre en canal. Te imaginas que te acaricia el ombligo, la sonrisa. Esto es el clímax. Pondrías el Stop y que no siga la vida. Aquí te quedas. Y él decidido te coge con sus manos tu culo y te sube. Te sube y baja. Sintiendo cómo se te erizan hasta los pezones. Tus pestañas. Y en pura telepatía sabia. U olor de hombre aventajado te baja el sostén te descubre el pecho y te chupa el pezón autoritariamente. Y sólo consigue subirte más. Ponerte más cachonda.

Sientes que vas a volar en cada embestida. Te sientes abierta en dos. Suya. Inmensa. Potente. Tremenda.

Subes al cielo. Le coges el cuello. Miras sus rasgos de adonis imperfecto. Doblegado. A tus pies. Cachondo. Sumiso. Tuyo. Te come la boca. Hambriento. Juegan las lenguas. Se gustan, se desean. Le lames los labios. Le chupas la barbilla. Y él te embiste y te sube. Caes y explotas. En un chorro de tesoros incombustibles. Desde lo más alto que hubieras alcanzado te dejas caer. Te recorre un orgasmo cual lava ardiente tu columna. Te arqueas. Lo sientes. Te dejas.

A la vez que tu orgasmo provoca cual clic efectivo el suyo y se corre contigo en brillante gesto simultáneo con grito ahogado en tu oreja, mientras te agarra fuertísimo tu cabeza entrelazando sus dedos en tu melena.

Poderoso sexo.

Caes y tu cuerpo se va deshinchando. Suavizándose. Enterneciéndose.

Te mira, ahora radiante, poderoso y feliz de haberte alcanzado. Místico instante compartido.

Te besa intenso y tierno a la vez. Te tapa entre divertido y protector con su chaqueta.

 

Pasan unos minutos de silencio necesario. Recomponiendo el aliento. La entereza. La perspectiva.

Casi sientes el fin. Te duele salirte. Te sabe hasta mal volver a vestirte.

Te compones y te colocas la melena.

Mañana te dolerá todo. Hoy sabe a mermelada…

Miras por la ventana divertida.

Te mira, sonríe y vuelve a mirar por la ventana.

Nada que decir. Innecesario.

 

Suelta.

La Suelta.

 

Estaría bien haber preguntado el nombre…