Amistad. Extraño sentimiento.

Cachondo pegamento, unión escogida, cerveza a pachas, pena compartida, risa fácil, broma a medias.

No sabría pensar en un solo tipo de amistad.

Tenemos varias «mi mejor amiga» más de un «amigo del alma».

Pues la amistad no respeta edades, sexos, ni lenguas.

Le da lo mismo si vienes del norte o del sur.

Si eres chica o chico, si te gustan los tíos o las tías.

La amistad es más noble. Más invisible, más guasona.

La amistad es química pura.

Tengo amigas que me leen la mirada, la risa o la imaginación por adelantado.

Amigas con las que puedes contar para lo que sea.

Las amigas te hacen sentir bien. Muchas veces las admiras, las agradeces y hay momentos que sientes no merecértelas. Son como angelitos de la guarda que cuidan de ti. No sabes porqué pero los duendes del positivismo inundan vuestras conversas y al acabar te sientes ligeramente elevada.

No sabes bien porqué.

Ellas arrasan con la palabra generosidad, se llevan por delante la empatía y reinventan el optimismo. Tiran de ti cuando estás abajo, te entienden y minimizan el problemón. Ya puedes estar metida en aquello insalvable, indoblegable o difícil. Ellas le dan la vuelta.

La amistad surge en algún punto del camino. Y si el amor es magia la amistad es pura dinamita. Surge. No sabes muy bien porqué. Coinciden el sentido del humor, los gustos y hasta los vicios. Coinciden y por qué no compartirlos, debe pensar el destino. Nos mira divertido.

Adoro a esas amigas que recuerdan tu última preocupación, nimia para la vida que vivimos, pero tu preocupación al fin y al cabo. Están, escuchan, se preocupan por ti y te lo expresan. Y en ese momento sientes que escogiste bien. Que no sabes bien qué les aportas tú. Pero te sientes agradecida de que te encontraran en su camino.

Aquella amiga que escucha atentamente.

La amistad es rara, es inmensa, necesaria. Curativa.

La amistad nos elige, nos cuida, nos mejora.

Alguna que otra vez la cagamos, podemos herirla. Pero si hay esencia vuelve a nosotros cual paloma mensajera. Devolviéndonos la palabra perdón tiernamente envuelta en papel de celofán, para ser desenvuelta, como un vestido de gasa y ponérnoslo para salir a bailar… el más dulce de los bailes.

La amistad es vitamina. Es soporte. Perfume. Droga pura.

La amistad es simplemente un espejo que nos devuelve nuestra mejor versión. Nos tunea y transforma en aquello que siempre quisimos ser.

Gracias por estar allí, Sueltas, ángeles, amigos y amigas.

 

Agradecida.

La Suelta.

¡Ole, ole y ole!

A todas esas mujeres trabajadoras que luchan cada día por su valor laboral.

Por su independencia moral.

Que trabajan y trabajan. Remuneradas y sin serlo.

En función de su valía o por debajo de ella. Y avanzan.

Que no les da miedo nada. O lo ignoran.

Que piden su sitio, lo reclaman y lo demuestran.

Que tiran de la casa, de los niños y de su trabajo.

Priorizan entre dudas.

Deciden con el corazón.

Que se ausentan para llevar el niño al pediatra y recuperan de su tiempo libre.

De sus noches recortadas.

Que no aspiran a Dirección.

A veces, simplemente, a que todas las cajitas de su memoria no se desmonten.

Que la palabra lujo les suena a revista.

La palabra viaje en impagable.

Pero siguen currando.

Que inspiran sentido común y lo reparten.

Haciéndose un sitito. Dando opinión.  Archivando facturas ajenas.

Ordenando el mundo éste que anda descolocado.

Coloreando de empatía el extraño mundo laboral.

Acariciando el alba para poder tomar su cafeína en soledad.

Antes que empiece el barullo de su día a día.

Porque antes de su jornada laboral van otras muchas cajitas que ordenar.

Casi todas ajenas.

Que encajan sus horarios cual tetris vital de sus vidas.

Que es tan heroico llegar al final del día como a final de mes.

Que no miran como está el mundo porque se pondrían a llorar.

Pues no entienden. Ellas no entienden las guerras.

Quizá no comprendan los términos inflación, déficit… sólo saben que han de seguir adelante, no desfallecer y a seguir currando.

Porque hay facturas propias por pagar. Bocas que alimentar.

No cabe el desánimo. No se escribe cansancio.

Ya llegará el domingo; o ni entonces.

Y vuelta a empezar.

 

¡Ole ole y ole!

 

¿¡Qué haríamos sin tantas como vosotras!?

¡Qué lección de vida!

Porque siempre han existido las mujeres trabajadoras.

Sólo que ahora les han puesto nombre, son remuneradas. Pagadas.

 

¡Pero no había mujer más currante que nuestras abuelas!

Me refugio en su fuerza para tirar de mi día a día.

Para cuidar, amanecer, trabajar y volver a trabajar.

Porque habrá un mañana más liviano… ¡quien sabe!

¡¡Hoy un ole por todas y cada una de las mujeres trabajadoras!!

 

Admiradora

La Suelta.

¡Qué sueño!

¡Rifo mi cuerpo, lo regalo, lo doy, lo cambio!

Sobre todo cuando se desvela, se angustia, a la 3, las 4… De la noche. Caen los minutos y se ensanchan las PREocupaciones, se torna la angustia en mayúsculas y pesa la noche. Pesa y pesa.

3:00

Y miras la hora, me doy la vuelta y otra vuelta.

Un pipi. Un vaso de leche. Un post. Una angustia y otra. Un miedo.

¡Un ladrón! ¡Ay! ¡No! Era un gato.

3:30

La noche se alarga se hace eteeeeerna.

Como este post.

No acaba.

¿Sueño? No lo percibo.

¿De donde vendrá el sueño? ¿Del cerebro? ¿Del corazón? ¿De mi alma?

¿Quién produce mis sueños? ¿Quién es el guionista de mis sueños?

Se apodera de mi la angustia: mañana me deja! Fijo! Me ha dicho un “hasta luego…” Muy seco. ¡Qué raro!

4:10

Ya han pasado 40 minutos.

Me odio, a mí misma. Y este run.run en la boca del estómago.

Y sigue. Ronronea y no calla.

Es culpa mía.

Todo es culpa mía: la lluvia, el viento, la crisis, todo es culpa mía…

He de pensar algo para solucionarlo.

¿Me pongo a trabajar?… No. Eso ya sería de psicoanalista. De traca.

Pero él… ¡Fijo que me deja!

Se acerca el reloj a las 5…

Aaaaaaah! Un bostezo.

Pareeeeeece que tenga aaaaaaaalgo de sueño! ¿No?

Ahora… Ahorita…

No.

Vuelta, me coloco el pijama se me ha envuelto en la pierna.

Reproduzco la conversación en caso de que me deje…

«Yo más…»

Me duermo hacia las 5:30….

Sueño profundo.

7:00

Bip.bip.bip.

¡Qué ruido es ese!!!!?? Parece que me arranquen la vida, que una losa cierre mis párpados…

¡Quéeeeee sueño! ¡Diooooooos!

¡¡Que me muero!!!

¡Que se quede otro mi cuerpo indominable!!

Mi caprichoso horario de sueño…

Me miro al espejo, simple espectro de lo que puedo ser.

Nada que no arregle una buena capa de antiojeras, maquillaje, maqueadita.

Me digo, me juro, me prometo, me automotivo. “Avanti avanti, bella! ¡La piú bella!”

Y salgo a la luz del día…

¡Aaaay! ¡Duele!

Soy como una rosa…. En invierno.

El sol pesa. Mancilla, quema.

Miro a la gente vigorosa, inquieta, decidida…

¿Qué les han dado durante la noche…???

Me falta sueño.

No cuento las horas de sueño.

Quedo con él a la tarde.

Encantador, atento, delicado… ¡Seré paranoica!

Un día de estos abro un blog de esos…

Desvelada.

La suelta.

Esta semana el blog se lo presto a una amiga para que publique una opinión.

Aunque la suelta no le interesan determinados temas, ni opina.

Si una amiga te pide un favor… Lo que sea.

Justificación de la excepción.

¡Estoy enganchada… al Candy Crush !

¡Tengo que quitármelo! No pienso en otra cosa, sólo hago eso y lo imprescindible y necesario para vivir, o mejor dicho, para sobrevivir.

Es decir, a parte de dormir (a veces no muy bien, pues hay noches que me desvelo, que hurgo en mis pensamientos y preocupaciones, que desempolvo viejas batallas, ya perdidas…). Aparte de dormir, decía; de comer, intento comer poco y sano pero acabo comiendo mucho y “guarro”; de trabajar, ducharme e intercambiar las frases diplomáticas para relacionarme con la gente que me rodea… ¡sólo juego al Candy Crush!

¡Qué retorcida soy para reconocer y confesar que me he convertido en una híper-mega-súper adicta al Candy Crush! ¡Estoy enganchada! Me levanto y sólo quiero hacer unas partiditas al Candy Crush, se me va el desayuno, confieso que un día me fui a trabajar sin ducharme por jugar al piiiinche Candy Crush. Llego a casa y para desconectar… un Candy Crush, duermo y sueño con salchichitas rojas, lagrimitas amarillas, el chupa-chup ese azul, brillante y sin palo… cierro los ojos y veo hacer tres o 4 o 6!!! ¡¡En línea!!! ¡Eso es lo más! A veces veo donde hacer un trío, los cruzo y la pantallita empieza a hacer plus, plas, chassss, surge una bola negrita con piquitos de colores, todos los elementos son como golosas chucherías, estoy segura que están buenísimos, si hubiera una tienda de las chucherías del Candy Crush se forrarían ¡aviso mercados!. Y busco donde hacer 4, porque dan la figurita con rayitas pero si las cruzas entre sí… eso ya es la bomba, explosiona en puntos por todas partes, flus, flas, fles… ¡tooooma ya! Y al final… no pasas de pantallas: ¡nivel no superado! Joder, ¡qué mala soy! Soy un desastre, una pifia como mujer, no valgo nada, soy como el peor valor en bolsa; con el subidón que supone pasar de pantallita que te diga el jueguito ¡maravilloso! ¡estupendo!. No, yo no paso de la pantalla 181… entonces viene tu chico y en un despiste te coge el móvil, te hace la pantalla 181… ¡¡Y TE LA PASA!!

“Mira cariño, ¡te he pasado la pantalla esa que tanto te costaba!”

¡¡¡Noooooooooooooo!!!

Me lo miro y su carita es de cariño, es de “¿a que estás contenta, amor!?…”

¡¡Joder!! ¿Cómo me voy a cabrear ahora?!!! Si es que llevo cuatro días con esa pantallita y no hay way… y éste ahora va y en un plis… puf paf plaaaaash… Candy Crush… y salen unos pececitos dándote la enhorabuena… aaargh!! Dádsela a él.

¡¿¿Cómo un gesto de cariño, puede hacerte sentir tan piltrafilla??!

Me digo interiormente, que esto no está bien, que me tiene en off la vida, que yo antes tenía hobbies, vivía con personas, quedaba para hacer cafés, contarme la vida, las quejas y los dolores. Salía de juerga, iba al cine…

Estoy en un nivel que sólo me falta pedirme un día de asuntos propios para jugar al Candy Crush… ¡que me ha secuestrado la vida!

Pero por otro lado, el juego, las lucecitas, los colores, el dragón que pide limonada, los tropecientos mil puntos… pasar de pantallita… es… DROGA DURA!

Y estoy en esas, pantalla 182… no la consigo pasar. No hablo con nadie, cuento los minutos hasta la siguiente vida, porque lo peor es que te las racionan… ¡los muy!

Viene mi hermano a verme, él que ha descubierto su paz interior, su serenidad recién adquirida, que ha descubierto la verdad y sólo le falta hacerse al budismo, suerte que es mi luz y me alumbra que si no… le mandaba a la India… ¡ya!

Y me dice en un arrebato de cariño+honestidad positiva… no sé cómo definirlo: ¡nena, tú no estás bien! ¡Que esto no es bueno! A ¿qué estás viciada? ¿A esto? ¿A este jueguecito? Pero ¿tú te ves?

Y yo me lo miro atónita y digo… sí.  Y mis labios emiten sin pensar: “¡debería borrarlo, en serio!”

Y en un gesto sereno, convencido, decidido y resuelto me coge el móvil de las manos…

–          ¿es esto?

–          Sí. – yo, resignada. Casi vencida.

–          Pues borrado. – borra la aplicación de mi móvil. Sin ser consciente… yo de mi abstinencia inminente.

–          Problema solucionado. Y con todo el tiempo que recuperaras, leerás, verás alguna película y escribirás más. Seguro. Y no me mires así.

Hay tito, ¿qué haría yo en la vida sin ti? Te odié un microsegundo. Te quiero infinito. ¡qué liberación!

Llevo dos noches sin Candy Crush, he enviado mails a casi todos mis amigos, pocos respondidos. ¿Estarán también ellos enganchados al Candy Crush? Les enviaré de visita a mi hermano.

Verídica.

La Suelta.

Esta noche es mágica…

Es la noche de reyes, se acaba la Navidad, pero en un último intento de alargar la magia y el consumismo, alguien se inventó este tremendo cuento:

Esta noche tres increíbles señores venidos de Oriente, montados en tres chuchurríos camellos, traen regalos para todos los niños del mundo, todo ello cargado en estos camellitos, reparten en la misma noche en diferentes ciudades todos los regalos que esos niños han deseado, pedido en el último momento, entran y salen de casa sin que nadie los oiga; esa noche mágica, todos esos niños creerán en la magia, porque ¿cómo y de qué otra manera podría ser?.  Esos camellos como mínimo antes de partir se han bebido 5 red bulls!

Esos tres increíbles señores: Melchor: el rey blanco es barbudo y con pelo, no sufre de calvicie, rondará los sesenta digo yo porque tiene todo el pelo blanco como la nieve, de ahí el nombre; Gaspar, de pelo castaño (el rey marrón), barba incluida, ni una cana, cuarentón largo, tampoco sufre de calvicie, ni clarea… y Baltasar, el rey negro, mi preferido! Todos los reyes negros que he visto distan un siglo de los otros dos, suelen ser jóvenes, altos, guapos y yo los veo tremendamente sexys. Y me digo que estoy mal, porque es un rey mago que trae regalos a los niños pequeños, no puedo pensar cosas pecaminosas con un rey Mago.

Me dispongo a ir a la cabalgata de reyes con mis sobrinos, emocionados ellos, por los caramelos, por ver a los reyes, por la magia, porque esta tarde han apuntado un último regalo que esperan ilusionados que les dejen a los pies del árbol. ¡Qué inocentes! ¡Qué tierna la vida! Y pienso cuando les dejará la primera novia, cómo se les romperá el corazón… O cuando sin ir tan lejos, algún compañero de clase les diga que sabe quiénes son los reyes magos… y ¡oh inocencia! Se rompió el primer trocito. Se despedazó su rinconcito de magia. Infancia, delicioso rincón de inocencia.

La cabalgata sale sin pena ni gloria, la componen unas furgonetas del de la panadería, el camión del carpintero, maqueados con cartones pintados llenos de dibujos, el rey blanco lleva una barba muy blanca eso sí, que hace creer a los niños fantasías imposibles, pero no le ajusta bien y la sujeta con la mano, el rey marrón saluda efusivo a todos los niños, bebes, abuelitos y demás. Debe ser el primer año que se disfraza y llega la última carroza, la del rey negro, carroza en blanco y azul. Mira… no me parece tan cutre, ¿será realmente traída del lejano Oriente? Ensimismada, arrebujada en mi abrigo me fijo en el rey Negro… ¡Dios! este año deben haber hecho un casting, está bueno a rabiar, no hay otra forma de definirlo, está de pie en la carroza, cogiéndose la voluptuosa capa, sonriendo arrebatadoramente sexy.

¡Por Dios, nena, que es un rey Mago…!

Y me imagino en mitad de la noche en casa… oír un ruido en la ventana… alguien no la ha forzado siquiera para entrar, claro: ¡es mago!. Y le encuentro en mitad del salón colocándome regalos a los pies del árbol, ¿qué haces tú aquí?… vaya pregunta, es un rey mago, en la noche de reyes.

– ¿quieres tomar algo?

– Un gin tonic – ah! No sabía que los reyes magos le dieran al alcohol-

– Me apunto! – le suelto-

La tontería, lleva a la broma, la broma lleva al resto. Y se va la noche… voy a dejar que vuestra imaginación trabaje por mí. Cada cual tiene su fantasía. No imaginaré que me follo al rey mago, porque queda muy sohez.

Pero lo que sí me imagino es el despertar, en silencio, en esos despertares lentos y reparadores, cuando la noche, el sueño y el resto han hecho su función. Parece que hasta el cutis lo tienes mejor.

Voy al salón y me encuentro el pie del árbol repleto de fantásticos regalos materiales, carísimos, imposibles, imponibles, innombrables, todas somos un pelín materialistas, un pelín sueltas.

Sonrío traviesa… ¡qué diablos! ¡Pedazo de Rey Mago!

Me cae un caramelo en la frente, de la caravana de reyes. Me trae de vuelta de tanta  tontería, el rey mago Negro ya ha pasado, a mí no me ha dicho ni hola, el caramelo ha caído con mala leche, algún niño de los pajes con un pelín de mala idea. “Son niños…” ya! y yo vuelvo a mi realidad, tan fría, como la noche de reyes.

Devuelvo a mis sobrinos y me voy a dormir.

En mitad de la noche despierto, no hay ruido ventana ni magia, me doy la vuelta. Qué narices, los reyes magos no existen pero a veces a la inocencia le gusta imaginar, a mi travesura le permito indagar y a mi imaginación dejarme llevar y…  me sorprende.

En el fondo pienso que menos mal que los reyes magos no existen, porque ¡¡son tres en realidad! Y no sé si podría con tanta magia.

Fantasiosa.

La Suelta.

Propuestas 2014

Se avecina un nuevo año y desechamos éste usado. Porque está tan usado como la palabra “crisis”. Pero me he dicho que este año voy a desempolvar la palabra divina y me la voy a colgar a la espalda. Me voy a enderezar. Año de revolución interior, de mutación, de cambio de piel. Reinvención total de mí misma. Pero he de priorizar mis propósitos. No demasiados que después mi energía se despilfarra y pierdo el Norte.

 

No voy a invertir energía en frentes u objetivos secundarios tipo:

Mantener el trabajo y/o promocionarme.

No aumentar mi armario innecesariamente con prendas tipo chaquetita con cremallera cromada o de un color ligeramente diferente a la que ya tengo, visto, uso, desgasto y pisoteo en las guerrillas nocturnas o diurnas; o zapatos ídem que los míos pero con 1cm menos.

¡No enfadarme o gritar sin necesidad! Que una tiene un status y hay que mantenerlo, pero se pierde en esos momentos o pequeños instantes de explosión innecesarios… Pero Aix! la mala leche le juega a una malas pasadas…

Controlar lo que gasto y por donde se evapora el dinero el muy h.p!! No comments!. Merece otro post!

Tirar o revender cosas que no uso… Puf!!!

O… Propuestas más trascendentales como decirle a la gente que adoro que realmente les necesito y esos grandes detalles que dan sentido al mundo.

 

Me voy a centrar en dos frentes, mi salud y mi conciencia! Que son ¡tanto!

Ahí van:

 

Dejar de fumar. ¡De verdad!

No valen excusas: ni el cigarrito de media mañana «para salir de la oficina a tomar el aire», ni el de la noche porque es imprescindible, ni el de «para socializar», ni «voy dejándolo». No hay miedo. De verdad. Me compro un container de chicles y ¡a por todas!

 

Quitar los kilos que me sobran y aquí voy a echar el resto. Este punto merece un post expresamente… porque la de fuerza de voluntad que hay que recoger para no pegarle un bocado a ese Brownie, tortilla de patatas o lo que se te ponga delante. ¡Por Dios! Y ¡no basta! ¡Acabo pecando siempre! ¡Qué delirio!

 

No llegar a la quinta copa. No es necesario (de nuevo). En la primera me suelto, en la segunda se suelta mi lengua, en la tercera ya no sé qué se suelta. En la quinta ya se ha perdido todo. Y mira que no digo: ¡no beber! Hay que socializar, relacionarse, integrarse. No me voy a poner propósitos imposibles…  ¡la cabra tira al monte! ¡Que una tiene sus debilidades!

 

Conocer un tío normal.  ¡Qué importante!

¡Normal! Y cuando digo normal, digo que no esté casado, que no tenga novia pero vaya a dejarla, que no se vaya de viaje a investigar el sexo de los mejillones del Amazonas (¡juro por Dios que existen!), que no sea experto en tirarse en puenting exclusivamente, ni se pase todo el día fumando, que no me vea como la circunstancia de compañía del sábado noche, que valore y escuche mi opinión, que pueda quedar conmigo en horario diurno. Que tenga ganas de saber de mí como persona y no sólo como cuerpo. Que busque una relación normal y no las esquive cual lateral de la autopista.

 

¡No follar con tíos que no conozco!

Que no tienen por qué ser los mismos que el punto anterior. Esto es lo peor de todo. Y este punto es básico. Más de lo que os parece.

Más que nada porque al levantarte no tienes tema de conversación. Y suele dolerte tooodo… hasta la conciencia. Y lo primero que preguntas cuando te despiertas en bolas en casa ajena es muy feo que sea: ¿cómo te llamas? ¿Tú quién eres? ¿Cómo he llegado, me trajiste, vine (voluntaria o forzadamente)? ¿Eres un violador? ¿A qué te dedicas?… O cosas por el estilo. ¡No quieras saber! Y así pierde una su charme

Y es que a veces soy lo peor. Pero sobre todo porque… ¡Se entera mi abuela y me mata!!!

 

Por estos cuatro puntos que voy a poner tolerancia cero. El 2014 va a ser mi año y el tuyo. El nuestro.

 

Resuelta.

La suelta.

Regalos Navideños…

Llegó la Navidad y con ella los Regalos, fantásticos regalos, personales, impersonales, con ticket regalo, sin ticket regalo…, con dedicación, sin, con papel de regalo… mmm ese papel de regalo: algunos regalos son tan bonitos que vale más el envoltorio que lo que hay dentro. Hay papeles de todo tipo, dan ganas de empapelar la habitación. Nos fascina el papel de regalo.

Tengo una amiga que cuando se compra algo para sí misma… ¡pide que se lo envuelvan! La fantasía del regalo, o la íntima picaresca de ver a la dependienta pelearse con el papel, el celo y los pliegues. Algunas tienen arte, otras… no tanto.

Regalos, el misterio, el ¿qué será? ¿le gustará? ¿me gustará?. Hoy muchos han optado por la vía pragmática: hacer lista de regalos. Qué cosas queréis, deseáis o necesitáis. Se acabó la magia, la improvisación, la creatividad del regalo personal y dedicado. Pero es que hay tantas fiestas, tantos amigos, familiares, aniversarios. Que la creatividad no da para tanto… ¡un año tras otro! Pero digo yo que una cosa es hacer lista de regalo… “para dar ideas” y otra no dejarnos ni la talla, ni el color ¡sólo nos falta poner la referencia! La magia para el David Chipperfield, ¿no? En Navidad al grano.

Porque luego está el palo de ir a cambiar regalos… ¡paso! ¡no coments!

Los regalos navideños son impuestos no sé por quien, ¿por la tradición? ¿De qué? ¿En qué historia de navidad contaba que se deben hacer  regalos? pero bien, aceptamos todos: toca regalo!

Navidad, reencuentros entrañables, familiares…

Y en la comida de familia, con la tía que nunca ves pero que tanto aprecias, te saca un regalo, jo! El papel en este caso no es del que te empapelarías la habitación… lo abres y sacas unos patucos hechos a mano (no tiene ticket regalo, no hay tienda, no hay posibilidad de “decir: me gusta mucho (subtexto: después lo cambio!)” te lo miras y no consigues definir el color de la lana, lana gruesa tejida a mano… tienen pinta de ser cómodos de narices!  “muchas gracias, cariño” lo dices de corazón, piensas interiormente que no te los pondrás nunca… pues son de un estilo diametralmente opuesto al tuyo. No son feos, son diferentes a lo que tú escogerías. Pero los miras y ves todo el cariño que pusieron en tejerlos… estas cosas pasan cuando no hay lista de regalos ni referencia, color, ni talla.

Y en algún momento del día acaba el fasto, la fiesta, la comida y se acaba el turrón, se cierra el día y alcanzas casa, te desmontas, te quitas la lencería, la puntilla, la media y la lana, te desmaquillas… te pones en chándal, camiseta y apuntas al sofá. Y de pasada ves como los patucos medio salen de tu bolso en la entrada. Te acercas, los coges, los miras y te los pruebas… ¡son súper cómodos, qué narices! ¡qué gustito! Después del día tan largo… piensas que si estás cansada será de comer, de cacarear, cantar, bailar o escuchar al tío. Porque hoy es festivo, pero estos patucos… ¡qué delicia!

Y ¿cómo te has puesto unos patucos tan diametralmente opuestos a tu gusto? Pues con el ingrediente que amalgama los opuestos: con amor, con aprecio, con mucho agradecimiento y sin pizca de prejuicio!

Afectuosamente.

La Suelta.

Y a veces te sientes princesa…

Porque a veces los sueños te permiten ser cualquier cosa, puedes soñar sitios increíbles, ser personas diferentes, sentir palabras innombrables, dormir en castillos prohibidos y a veces sueñas que eres princesa. Princesa de nada o de casi todo. Princesa a tu modo.

Como ese día horrible que todo ha salido torcido, la noche no ha dado tregua, el trabajo no ha salido, todo se ha desmoronado, pero lo peor y más incambiable de todo: tú te sientes floja, abajo, poca cosa, hasta vencida. Te dices que es sólo hoy, que mañana será otro día. El ánimo no levanta y te espachingas en el sofá a hojear una revista, la primera revista que alcanzas llena de mujeres espectaculares, de ropas imposibles, de bombones, pivones y tops, de cuerpos tuneados, de melenas dibujadas.

Páginas de complementos, bolsos y taconazos. Y tu mirada se detiene, se fija y se para. ¡Pedazo de chaqueta de visón en amarillo chillón! Corta por la cintura, entallada, divina, espectacular, de otra galaxia. Una galaxia llena de cosas inalcanzables. Ni siquiera en sueños. El precio es la mitad de tu salario. Pero detienes la mirada, rezuma fantasía, te imaginas en ella, con unos pantalones en cuero negro, para rematar unos Loubotin de 7cm, toda tu tuneada. Tu moral sube enteros, sigues soñando, paseando por una avenida empedrada, te conviertes en cuerpazo con solo ponértela. Tu melena incontestable la acaricia. Sientes las miradas caerte sobre los hombros. Tu ánimo vuela y tú te sientes princesa. No eres pequeña, eres grandiosa.

Empiezas a justificar la compra, a sumar, restar y buscar capital, para tal inversión, inversión de por vida, prenda necesaria. ¿Por qué? ¡Porque es chula! ¡Obvio! Porque quieres ser princesa.

Aparece tu chico, se sienta en el sofá y conecta el fútbol.

Emocionada, en tu nuevo ser le enseñas, emocionada, tu posible futura inversión, adquisición, objeto de deseo. Y exclamas:

–          Cariño, mira. ¡qué pasada de chaqueta! ¿A que es increíble?

–          Reina, con esta chaqueta… parecerías piolín  –y vuelve al fútbol-.

Pedazo de verdad andante.

¿Cómo puede alguien ser tan sincero, honesto, bondadoso y cruel en el mismo recipiente?

Y despiertas, cual sueño nocturno, te miras al espejo y recuerdas a la chica normal (dícese normal como la chica que no sale en revistas ni vive en Mónaco, no es Linda Evangelista ni pasea en carracos) Porque sin tener en cuenta tus sueños, sigues viviendo en la misma casa, en el mismo lugar. Sales de farra con tu chaqueta tejana, porque para guerras y cubatas mejor el tejano. Para tu día a día prefieres el zapato plano. Y al final siempre te acabas vistiendo en tejanos, camisetas y jerseys.

Pero qué narices, hoy te sientes princesa, porque los sueños lo que tienen es que son tuyos y nadie osa, puede, ni tiene derecho a robártelos y en sueños puedes ser cualquier cosa.

En tus sueños ya no hay chaquetas piolín, pero tu sigues siendo grandiosa.

 

Soñadora…

La Suelta.

Después de tanto tiempo…

Hacía tanto que no notabas cosquillas en el estómago, que no te probabas todo el armario antes de salir a la calle, o te mirabas cinco veces en el espejo antes de estar lista, que te maquillabas y te desmaquillabas antes de salir, que te vestías cañera y después cambiabas a modosita. Que hasta la añoranza se te hace lejana. Tu coquetería se advierte mustia, parecía guardada en el armario, quizá demasiado tiempo.

Los pendientes aguardan en el cajón de los viejos tesoros, testigos de gestas propias y ajenas, de momentos estelares, de noches eternas; esa ropa íntima para momentos especiales en el último rincón de la cajonera y tus botas moteras salen hoy para acariciar de nuevo el asfalto.

Y todo te sabe a propio, pero tú te sientes ajena.

Rastreas en tu armario, pero no te sientes cómoda, cotidiana. Y te sorprendes a ti misma que algún día todos estos abalorios los hubieras paseado, vestido, interiorizado. Cual tatuaje de aquel exnovio, ya lejano.

Pero hoy tienes la excusa perfecta, el argumento. Hoy has quedado con un hombre… después de tanto tiempo.

Quedáis en esa esquina tan cotidiana, que en tu día a día frecuentas, pero en esta hora especialmente te sientes cual niña de 16 años, inocente y tonta que hubiera quedado con su primer novio, te sientas a esperar en el escalón del portal. No quieres parecer fría, te levantas, te apoyas en la pared con el pie en la pared… desdoblas, tantas veces le habrás dicho a los niños que no se apoyen en las paredes. Y no desconectas, tu mundo sigue en la recámara.

Llega de golpe, sin previo aviso, dos besos torpes, en la mejilla, tropezones, pudorosos. Pasa la velada, sin apenas darte cuenta, fluyen las palabras, los silencios, te ruborizas, a ratos te amuerma, “¡que cambie el ritmo!”, te cuenta historias, tu desconectas, miras sus manos, la imaginación vuela, observas su piel, te dejas imaginar con fachada de atención al gran monólogo, en otros ratos consigue captar tu atención, te sorprendes a ti misma en plena carcajada. Se acaba la cena, la cuenta, el pago, el abrigo, a la calle…

Y surge la pregunta, incómoda, pero no tanto: ¿en tu casa o en la mía?

Nunca te lo habían preguntado, adviertes: siempre había un coche, un rincón, una esquina, un portal, casa de algún amigo, nunca nombrado, entre los dos pactado.

Hoy es diferente, sabe diferente. Tienes conciencia, tienes hambre, ganas, sed, curiosidad, melancolía.

Hoy hace mucho, todo te sabe a guardado.

Hacía mucho que no estabas con un hombre. En una cita, formal, antaño salíais del bar, inconscientes, embriagados, o no. Simplemente inocentes.

Abres la puerta de casa, quieres encender las luces, no encuentras tu propio interruptor, “¿te enseño la casa?” te suenas a torpe, quieres morir, saber qué se hace, qué hay que hacer en estos casos. Te observas a ti misma, interiormente te ríes.

Y en el pasillo de las habitaciones te embiste contra la pared, te quiere besar arrebatadoramente, quizá como en las películas de Clark Gable, o pretende ser Marlon Brando. No lo consigue. Te sientes torpe. Las lenguas no se encuentran, las narices tropiezan. Te quita la ropa sin despegar en ningún momento los labios de ti, no sea cosa que se deban pronunciar palabras y éstas no estén armoniosamente estructuradas o no sean políticamente correctas.

Desnudos acabáis en la cama, en posición horizontal. Obviamente. A veces pienso que los previos se deberían llevar a cabo en posición vertical que es la que dominamos y somos. En posición horizontal sólo luchamos contra la fuerza de la gravedad. Obvio. Y el pelo, su peso, las gafas, las tetas, los previos en vertical… ahí lo dejo. Mi imaginación también fluye.

Y tan torpemente empieza, como con cariño lo endulza, sus palabras son escasas, pero podemos aceptar barco, tú no articulas ni palabras ni grandes gestos, lo ves todo, pero no lo acabas de sentir. Recordabas otras visiones del sexo, otras sensaciones.

Hay una parte de ti que se tiene virgen usada, otra parte a princesa rescatada y en tu razón más cotidiana albergas la posibilidad de otro polvo.

Él se queda dormido, obvio. Tu mente femenina guardaba la esperanza de unas cariñosas palabras.

Y en silencio programas la alarma: 7.30h. Mañana no tienes nada por hacer.

7.30h. suena la alarma, el tipo despierta sobresaltado y tú con cara angustiada, dormida, apesadumbrada, miente: “lo siento! No recordé decirte que he de ir a buscar a mi madre”.

 

Traviesa.

La suelta.