De su cigarrillo mal apagado.

Una hora antes ella había recogido la cocina, limpiado los platos, barrido y fregado el suelo. Guardado el hule. Montado la mesa. Casa recogida sin niños. Subió a teñirse el pelo, las uñas pintarse, se duchó, perfumó y maquilló. Se puso el vestido nuevo y se encerró en el baño.

Se ahorcó con una cuerda del trastero. Ring. Pataleaban sus piernas cuando sonó el teléfono. La llamaban de una oferta de trabajo. Había sido seleccionada. Tarde. Sin aviso. La vida ya le había vencido.  Aún olía a tabaco.

 

La Suelta.

Sólo ceniza quedaba en el alfeizar.

Voy a adorarme.

He decidido adorar mi cuerpo. He optado por subirlo al Top One de mis ideales físicos. Mimarlo. Porque voy a estar aquí dentro hasta que me muera. Por feo, banal y mundano que suene.

Voy a pasar de mi culo XL y de mis tetas XS de esta equivocación en el reparto de volúmenes. No lo voy a tener en cuenta y hasta le voy a encontrar el puntito. No voy a ver mi nariz aguileña más imperfecta que la de la Letizia previa a su “necesaria” cirugía. Yo no soy reina consorte. Voy a pensar que toda belleza más mágica cuando es imperfecta.
Y me voy a seguir adulando.
No voy a tener en cuenta la falta de personalidad de mi pelo que no es ni rizo exótico ni liso japonés… más bien diría indefinición latina. Ni chicha ni limonaa…
No hay forma de dominarlo en modo liso ni darle volumen. Él a lo suyo. Pero la gracia le encontraré…
Pues soy la primera cara que veo por la mañana y la última del día.
Porque quererse no viene mal.
Pero adorarse debe ser la bomba.
Y al final mi belleza será imperfecta pero la magia correrá por dentro. Que lo sé.

Porque por mucho que desee otro cuerpo no me lo van a cambiar.
Y ya ni deseo ser la Bundchen ni quiero esos labios suculentos de la Jolie. No voy a pensar que cada noche besan a Brad Pitt…. eso no me importa. No siento nada.
Tampoco tengo lunar indiscreto en la comisura de mis labios a lo Mendes (ésta besa a Ryan Gosling) o como la Crawford icono de décadas pasadas. Yo sigo con mis anodinas formas.
Pero voy a encontrar la manera de adorarme. ¡Hasta de desearme a mí misma!
Porque por mucho que me las mire no me transformo en ellas.
En este caso la visualización, el deseo firme, el objetivo y el trabajo duro no cambia personalidad ni me transforma en una it girl… no hay nada que hacer. Creo…

Así que mañana mismo voy a empezar a quererme con locura.
Ahora mismito voy a cogerme la última Vogue a ver si en un despiste del destino me cambia por Eva Mendes y puedo besar a ese hombre.
¿Quién dice envidia?
A lo mejor el destino se equivocó. Y ando yo aquí en personalidades equivocadas.

Pero si no funciona. Mañana soy mi propio ídolo…

Convincente  ¿O no?

La suelta

 

Nunca deberías…

Nunca debes, deberías… En ese momento de subidón de ay,ay,ay! “Cómo le gusto!” “¡que no me mire así que tiemblo!” “si me vuelve a hacer esa caída de ojos… me lo llevo” nunca deberías irte con él si no te has depilado… porque después pasa lo que pasa, cariño. Empezamos con los besos, los roces, las caricias, el despelote y vamos bajando…

Y en ese momento de pasión desenfrenada, de locura, de deseo, en ese momento en el que tu cuerpo debería dejarse llevar, o llevarte al cielo, disfrutar de lo bueno que tiene la vida… ¡zas! Acude en tu ayuda, el traicionero de tu cerebro, esa parte absurda de nuestra mente embadurnada por los prejuicios y preocupada por los demás… “¿¡qué pensará de mí!?” “¡oh! ¡Dios! ¡No me he depilado!” “¿notará la cantidad de pelos que tengo?”… y ya no puedes disfrutar, saborear, ni mucho menos dejarte llevar. Con lo bien que sienta un orgasmo…

Te sorprendes a ti misma en movimientos escurridizos, para que él no baje la mano de la línea de flotación: la cadera, para que de las braguitas ya te encargues tú y que él se quede en la parte superior… pero entonces! Lo único que pensara es que tienes problemas de movilidad, de flexibilidad, o de inhibición que es peor. Este señor, del que aún no te ha quedado claro el nombre ni a qué se dedicaba, tendrá claro que la señorita a la que intenta descubrir es como una caja fuerte con código de seguridad. O peores apelativos: frígida, sosa, seca, rara…

Por eso te conviene ahorrártelo. Postponer a otra cita estos quehaceres o echarte a la espalda los prejuicios, pensamientos absurdos y convertirte en la leona que tan bien se te da a veces. Pasa a modo ataque y quizá anules el “¿qué le pasa a esta chica?”

Y, ¿te puedo contar un secreto? De corazón y de verdad. De verdad de la buena:

A él le da absolutamente igual, le importa literalmente nada que vayas depilada que que no, no tiene tanta importancia, en ese preciso instante él sí que se deja llevar, pone la mente en blanco y disfruta de lo bueno que tiene la vida. Y si hay algo malo o que no le gusta, lo obvia. No ve si vas maquillada o se te corrió (el maquillaje). No atina a distinguir una cana de un pelo negro. En ese momento lo único que cuenta es la actitud. En ese mano a mano… las apariencias quedaron en la sala de espera, lo que te daba el pase a la grada ya se valoró y el de seguridad te dijo que adelante. Ahora estás ahí en primera fila… pues deja a un lado tus prejuicios, tus tontos pensamientos, no te preocupes de tu peinado, si no de tu melena y suéltala. La vida es corta. Vívela.

Pero si todo esto es muy difícil… hazme caso, nunca debes tener sexo sin haberte depilado.

 

Entre nosotras.

La suelta.

Quiero ser ecosostenible

Me voy a volver  loca tanto reciclaje.

Azul papel. Amarillo plástico. Verde vidrio. Me da miedo… ¡quedan tantos colores por descubrir! Rosa, Rojo, Naranja… uf! Y el mundo de los materiales es tan variado.

Porque en esto del reciclaje a una le invade la conciencia, quiero ser respetuosa con el medioambiente, quiero ser ecosostenible, que no sé qué quiere decir(creo que ni existe), pero debe ser maravilloso. El reciclaje me empieza a apasionar o a inundar mi vida. Estoy en fase de aprendizaje: Bricks, aunque no lo aparentan van al amarillo… latas al amarillo, papeles y revistas… ¡esto es fácil! pero cuando llego a objetos extraños no identificados… me los quedo mirando como si en susurros me tuvieran que decir, en voz bajita: voy al amarillo… y entonces me digo nena ¡que no hablan!. Dudo, ¡bah! Total, lo tiro al amarillo y marramiau. Nadie me dirá nada… entonces te sientes como señalada por tu conciencia interior. Te imaginas la planta de reciclaje… y ves al tío mirando el o.r.n.i (objeto reciclable no identificado) y le oyes desde tu casa rebuznar sobre lo inútil que puede ser la gente, lo ignorante que somos. En ese caso seré yo. Debo admitir al fin que para alguien soy “ese completo inútil!” debo aceptarlo, admitirlo. ¡Pero es que es tan complicado! Esto del reciclaje se ha convertido como en un test donde si adivinas, ganas un punto, pero si fallas te restan cinco. Te sientes lo peor de la sociedad.

Y es que hay objetos que tienen ¡¡tres materiales en uno!!! ¿Cómo puedo hacer!!? Y los potes de vidrio que tienen papel pegadito. O los cartones que tienen partes de plástico… es que hay días de paranoia que te descubres arrancando las partes de diferentes tipos… ¡yaaa! ¡Basta!! ¡Nena!! Que por la salud del medio ambiente te estás llevando tu salud mental por delante.

Luego me miro la bolsa del orgánico… ¡pero la bolsa es de plástico! Quizá la bolsa ésta no sea para meter el orgánico…  me imagino al señor que lo selecciona viniendo a mi casa: ¡señorita, lo ha hecho Ud. Muy mal!

Después dudo de si el pescado va al orgánico… Debería haber una planta especial sólo para el pescado. ¡Apesta!

La vida ya es retorcida. Pero creo que se me está complicando.

Porque entonces acude a tu cabeza la bolsa de basura de la abuela: el pote de vidrio, el cartón y el plástico todo junto… ¡Aix! ¡qué escalofrío! Y el mundo ha seguido adelante… así estamos.

Y todo esto por la maldita conciencia. Digo yo que lo que debo hacer es aprender a callarle la boca. Tanta conciencia. No debe ser bueno.

Reciclar sí, pero las paranoias no deben invadir mi conciencia. Ya no sé si es un post sobre reciclaje, o un post de salud mental.

 

Concienciada.

La Suelta.

Lo he dejado.

Quiero un pitillo, necesito un cigarro. Me muero por un piti. Una caladita, notar su nicotina en mis pulmones. Ese pequeño chute. Mataría por uno. La vida no tiene sentido. No puedo pensar, sólo pienso en sorberlo, darle una calada, cerrar los ojos, sentirlo. He llegado al punto de no saber qué prefiero si un polvo o una maldita caladita.

Llevo una semana. Y no se acaban los días, mis pensamientos son grises, como su delicado humo. Me hablan y no escucho. En mi mente sólo recreo el delicado tacto de su boquilla, chupar su aroma. Sostenerlo entre mis dedos, firme pero suave…

Me escondía en el portalito de la calle, en ese rinconcito escondido de las miradas indiscretas, a fumar un piti y al ratito otro. Y si se terciaba podía encenderme un tercero. “Todo por socializar”, decía, mentía. Escusas sociales. Porque no: En realidad lo necesitaba. Me calmaba, me devolvía un cachito de paz. Me hacía, simplemente, sentir bien. Pero duraba tan poco el sosiego. Que mi instinto animal hurgaba en el bolso  por otra indiscreta dosis. Y si notaba el paquete vacío… se me llevaban los demonios. Me quedaba sin personalidad. Sin emoción. Sin alegría. No me quedaba droga. Porque así me veía: dependiente, miserable, pequeña, marioneta. Mi vida se movía alrededor de y para el tabaco.

Me despertaba y antes de mover un pensamiento encendía un pitillo, desde la cama incluso. Me recreaba en los dibujos de su humo. Y poco a poco amanecía en mi cuerpo. Si me tomaba un café ahí me fumaba un cigarro; si había comida, sacaba cigarrito; si se terciaba un copazo… aquí el cigarro era obligado. Si echaba un polvo, no te cuento si era un polvazo, tocaba cigarrito, compartido mejor. Delicioso. Al llegar al curro llevaba ya un par. No era la peor. Hay de peores, lo sé. Pero tampoco buena. ¿no? Y observaba desde fuera mi dependencia, mi búsqueda continua. Mi mente abducida, mi coco comido. Mi vida subyugada. Las conversaciones no tenían sentido si no tenía un cigarro encendido. Era dependiente. Abnegada. Era como una amante dominada. El tabaco me saciaba a su manera, con sus leyes. Pero para tener más siempre debía pagar, apartarme, a veces esconderme, buscar cómplices… me arrastraba donde fuera por conseguir un pitillo. Ansiaba una simple y mísera calada. Desde fuera me daba asco, repulsión, mi propia actitud. «Nada sirvo, nada soy, si tabaco no tengo. Así me siento.» Pensaba…

Hasta que un día dije basta. Hasta aquí. No sigo más tus pasos. No sigo más tu guión. No te necesito. No dependo de ti. No me tienes. Me salgo. Quiero mi libertad. Prefiero otros vicios. Yo valgo más. Yo puedo hacerlo. Cerraré los ojos y no pensaré en ti, ni en los chutes de calma que me dabas. Desandaré mi dependencia y volveré al principio. Seré yo sin subordinaciones.

Y digo esto. Decido esto sabiendo que los fumadores pueden dejar el tabaco pero siempre seré ex.fumadora. En cualquier momento pasa un cigarrito delante de mí y deberé cerrar los ojos para no sorberte, fuerte e intenso, esa inyección de paz interna que me transfieres.

Maldita seas por cruzarte en mi camino: esa primera calada.

 

Fumándote.

La Suelta.

Mi amigo. Fiel jardinero.

Yo tenía un amigo. Suelto. Vivaracho. Mochilero. Trompetista. Inventor. Payaso.

Me reía en la distancia con él y de él, con su permiso.
Sorbíamos la vida, la desmontábamos y la volvíamos a montar, a nuestra manera.

Con sólo mirar mis ojos sabía qué estaba pensando. Su mirada era mi abrigo.

Era divertido, presente, soñador, viajero, políglota. Callejero. Sin horarios. Sin medidas.

Fiel. Leal. Honesto. Amigo. Inmenso.
Este amigo un día se enamora. Se vuelve loco de amor. Se arrodilla. Se tuerce al sentimiento. Se le dilatan las pupilas. Se entremezcla inquietud con sentimiento. Se vence ante la vida.
Yo me alegro, sonrío, me enorgullezco del amor. Del imposible y del puede ser.

Pero…

Tantas cosas buenas en la vida traen de la mano un “pero”.
Pero cambia. No a mejor. No a peor. Distinto. Cambia. Gira. Diverge. No por ser un sitio diferente es peor. Diferente.
Se calma. Se retrae. Cambia de tema, de discurso, de color. Deja la mochila. Lee y estudia. Analiza. Conversa.
Se acabó el payaso.
Ya no está presente. Ya no me mira a los ojos.
Anda feliz. Sosegado. Sonriente. Me alegro por él. Extraño el nosotros. Donde está el «¿Dónde quedamos, princesa?»  «¿¡Unas cañas!?»  «¡Tengo que hablar contigo!» «¡Eres mi mejor amiga!» «Estoy abajo. ¡Necesito salir contigo!». «¡Vamos a perder la conciencia!».
Ahora sobra la conciencia. La coherencia. El discurso y la reflexión.
Habla de monovolúmenes, trabajos fijos. Sueldos. Ascensos. Proyecto de familia.

Y me alegro. Pero…

¿Dónde está el niño? ¿La locura? ¿Nuestras risas?
Y una punzadita de celos recorre mi autoestima: ¿y yo? ¿Ya no recuerda? ¿Ya no le importo?
Jo.
Se queda mi alma con carita de niño frustrado.

Acepto. Pero triste. Entiendo. Pero añoro.

Jo.

Aquí me quedo: al lado del teléfono, esperando:
Un bajón del pasado.
Un giro del mañana.
O un simple equilibrio de los tiempos.
De las salidas con los refugios.
Simplemente un cachito de locura a medias coloreada.
Simplemente.

 

Te espero.

La Suelta.

 

Pero él nunca llama, aunque yo siga esperando.

La espera no tiene final. No termina. No renuncias.

Aceptas. Entiendes. Te frustras.

Mas sigues esperando. Porque la melancolía acecha y nos sacude el niño de antaño, nos grita, pide, aulla: que le saques a la calle, que te rías, te diviertas, te distraigas, te despeines, no pienses, no analices. Seas tú. El de siempre, el de antes. El mochilero, el golfo, el descarado, el trompetista, el actor, mi fiel jardinero. Y en esa esquinita de nostalgia estaré yo, para callejear contigo, para filosofar y viajar, para todo o para nada. Para lo bueno o para lo malo. Porque como dijiste una vez:

– por ti, hasta el final.

– ¿Cuándo es el final?

– Cuando ya no queda nada.

 

El tren en verano…

En Junio publicamos la Primera parte: EL TREN. Por si queréis releerlo. Aquí os lo linko…

http://www.lasuelta.com/?s=el+tren

 

Segunda parte: 

El runruneo del tren continúa, el calor sofoca, el viaje se antoja largo, o corto. Depende de cómo lo leas…

El roce ha dejado paso al descaro, la mirada al beso y en un acto prohibido te ha bajado las bragas…

Te ha sentado a horcajadas sobre él, los dos sudáis, tropezáis, os buscáis, tenéis hambre.

Hubiera estado bien preguntarle el nombre, de donde viene, a donde va, ahora ya es tarde…

Notas la presión ahí abajo, no sabes si podrás metértela… Pero estás tan cachonda…

Y cachonda la coges, levantas el culete y te la acercas buscándote. Y por fin su punta encuentra tu tesoro. Tu delicado y travieso órgano fuente de radiantes orgasmos.

Te la metes. Te entra. Te abre. Te tiene. Te alcanza y levantas la cara. Te erizas. Te abre en canal. Te imaginas que te acaricia el ombligo, la sonrisa. Esto es el clímax. Pondrías el Stop y que no siga la vida. Aquí te quedas. Y él decidido te coge con sus manos tu culo y te sube. Te sube y baja. Sintiendo cómo se te erizan hasta los pezones. Tus pestañas. Y en pura telepatía sabia. U olor de hombre aventajado te baja el sostén te descubre el pecho y te chupa el pezón autoritariamente. Y sólo consigue subirte más. Ponerte más cachonda.

Sientes que vas a volar en cada embestida. Te sientes abierta en dos. Suya. Inmensa. Potente. Tremenda.

Subes al cielo. Le coges el cuello. Miras sus rasgos de adonis imperfecto. Doblegado. A tus pies. Cachondo. Sumiso. Tuyo. Te come la boca. Hambriento. Juegan las lenguas. Se gustan, se desean. Le lames los labios. Le chupas la barbilla. Y él te embiste y te sube. Caes y explotas. En un chorro de tesoros incombustibles. Desde lo más alto que hubieras alcanzado te dejas caer. Te recorre un orgasmo cual lava ardiente tu columna. Te arqueas. Lo sientes. Te dejas.

A la vez que tu orgasmo provoca cual clic efectivo el suyo y se corre contigo en brillante gesto simultáneo con grito ahogado en tu oreja, mientras te agarra fuertísimo tu cabeza entrelazando sus dedos en tu melena.

Poderoso sexo.

Caes y tu cuerpo se va deshinchando. Suavizándose. Enterneciéndose.

Te mira, ahora radiante, poderoso y feliz de haberte alcanzado. Místico instante compartido.

Te besa intenso y tierno a la vez. Te tapa entre divertido y protector con su chaqueta.

 

Pasan unos minutos de silencio necesario. Recomponiendo el aliento. La entereza. La perspectiva.

Casi sientes el fin. Te duele salirte. Te sabe hasta mal volver a vestirte.

Te compones y te colocas la melena.

Mañana te dolerá todo. Hoy sabe a mermelada…

Miras por la ventana divertida.

Te mira, sonríe y vuelve a mirar por la ventana.

Nada que decir. Innecesario.

 

Suelta.

La Suelta.

 

Estaría bien haber preguntado el nombre…

Confieso.

La escritura brota, fluye. Inspira. Expira.

Respiración involuntaria de mi alma.

Y escribo. ¿Para qué escribes?

Escribo para ser leída.

Y tú me lees. Hoy. Quizás mañana.

Tu lectura me acaricia.

Y vuelvo a escribir para, en un descuido, ser leída.

Con tu mirada ser acariciada.

Qué osadía. La mía.

¡Qué avaricia!

 

Escribo de ella, de mí, de nosotras. Tal vez de ti.

Y en tu lectura te detienes, te ríes, te descubro, me desnudo.

Y vuelvo a escribir.

Para no ser descubierta. O quizás sí.

Entonces aparezco y te sientes identificada.

Te leo el pensamiento.

Me meto en tu piel. Ese momento…

Con mis prosas, mis metáforas.

En mí, en ti. En nosotras.

Te gusta lo que lees.

Qué soberbia la mía: al gustarme ser leída.

Qué interesante la mujer:

Laberinto imposible.

Jeroglífico indescifrable.

Exuberancia en colores.

Orgullo infinito.

Montaña rusa de emoción.

Con mi torpe osadía.

Mi humilde escritura.

Vuestra curiosa lectura.

Delicada caricia de mi ego.

 

Gracias por recorrer mis letras, por sumergiros en estos escritos.

Modestas caricaturas.

Vanidosa humanidad la mía.

 

Desnuda

La suelta

 

¡Chicas, chicos!

me despido así de vosotros, hasta Septiembre, prometo traeros nuevos escritos, la segunda parte del tren, volveré sedienta de escritos, de contaros, de encontrarnos, con renovadas ganas. Con nuevas historias o los miedos de siempre. Alegre pero a ratos cabreada. Eufórica o triste.

Esta «primera temporada» de La Suelta ha sido reconfortante, satisfactoria, intensa. Ha sido mi escondrijo, mi máscara, mi tubo de escape. Así que volveré. Porque ya somos un puñado de Sueltos/as que nos encontramos aquí cada semana. Rico.

Un reto: que cada uno de vosotras/os  traigáis un nuevo seguidor al blog… duplicando Las Sueltas que andan por el mundo sin saberlo. Para encontrarnos.

Disfrutad el verano, saboread el sol. Alargad los días. Bebed a porrón…

¡Nos leemos en Septiembre!

 

 

 

El tren…

Te mira divertido y sonríes. Desvías la mirada. Le esquivas y esperas. Hace tanto calor… tu piel está húmeda… Te levantas la coleta. Te acaricias la nuca. Sabes que te está mirando. Carnívoro y sexy. Te acaricias y miras hacia él. Ahí está: al final de la cola de taquillas mirándote. Con una media sonrisa. Como diciendo: “traviesa. Lo sabes…”

Te vuelves hacia la taquilla a comprar tu billete de tren.
Viajas a visitar a tu hermana. Tren de larga duración. Vagón compartido.
Calor sofocante.
Te sacudes la camisa. Es ligeramente transparente y lo sabes.
Coges tu billete y deshaces la cola hacia el tren. Pasas por su lado sonriendo. Sin mirarle. Él se gira a tu paso descarado.

Llegas al compartimento, dos bancos enfrentados. Con puertas a un lado y ventanas en el otro. Cortinas antiguas.
Estás sola. Y alguien abre la puerta. Es él.
Os miráis y sonreís divertidos, gamberros, traviesos. Qué divertida es la vida a veces. Socarrona. Tuya.
Haces como si la cosa no fuera contigo. Te acaricias el cuello, miras por la ventana,
– ¿puedo? – Pregunta en su papel de tímido- golfo sin poder evitarlo.

Sonríes. No puedes dejar de sonreír.
Se sienta en frente tuyo. Las rodillas se tocan.
Suelta una broma, objetivamente absurda… te descojonas. Mirándote desde fuera hasta pareces ridícula. No puedes evitarlo.

– ¡qué calor!.
– y que lo digas…

El tren arranca, las palabras fluyen.
Las miradas convergen, coinciden, las palabras se entrelazan. Sin trascendencia. Sin objetivo. Por diversión.
Cae una mano. Y la mirada.
Se acerca una pierna. No separas las tuyas.
Cacarería, travesuras, palabrería, carcajadas y de repente… el silencio. Una mirada, mantenida, alargada, sostenida…
Y la distancia se acorta y la acorta. Se acerca y le dejas: sonríes…

Lo deseas. Íntimamente. Parece adivinarlo. Es fácil.
Tibiamente acerca sus labios. Te besa en la boca. Se rozan los labios. Se tocan las lenguas. No se abren los ojos. Instante a medias escrito.
Y podría entrar cualquiera en ese momento. Más te pone…
Con sus dos manos te coge de la barbilla alarga sus dedos a tu cuello, crees que vas a morir, a fundirte, deshacerte. Quieres que siga. No pedirlo. Que te lea la mente…
Es tan guapo de cerca, esos ojos claros. Sonrisa de niño travieso.
Abres los ojos, le ves sonriendo. Seguro y bribón. ¡Oh! Dios!. No vas a soportarlo.
Te estira. Te levanta. Te acerca a él… él sigue sentado, tú de pie entre sus piernas, el ladea la cabeza, mira por la ventana…
Te acaricia las piernas. Es verano. Te acaricia las piernas, las rodillas, los muslos, te sientes intensa, húmeda, cachonda…
Sus manos suben por los lados, debajo de tu minifalda, le acaricias la cabeza que tiernamente apoya en tu vientre…
Notas sus dedos hurgar en tus braguitas, acariciarte el culo… se te eriza la piel, la conciencia y el hambre…
Deseas derretirte…
Pero sigues entera.
Miras por la ventana…
Y él se decide: sube sus manos por debajo de tus bragas…
Continuará…   en Septiembre.

La Suelta

Mi visita al especialista.

Me duele aquí, ay no, me duele aquí. Pero a veces pienso que debe haberse pasado al otro lado. Y cuando noto un quemazón en la espalda… Pienso que será… lo peor.

Me planto en consulta del especialista. Lo reconozco: tengo un puntito de hipocondríaca. Me he sacado la tarjetita de la mutua y es lo más. Pido hora cada semana con algún especialista. Y hoy estoy convencida de tener algo muy chungo. Mucho. Me siento en su consulta. La miro:

Tía borde, altiva, perfecta, bella, colocada. Seguramente conocedora del tema. Eminencia. Lumbreras. Empollona de pequeña. Fijo. Con la barbilla ligeramente levantada. Una ceja más levantada de la cuenta. ¿O es mi sensación? Ay ya no sé. Las tías tan perfectas me tiran para atrás. Deberían saberlo e intentar ser más amables… así la sensación de inalcanzable no sabe a desagradable.

Tono sabelotodo… vamos mal.

Me mira y escucha con condescendencia.

–          Pues como le decía, Doctora, cuando me duele estoy segura que tiene que ver con la medula, porque noto…

–          Sabré yo lo que le pasa, señorita.

–          Es que me duele y creo que debe ser.

–          Aquí la que cree soy yo…

Silencio incómodo.

Vuelvo a intentar un par de veces más explicarme, siempre con mi suposición de coletilla, y tantas veces me ha ninguneado. O no ha dicho nada, literalmente feo, denunciable. Pero sí: estoy sensible y asustada. Pero a la tercera ha apretado el botón de cabreada… y por ahí no paso:

–          Mire bien, señorita, yo aquí soy la que no sé. Por eso vengo a Usted. Aquí a mi es a quien me duele, me molesta y sí, me asusta, ligeramente, el tema. Que ¿quizá sea un pedo o una almorrana? Puede. Pero usted, en vez de preocuparse si su melena está bien colocada o de que esta pobre ignorante le dé tanto la tabarra, le alargue la consulta o le invada su tiempo, debería preocuparse de encontrar el tono de voz justo que me haga sentir a gusto, en buenas manos, sensiblemente atendida y aplacando mis miedos sin hacerme sentir un gusanito con monstruos en mi cabeza. Porque no sé si recuerda que al fin y al cabo aquí la paciente soy yo. Su tiempo, poco o mucho, mientras esté en su consulta es mío. Y hacerme esperar, por gusto, es simplemente un gesto de mala educación. Y no es Usted un ejemplo representativo, porque he ido a otras consultas donde me han tratado con infinita más delicadeza, donde han comprendido mis tontos miedos. Y los han apartado con una sabia y honesta explicación. Con delicadeza y sin toda la soberbia que a usted le sobra. Espero que cuando salga de esta consulta su timbre, color y alegría varíen. Porque si no, la compadezco a Usted y a los que tienen el gusto de rodearla. Buenos días.

–          No, disculpe, creo que no nos hemos entendido. Si me permite, volveremos a empezar: buenos días, encantada de atenderla. Las molestias de las que me hablaba… ¿podría relatármelas para que pueda hacerme una idea a lo que podría ser debido?

Podría decir que está basada en hechos reales, pero… ya me gustaría.

Porque ninguna de las veces que me he sentido subestimada o ninguneada, he tenido la claridad de ideas para responder al momento. Lo veo 24 horas más tarde, fuera de situación. Ya tarde. Y la oyente ya no está.

Pero todo esto es lo que me dejé por decir y ahora puedo escribir.

Airosa

La suelta.