XIV. ELLOS. Su certeza. La causa de su risa.

Ana se siente débil, sin fuerzas. Se siente triste. Está adormilada. Apenas quedan restos de su brillo. Manchas de su magia. Abre los ojos le molesta la luz. Tiene la persiana bajada. Oye un bip.bip.bip constante y molesto. Se sitúa, está entubada, en una cama de hospital. Está sola. Más sola que nunca. Mira su brazo, esquelético, blanco y sin vida. Su mano quieta. Hace un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, le cuesta horrores.

Recuerda las palabras del médico: “te queda poco, no quiero aventurar tiempo. Quizás meses. No muchos. Deberás ser fuerte”

Y ¿cuándo no lo ha sido? Todas las veces que la vida se lo ha pedido.

Y no será menos esta vez.

Pero de golpe le busca con la mirada.

¿Dónde estará? Le necesita a su lado. Asiéndole la mano. Acariciándole la cara. Diciéndole que todo irá bien. Mintiéndole.

Se da cuenta que necesita tenerle cerca. Volver a sentir su carita de niño grande. Pues si él está a su lado todo irá bien. Podrá cerrar los ojos y dormir.

Podrá ser.

Apoya la cabeza, la ladea y piensa en él, en esas risas tontas a la orilla del mar. En ese dejar pasar las horas a su lado mientras el mundo en ellos no repara.

Él. Poco más.

Mario.

Y despierta. Sobresaltada. En su cama. En su casa.

Acaricia su barriga, su panza llena de vida. Está sudando.

Pocas veces las certezas vienen a despertarnos de madrugada, para demostrarnos hacia donde, o hacia donde no. Porqué o porqué no.

Y ahora recuerda la causa de su estado.

Se queda boca a arriba, embarazadísima, asustada, temblando. Sola.

Con los ojos abiertos. Y sabiendo que si algo le pasara a quien querría a su lado sería a Mario. Su certeza. La causa de su risa. El motivo de su dicha.

Pero también la explicación de su marcha. Es tan parecido a ella… no podía ser. Pero es.

Se gira en la cama. 3:30h. Se vuelve a tapar. Y tarda en dormir. Ve caer los minutos. Y en cada segundo él. Sus frases. Aquellos gestos oblicuos de amor incondicional. Ese cabreo que arrastraba con él mismo al saberse enamorado.

Y Ana cierra los ojos y rompe a llorar, amargamente, le quema, la despedaza.

¿por qué no pudo ser?

Y vuelven sus frases a mecerla, a enfriarla, a recordarle porqué marchó:

  • no temas, mi niña, me olvidarás, encontrarás a alguien que te trate como una reina. Como te mereces. No llores. Seca tus lágrimas. ¿No ves que somos iguales? nos haríamos daño. Y es lo último que quiero. Hacerte daño. Somos dos almas salvajes. Libres y desbocadas. Tú tienes muchos cuadritos por pintar, muchos corazones por romper, yo muchas olas por surfear. Vivamos la vida y guardemos esta historia en el mejor rincón de nuestra memoria. Y si me necesitas, sólo llámame.”
  • Tú no dejas que te quiera.
  • Ven aquí gordita. – La abraza. La estruja. La aprieta contra sí. La separa y le da un beso en la frente.

Ana sigue recordando… Pero le abrasa.

Las lágrimas corren por sus mejillas. Se las seca pero vuelven a brotar fruto de la amargura. Se siente triste, muy triste. Mira por la ventana y ve la luz del alba. Otro día. Otro amanecer… sin él. Mira su panza y sonríe. Le queda ese fruto de ese nosotros. Tan dulce. Tan suyo. Especial.

Hay motivo para alegrarse. Siempre vale la pena tirar para adelante. Piensa.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

XIII. ELLOS. No me gusta estar enamorado.

El despertador había sonado tres veces, Laura había salido a trompicones y dejado los niños en el colegio, tenía algunos mails por contestar y chorropotocientas cosas por hacer en casa. Pero antes necesitaba un café. Entró en el Rincón y buscó consciente a Mario, para hablar, reír o distraer sus grises pensamientos.

Buscó su cartera, pensaba que la hubiera perdido… en el último bolsillo del bolso estaba… la dejó sobre la barra.

Salió Mario de la cocina, la vio y sonrió.

  • ¿qué tal Laura? ¿Cómo está la mami más increíble del mundo mundial?
  • Tengo la cabeza llena de cosas que debo hacer sí o sí, esta mañana, o se cae el mundo.
  • Eso no es así. Y lo sabes.

Laura se lo quedó mirando, en realidad deleitándose de como un hombre cómo aquel secaba los vasos del lavavajillas… miró sus brazos fuertes y musculados mientras Mario atendía a otro cliente. Y al rato vino a su lado. Ya se tenían confianza… cierta amistad.

El roce hace al cariño.

  • Mario, ¿tu alguna vez te has enamorado? – le mataba la curiosidad a Laura-
  • No me gusta estar enamorado.
  • ¿Por qué? es muy bonito.
  • ¿Bonito? Te duele la barriga, no piensas bien, andas gilipollas todo el día. No das pie con bola y lo peor de todo es que lo más probable te hagan daño o lo hagas tú. No sé cuál de las dos opciones es peor.
  • No me has contestado. –Mario se la queda mirando y recordando a la vez. Le da una punzada el estómago, se le eriza la piel al recordarla.-
  • Laura, hace daño.
  • ¿por qué? ¿Quién es?
  • No sé nada de ella. Hace demasiado tiempo. Duele. La dejé. Y sé que le hice daño.
  • Y ¿por qué la dejaste? Para no hacerle más daño. No era un buen compañero de viaje. Era malo.
  • Tú no eres malo, Mario.
  • No quería que ella sufriera. Prefería que buscara su felicidad. Que encontrara lo que merecía.
  • Pero eso es una decisión de ella, ¿no crees?
  • Creo que no hacerle daño era una opción.

Se hizo un silencio cálido, se quedaron mirando a los ojos, Laura pensó en quien sería esa niña afortunada, quien sería la persona que había conseguido doblegar a ese lobo, quien había conseguido seducir a ese hombre… la imaginó impresionante y voluptuosa, generosa… pasó de seguir imaginando. Volvió a él.

Él levantó la mirada, se la quedó mirando, como esperando la siguiente pregunta.

  • ¿querrías volver a verla?
  • Creo que tengo miedo, no sabría qué decirle. Yo que no le tengo miedo a nada. Ella era mi todo.
  • ¿era o es? ¿aún la quieres? – Mario se quedó pensando, mirando a través de la ventana, miraba la vida y unos segundos después se giró hacia Laura y:
  • Siempre la querré. Nunca dejaré de quererla. Esté donde esté siempre podrá contar conmigo. Ella es ella. Lo demás ya no importa. Sólo entretengo la vida, porque sé que el amor de mi vida ya pasó de largo.
  • No, no tergiverses las cosas, Mario, tú la dejaste ir.
  • Yo no era suficiente para ella. Ella era demasiada mujer para mí. Era perfecta.
  • ¿Y? ¿qué problema hay? Búscala.
  • Quita, quita. Estoy bien así. Hablando contigo. Acabando a las 17.00. no me ralles la cabeza.
  • Eres un cobarde.
  • Eres una bocazas.
  • Y un rabioso.

Mario se levantó y se fue a preparar algo, a hacer ver que estaba muy liado. Ella se lo quedó mirando, con una punzada de envidia, de rabia. De rebeldía que nunca había tenido, sentido ni exigido en sus propias ambicionas. A ella la vida le había venido dada. No había luchado, peleado, discutido, cuestionado. Las cosas le habían venido así. Y ahora al escuchar la historia de Mario… sentía rabia. Rabia que un amor tan auténtico… se dejara pasar. Cogió su móvil, el bolso y se marchó.

Se olvidó de pagar.

Y se olvidó de la cartera que dejó encima de la barra.

Salía Laura a trompicones del bar. Mirando al suelo… y Mario desde el fondo de la barra, la vio salir… y vio la cartera. Se quedó quieto. No hizo ademán.

Así tendría la excusa para buscarla.

Y para llevarle la cartera.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

XII. ELLOS.  Mario hace una visita.

  • Hola yaya, ¿Cómo estás?

Mario entró sin llamar al timbre, vigoroso y alegre de encontrarla. La abuela estaba sentada en su rincón del sofá. Haciendo ganchillo. Llevaba las gafas apoyadas en la última curva de su nariz. Levantó la mirada, frunciendo el ceño.

  • Hombre!!! Mi chatito. ¿qué alegría de verte? ¿qué cuentas? ¿cómo estás? ¿quieres tomar algo?
  • Yaya, vengo a verte a ti. A que me cuentes tú. Yo nada especial. Como siempre. Currando. Poco más.
  • Y ¿qué sucede en ese bar? ¿Algo interesante?

La yaya está bebiéndose una infusión. En ese momento se atraganta y tose. Se encalla. Tose más fuerte y se pone roja. A Mario el miedo le atenaza. Pega un brinco de su silla. Se acerca a la Yaya, la incorpora le da golpecitos en la espalda.

En unas décimas de segundo ni un sonido. Ni un gemido. Ni una tos. Mirada en blanco. Mario deja de respirar y acto seguido ella inhala, tose y se recupera. Tose y se recoloca en el sofá. A Mario le ha dado un brinco el corazón. Por un instante ha sentido lo peor. Lo más frío, negro y silencioso. El mundo se ha puesto en pausa. Pero ahora respira aliviado. La mira preocupado. Su yaya. Lo más grande. La única mujer a la que quiere por encima de cualquier cosa. Más allá de él mismo. Ella ha sido su referente, su sostén, su apoyo, su calor. Lo ha sido todo. No quiere ni pensar en perderla. Se niega a ello. Ella es inmortal. Punto.

Ella recuperada, acalorada, pero bien. Se lo queda mirando cariñosa. Y suelta una carcajada.

  • No te preocupes por mí, nenito. Soy fuerte. Ya lo sabes.
  • Lo sé. Por eso me preocupo. Yaya. No soportaría que te pasara nada.
  • Bueno, algún día no estaré.
  • Sí.
  • Haz el favor de callar, yaya.
  • Pues ese día, deberás seguir adelante como si yo siguiera estando aquí. Porque yo seguiré mirándote donde quiera que esté. ¿lo has entendido, chatito?
  • Sí, yaya. Pero que no llegue nunca ese día. ¿de acuerdo?
  • Trato hecho. Y ahora cuéntame. ¿qué vienes a contarme? Que hace mucho que no vienes por aquí.
  • ¿Pues porque no te acercas algún día al bar donde estoy trabajando?
  • Puedo hacerlo. Sí. ¿Dónde es?
  • Bar el rincón. Encima del colegio.
  • Ah! Ya sé. ¿y a qué hora es buena pasarse?
  • Pásate por la mañana, prontito, que a mediodía se me llena el bar.
  • ¿Pero a esa hora no habrá mucho follón? ¿Con la salida de los nenes?
  • Te tendré reservado el mejor sitio. Al fondo de la barra. Al ladito mío y así te enseño, te cuento y te hago un chocolate calentito. ¿qué me dices?
  • ¡Ay! Eso es pecar. Chatito. Tengo el azúcar por las nubes… – se lo queda mirando con carita deseosa, imaginando ese chocolate, ese olor saliendo de la taza caliente… – pero por un día, no pasará nada, ¿verdad? Hace tanto que no me tomo uno. Tú sabes que después de la guerra el chocolate caliente era el lujo de la semana. ¿Los domingos por la mañana? – Mario había oído esa historia miles de veces. Y se le iluminaba la cara cada vez que la escuchaba, de leer en su yaya la emoción con la que la contaba. En este momento su mente había dejado de escucharla, se deleitaba mirándosela como una niña pequeña recordando su chocolate caliente. Le cogió la mano y la tapó con la otra. Y se la quedó mirando embelesado. No sabría qué haría cuando la vida le recordara que su yaya no era inmortal del todo. Pero ahora disfrutaba de su compañía más que de cualquier otra mujer. Bueno, de casi cualquier mujer.

Y se sorprendió a si mismo al recordar a la chica del pelo alborotado, loquita y rebelde reír a carcajadas por una payasada suya a la orilla del mar. La recuerda y una punzada de tristeza le encoge el pecho. Se le cae la mirada. ¿Por qué la dejó pasar? ¿Por qué no supo leer la oportunidad en aquella historia? Seguía adorándola como no había adorado a nadie. ¡Por Dios, su loquita!

  • ¿en quién estás pensando Mario? No me estás escuchando.
  • En…
  • ¿Sabes que ese “nada” siempre tiene nombre y apellidos y en tu caso lo más probable es que sea mujer? – él se sonrojó. Se sintió pillado. Sonrió y miró a su yaya. Los dos sabían que había algo. Algo inocente y bonito y como tal no podía ser nombrado. Porque Mario era mucho Mario. Y la yaya aparte de ser inmortal era sabia. Muy sabia. Porque cuando Mario iba, ella había ido y vuelto 100 veces. Y precisamente eso era lo que a Mario le hacía sentir bien con ella. Porque tenía la facultad de leerle el pensamiento. De adivinarle, entenderle, pero no descubrirle para no hacerle sentir mal.
  • Yaya, yaya. ¡qué haría yo sin ti!
  • ¡qué harás! No lo sé. Dime tú. – viendo que la conversación se le iba por derroteros que no le gustaban. Que volvía a angustiarse sobremanera…
  • Te espero en el bar, un día cualquiera de esta semana. ¿Vale?
  • Por supuesto. Un beso, chatito. No te vayas sin darme un beso.

Él ya en pie se agachó para besarla, ella lo agarró bien fuerte de la camiseta y le soltó tantos sonoros besos como pudo. Hasta achucharlo. Estrujarlo y rellenarle las mejillas de besucones. Como siempre.

Él se incorporó y se sintió aliviado. Aliviado de que su yaya siguiera como siempre. Sin cambiar ni un gramo la fuerza al estirarle de la camiseta; ni sin dar un beso de menos. No podría. Sería su tristeza. Su antesala.

  • Adiós, yaya. Cuídate mucho.
  • Tú también, chatito. Saluda a la nada de mi parte.
  • No, yaya. No está en mi vida.
  • Pues eso es un error que no te puedes permitir. Búscala. Y tráemela.

 

Sonrió Mario ante tanto romanticismo. ¿Encontrarla? ¿Cómo? ¿Dónde?

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

 

La Suelta.

XI. ELLOS. Hay personas locas.

La cuestión seguía rondándole y ese día lo tenía presente y estaba alerta.

Hoy quería preguntarle algo.

Hoy quería respuestas.

Habían quedado para desayunar.

Se sentó ella como si tal cosa.

  • ¿Dos besos?
  • ¡Por supuesto! – y se dejaron sendos besos en el borde de los labios. Despacio. Sin prisas. Ella se sentó y sonrió traviesa. Se lo miró, juguetona.
  • Ana, quiero preguntarte algo.
  • ¡Uy! ¡Qué serio te has puesto, bicho!
  • No, en serio. Debo hacerlo.

Ana se lo mira, cambia el rostro, se torna serio, reflexivo. Se serena y asume que algún día debe responder a todo.

  • ¿Quién es él?
  • ¿Quién es quién?
  • El papa de Anita.
  • Esa historia es muy larga Javi.
  • Tengo tiempo.
  • No tanto.
  • Me tienes que contar de dónde sale Anita. Me tienes que explicar quién es el padre ¿sabe que existe Anita?
  • El padre no sabe nada. Cuando lo dejamos yo ya estaba embarazada.

Pero no quise decírselo. No quise abrumarle

Sabía que no quería complicarse la vida

Hubiera sido un shock para él, pensaría que quería cazarle.

  • Pero ha de ser consciente de lo que se está perdiendo.

A lo mejor tomaría otra decisión. Otro camino

Quizás preferiría vivirlo.

  • Mira Javi, las personas nos dividimos entre personas atormentadas y personas enteras. Personas que arrastramos huecos y carencias. Melancólicas inestables. Como yo. Locas, soñadoras, deprimidas.

Y personas inquebrantables, estables, leales, valiosas, como tú.

Unas a otras no nos entendemos. Pero nos necesitamos.

Es mejor que caminemos de la mano.

Vuestra estabilidad coherencia y lealtad rellena nuestros huecos. Cura nuestras heridas.

Él es como yo.

Una persona llena de heridas. Sin capacidad de querer porque tampoco se quiere a sí mismo. Es una persona que huye, que sale corriendo ante las responsabilidades. No porque no pueda hacerles frente, sino porque le apura no cumplir, no dar la talla. Es cobarde. No permite que nadie le cuide.

Pero es un tesoro de persona.

  • ¿Tú quisiste cuidar de él?
  • Sí.
  • Y no te dejó.
  • Sí. Pero salió huyendo.

Estuvimos juntos apenas unos meses. Dulces. Intensos. Nuestros. Pero de mágico que fue, le dio miedo.

Él quiere ser eternamente joven. Es un peter pan.

Pero por un instante fue intenso, real, auténtico. En ese instante fue concebida Ana, Anita.

Ana es fruto de una certeza.

La noche que lo hicimos, yo lo deseaba rabiosamente. Deseaba que me dejara embarazada, porque sabía que a él no le alcanzaba, pero si me dejaba embarazada, tendría algo suyo para siempre. Cuando me abrazó, desnudos los dos, para mi ya era el éxtasis.

  • ¿Tú crees que cuidándole serás tú más feliz?
  • Si, lo fui. No quería perderle. Pero él no quiso y una mañana desperté y en la mesa de la cocina habia una nota.

“No puedo, Ana. Lo siento. Eres especial. No dejes que tu magia se apague por este pobre diablo.”

Cuando se fue supe que estaba embarazada. Y no quiero abortar. Quiero tener esta niña, mi niña.

  • Y ¿dónde está el?

¿Podemos hablar con él?

  • La vida no funciona así
  • Si yo fuera el, por cobarde o mierda que fuera, por mal que lo hubiera hecho querría saber la verdad. Querría tomar decisiones consecuentes, no a medias. Esa niña algún día te preguntara por su papá. ¿Qué le dirás entonces? ¿Que no le contaste la verdad, que su papá no sabe que existe?
  • Me hizo mucho daño yéndose, me dolió.

Me dejó sola. Así de repente.

Yo quería cuidar de él. Hacerle feliz.

  • Pero a lo mejor es más feliz sin ti.

Eso no quita que esa criatura sea de los dos

Ana se quedó pensando, no sabía qué pasaría si volvía a verle. Si cruzaba de nuevo una mirada con aquellos ojos. Pero en el fondo Javi tenía razón, debía contárselo.

  • ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?
  • Se llama Mario. No sé dónde vive. Solo sé dónde vive su abuela. Y tengo su número de móvil. Nada más.

Mario.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

X. ELLOS. Javi andaba en mute.

X. Javi andaba mute 2Javi andaba en mute, a solas con sus pensamientos. Trabajaba absorto. Vivía en un mundo paralelo. Hacía las cosas mecánicamente. No se concentraba, toda su mente la invadía Ana; todo Ana lo inundaba. Y él lo permitía. El mundo gritaba, exigía y él dejaba volar su mente hasta la última frase, hasta aquel aroma, aquella risa contagiosa. Y sonreía para sus adentros. Ana era única, especial, diferente. Podía captar la atención de quien la rodeara, hombre o mujer, joven o viejo. Tenía magia y con su magia ahora le hacía sentir especial a él. Escogido. Diferente. De nuevo.

Aunque supiera que no era cierto. Aun sabiendo que había algo que debía aclarar, resolver, preguntar. Le gustaba esa sensación. Era adictiva.

Se sentaba delante del ordenador y tecleaba mecánicamente los pedidos, respondía los mails, pero su mente paraba a cada coma, se detenía en cada reglón. Y volvía aquella tonta caricia que ella había dejado caer después del café. Aquella respuesta dulce pero traviesa que le había dado. Y le buscaba la interpretación. La giraba. Para acto seguido sacudir su conciencia los pensamientos y reanudar sus deberes.

Aquel jueves, Javi había quedado con Ana y como siempre que tenía que verla, estaba nervioso, no tenía por qué. Pero lo estaba. Qué pensaría de lo que se había puesto. Qué le parecería la camisa. Y cuando ella aparecía se le disipaba la angustia, el ansia. Se relajaba y se olvidaba literalmente del mundo que le rodeaba.

Era como si una inundación de paz, silencio y sentido inundara su existencia.

Él llevaba todo el día pensando en lo que debía preguntarle, pero al verla, pensó: ¿qué es eso que me recomía y debía preguntarle!? No sé, no recuerdo. Está tan guapa, tan divertida, tan ocurrente. Tan ella… no debía ser importante.

Ella enlazaba una ocurrencia con una anécdota, una travesura, con una trastada, una idea con un chiste, sin parar de hablar, de gesticular y de comérselo con los ojos. Él se dejaba. Permitía, escuchaba y se deleitaba.

Ella calló. Terminó su retórica y se le quedó mirando. Giró la cabeza y sonrío.

Y él dijo como escusándose, como justificándose para sí: “es que eres adorable, ¡por Dios!”

Ella parecía saberlo. Le invitó a tomarse la última cerveza, en casa. “Sin alcohol, mi niña” “por supuesto”

Los minutos cayeron, transformándose en horas. No es que no tuviera que irse. Es que no quería. A su lado se sentía niño, vivo. Especial. Ella se acurrucó en el sofá. El tímidamente cogió una manta y la abrigó, se acurrucó tras de ella.

Yacieron abrazados largo rato. Tenía que irse…
Javi la abrazaba por detrás, la cogía y hundía su cabeza entre sus cabellos, alborotados, hechos un lío como ella, con ese olor que le embriagaba.
Silencio.
Un momento que se hizo eterno.
Entonces Ana preguntó;
– ¿Tú me quieres?
– Yo siempre te he querido.
– ¿Hasta dónde?
– Hasta el final.

Y volvió el silencio.
Ninguno de los dos se quería separar, ninguno quería desvanecer ese momento. Llevarse la magia.
Pero finalmente Javi se incorporó besó su frente y se la quedó mirando.
– ¿Qué voy a hacer contigo?
– Quererme.

Asintió y sonrió
Se levantó, buscó su cartera y su móvil.

– Me tengo que ir.
– Lo sé.
Dos besos. Él miraba al suelo, ella a ninguna parte.
Esa soledad elegida pero mal llevada la descolocaba, la trastocaba.

Se cerró la puerta detrás de Javi, se oyó su coche arrancar y permanecer ahí, parecía que le costara irse.
Imaginaciones suyas.

Al fin se oyó irse el coche
Ana se incorporó, se frotó los ojos en un gesto tonto, intentaba recuperar la frescura, apartar la densidad que se apoderaba de sus pensamientos, de sus decisiones, quitarle hierro… Al asunto. A ¿qué asunto? Al meollo que era su vida. Parecía que le molaran los embrollos.
Pero no sabía vivir la vida como los demás sin sobresaltos, sin emoción, sin riesgo.
Ella tenía que sentir. Sentir cada brisa, cada palabra. A veces tenía que encerrarse en casa de lo acusada que tenía la sensibilidad.
En esos momentos la soledad era la única amable compañera, la única que toleraba.
Se lavó los dientes, hizo un pipi, se puso el pijama, se metió en la cama, se arrebujó debajo del edredón y escribió un “gracias” “no me las des, trasto” respondió Javi.

Javi, aún en el coche, se acordó de lo que durante todo el día había estado pensando en  preguntarle a Ana:

Quería saber quién era el padre de Anita.  El próximo día no se olvidaría.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

IX. ELLOS. Ana piensa…

Le pica la tripa, se la rasca todo el tiempo. Se le han hinchado los pechos. Tiene una sensibilidad extrema. Le encantan los donuts de chocolate, cuando nunca los había comido. Duerme como un lirón a horas sospechosas. Está más cachonda de lo habitual. Ríe a carcajadas hasta el infinito por una simple y tonta broma, con una risa arrebatadora y dulce. Llora por una respuesta airosa y se ilusiona hasta la lágrima por una simple ilusión, el más fugaz pensamiento.

Todo le parece maravilloso. Está embarazada.

A veces siente miedo. Pero sabe que Javi está allí para ayudarla.

Hasta un punto no sabe si juega con sus sentimientos. No sabe si es su mente la que juega con ella misma. Ella misma es dos Anas. La que le dice “la vida no es así.” Y la que le engaña y le hace creer que todo es maravilloso. Que todo irá bien.

No sabe en qué punto del camino se equivocó, giró y tropezó. Pero ahora está allí y hay que tirar para adelante. Todo lo demás son puras reflexiones, dudas e hipótesis que le llevan a ninguna parte.

¿De qué sirve pensar “¿qué hubiera pasado aquella noche si no hubiera hecho lo que hizo. Si hubiera tomado medidas.”?

Qué hubiera pasado si… es vacío. Inútil. Inservible. No sirve de nada. No le lleva a ningún lugar. Más que a un pasado irreal que no puede cambiar el presente.

Su futuro es incierto. Pero su pasado es nítido. Real y presente. Sus sentimientos serán exagerados o mayorizados. Pero son.

El pasado es inamovible. Y debía ser dueña de su recorrido. De sus pasos y consecuente con sus decisiones. Y había decidido tomar aquel camino.

Pasara lo que pasase. Hubiera quien hubiese.

Su vida era suya. Eso estaba claro. Sus vivencias eran suyas. Y sus fallos también serían suyos. Debía de asumir sus caídas porque serían fruto de sus lecciones.

De qué servía la vida si no la vivía. Si se quedaba en el bordillo para no sufrir. Si algo la hería era porque había vivido tan intensamente que no la había dejado indiferente.

Y ahora había decidido tener a aquella criatura. Aquel bebe que se abría paso a golpe de intensos latidos. Con sus primeras pataditas en forma de burbujitas que subían desde el bajovientre. Apenas apreciables hasta última hora del día cuando yacía cansada en el sofá, sola o acompañada de Javi a ratitos.

Y entonces le venía Javi al pensamiento y se le hacía un nudo en el estómago. En el estómago por el deseo de abrazarle. Impulso incuestionable. Causa dudosa.

Le inspiraba ternura. Le hacía pensar. No la agobiaba. La cuidaba. Y la protegía. Pero ¿por qué nunca le había tenido en cuenta? ¿Por qué nunca le deseó? Y por qué ahora sí.

Había una respuesta que le rondaba en su otra Ana, perversa, cruel y fría. La que miraba todo desde la lectura de la desconfianza. Le chivaba la respuesta en forma de susurro. Y a la Ana presente, a la cálida, romántica y sensiblona, como no le gustaba directamente la apartaba de su mente para no tomar medidas al respecto.

Y la Ana fría volvía a hablar: “le necesitas, te estás aprovechando de su bondad, le estás utilizando, no le quieres, simplemente tienes una necesidad. Un hueco. Una carencia. Y él te la suple, rellena y soluciona. Tú no estás enamorada de él. Y lo sabes.”

Ana ignoraba ese pensamiento. Y en un intento de respuesta se preguntaba: “¿y por qué le deseo con tantas fuerzas?”

Y Ana fría respondía: “porque es prohibido”

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

VIII. ELLOS.  MARIO ES ROJO.

Cada persona somos un color. Somos una sensación. Una vibración. Una frecuencia. Somos una pulsión. Un tono. Un timbre. Cada uno tenemos el nuestro.

Hay personas que todo lo aclaran. Suavizan. Son blanco.

Otras que todo lo tiñen. Son tóxicas. Todo es negativo. En caída. Son negro.

Otros que siempre alegran, colorean. Son amarillo.

Mario era rojo. Era pura pasión, era fuerza. Era impulso. Era vitalidad. Mario era pura vida. Intenso. No dejaba indiferente. Tenía magnetismo. Era misterioso. No tenía cultura. Pero sabía más de la vida que nadie. Te veía venir. Te daba la vuelta y te mostraba tu peor versión. Para salir el siempre ventajoso y victorioso. No lo hacía por maldad, para hacer daño, lo hacía por un afán de competir innato, de salir él indemne. Sin cultura. Todo lo veía. De nadie se fiaba. Era fuerza bruta. Física y psicológica. No lo alcanzabas y con sus ojitos almendrados iba ganándose al público femenino. Con su agudeza psicológica se salía de los peores fregaos y así iba sorteando la vida. En el bíceps un tatuaje enigmático de una serpiente. Bonito. Truculento y hasta femenino. Y esa melenita de cabellos quemados por el sol. Con una piel suave y bronceada que transformaba al golfo en traviesa y apetitosa criatura.

Se creía que podía con todo y si no podía, caía o fallaba, siempre había una explicación, un porqué, argumento. Su autoestima intacta. Sabía salirse. No tenía ambición. No quería hacer grandes cosas. Sólo vivir. Vivir lo mejor posible sin preocupaciones. Sólo sentía adoración por una persona: su abuela. Lo demás, anécdotas sin importancia. Circunstancias de la vida. Vínculos prescindibles. O eso pretendía, pues tuvo un amor no tan lejano, a pocas personas confesado. Un amor que de tan intenso pretendía borrarlo por pura molestia. Un amor no previsto. Auténtico. Inoportuno. Limpio y puro. Un amor como sólo puedes sentir una vez. Lo dejó en la parte trasera de su existencia para que no le descolocara su fachada.

Y ahora le tocaba estar allí poniendo cafés. Acababa a las 17.00. Y después. No sabía, había quedado con Juan. ¿Y mañana? Dios diría. Sin plan. Donde le llevará el viento.

Hoy, ahora y aquí. Aquella muñequita al final de la barra. Aquella pava listilla, con pinta de pija, sabionda y culturilla. Hacía días que la tenía clichada. Debía ser una de esas mamis que llevan a los niños en el colegio de en frente. Y llevaba días que le chuleaba y tonteaba. Pues se iba a enterar. Las iba a pasar canutas… le iba a dar la vuelta y ponerla en evidencia.

Hoy había venido más tarde que de costumbre, era casi la hora de comer. Raro en ella.

Laura se había puesto a leer el periódico al final de la barra. Lo tenía abierto por la página de deportes, esa que nunca leía.

Y en ese instante entra un borracho al bar. La camisa desabrochada. Pelo sucio. Pero con aires de grandeza. Una grandeza subjetiva que sólo da el alcohol. Entra y con pinta de depravado se queda mirando a Laura, se sienta al lado de ella y pide un whisky. Se la mira divertido.

Mario lo ha visto venir desde el minuto cero. Sabe lo que va a suceder. Es de barrio.

Ella se incomoda. Pero no osa moverse. No va a salir corriendo. ¡Que tiene una edad! Pero el borracho se la queda mirando con un descaro y una mirada asquerosa. Quiere desaparecer. Desea evaporarse. Pero respira y pasa página del periódico.

  • ¿Te estás leyendo los deportes monada? ¿Ya sabes cómo se juega al fútbol? Cuando quieras te enseño. – espeta, deduce y ofrece el borracho. A un palmo de Laura, ella puede oler su aliento a alcohol. –

Ella no contesta. De hecho no sabe qué contestar. Se queda helada. Fría. Nunca hubiera imaginado…

  • Como vuelvas a mirártela… O dirigirle la palabra, desearás no haber nacido. ¿lo has entendido? – la voz grave, viril y protectora es de Mario. Se ha acercado a dos palmos del borracho. Suena contundente y con una autoridad incuestionable.-
  • ¡¡Qué mal humor mi niño!! Ni que hubiera hecho nada malo. ¡Anda ponme la cuenta que me largo!
  • Mejor será.

Habían pasado 5 minutos desde que se fuera dando tumbos el borracho.

Cuando Laura susurra:

  • Cóbrame. Por favor.
  • 1€ 20
  • Muchas gracias.
  • ¿Por qué?
  • Ya sabes.
  • Yo no sé nada.

Se lo queda mirando. ¿¡Qué niñato violento y adorable es aquel!?

  • Tu sí sabes. Gracias y hasta mañana.

Mario se queda mirando ese caminar torpe de niña pija. Tiene un buen culo. Porqué será que le ha salido de dentro defenderla. Tendría que haberla dejado vérselas con ese gilipollas.

No podía. Sencilla y simplemente no podía. Debía defenderla.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

VII. ELLOS.  Ponme un cortado.

Lunes.

Laura estaba triste, apagada, acababa de dejar los nenes en el cole. Miró de soslayo su blusa de seda manchada de colacao. Respira. “No te desesperes Laura, ahora pasas por casa y te cambias la camisa. Sí, pero ¿Cuál? Es importante la imagen.” Llegaba tarde. Pero le daba tiempo a un café.

Se acerca al bar de la esquina. Bar el Rincón. Buen nombre para un bar.

Se acerca a la barra y el nuevo camarero atribulado intenta encontrar los azucarillos, poner un cortado y calentar la leche. Ella se lo queda mirando, estaba tristona, pero verle le distrae. Tiene los hombros anchos, camiseta de tirantes que siempre ha odiado. Ojitos almendrados color miel. Sonrisa pícara. Con sabor a irresistible. ¡Qué divertido ver a un bombonazo equivocarse! Se ríe a carcajadas, con unas carcajadas en desuso, con una risa olvidada. Es el tercer cortado que debe tirar.

Mario se la mira asombrado, aquella pava de camisa blanca con una mancha en el hombro, pelo recogido se está riendo de él… ahora a la que pueda… se encarga de ella. Cuarto cortado hecho un carajo. “¡me cago en todos mis muertos!” pensó.

Jijijijiji. Se oyó a Laura de nuevo.

  • Oye, guapa. ¡Me estás hinchando los cojones! Como no pares de reír así voy a tener que girarte la cara. – qué tierno se le hizo a Laura, juraría que hasta se medio reía enfadado.
  • ¡hay que verlo!. – responde Laura sorprendida de sus propias palabras. Ella nunca hubiera dicho eso. ¿qué pensará de ella?

Martes.

  • Perdón, me pones un cortado de los tuyos. – le susurra atrevida Laura desde la esquina de la barra. –

Misma camiseta de tirantes. Mismos hombros interminables. Misma sonrisa pícara. Juraría que había metido barriga al mirársela. Sería imaginación suya.

Mario se gira, reconoce la voz. Se le ensancha la sonrisa. Y la ignora.

Ella contrariada se lo queda mirando atónita. Pasan dos minutos. Y se acerca Mario altivo y con aire de perdona vidas.

  • Perdona, ¿qué me has pedido? ¿Un cortado? ¿Lo quieres Premium o de Luxe? Porque una ricura como tú seguro que tiene sus manías.
  • Corto de leche. Con dos de azúcar.
  • ¿Qué hace una cosita como tu perdida a estas horas? – su tono seductor le suena ridículo a Laura, su evidencia al seducirle le hace perder encanto. Pero hay algo en él que la divierte. Cuando se lo cuente a Javi se meará de la risa. No le atrae lo más mínimo, pero le resulta familiar, cercano, auténtico. Le aporta una brisa de frescura en tanta negrura. –

Miércoles.

Laura evita entrar en el bar Rincón. No vaya a ser que Mario mal piense.

Jueves.

Laura duda pero entra en el Bar Rincón. Coge un periódico. Se hace la despistada. Mario la ve disimular. Disimula fatal. Espera a ver cuánto tarda en pedir su cortado. Pasan 10 minutos. Mario le deja en el borde de la barra su cortado corto de leche con dos de azúcar. Ella sonríe. Toma su cortado. Y él le acerca la cuenta con una nota escrita al borde: “sonríe. Estás más bonita.” A ella se le tiñen las mejillas, le queman. Se le eriza la piel. Se quiere morir de vergüenza. Pero no puede evitar sonreír. Levanta la mirada. Y lo ve al fondo de la barra a Mario esperando su sonrisa. Y asentir con la cabeza. Y con los labios decirle: “así, mucho mejor”

La sonrisa es intensa, roja y brillante en la carita de Laura. Una sonrisa en desuso. Olvidada. Que sabe a gloria.

Viernes.

Nada más despedir a los nenes en el cole Laura corre al bar el rincón. Y busca a Mario con la mirada. Ella está más alegre que nunca. Mario no está. Hoy no ha venido le dice el dueño del bar. Con sonrisa socarrona.

Pide un cortado. Lo toma lo paga y se va. Apagada. Triste. Contrariada. Enfadada y sin ganas.

Y preguntándose porqué diantres está ofuscada. Se recrimina. Se culpabiliza. Aparta de un guantazo tanta tontería mental y vuelve a su vida.

En realidad de quien tiene ganas es de Javi, su Javi, pero Javi está ausente… hace días.

 

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

VI. ELLOS. pum.pum pum.pum

Pumpum pumpum pumpum…

Se oía latir con fuerza tan minúsculo corazón, empujar con ritmo, arrancarle una sonrisa y hasta la lagrimita a su emocionada mamá. Se oía rítmico, sin dudas, con fuerzas.

Javi seguía asombrado, miraba maravillado a Ana, su valentía, su aplomo. Pero sobre todas las cosas su emoción, su pasión. Su intensidad. ¡Esa sonrisa que aunque quisiera negarlo, seguía encandilándolo! Esa Ana, traviesa y suya. Que le seguía secuestrando el corazón y algo más.

Lo negaría toda la vida.

Seguiría diciendo que ella no era buena opción.

Pero sólo lo decía porque ella no sentía lo que tenía que sentir y eso no era cuestión de cabeza sino de corazón.

Ella le cogía fuertemente de la mano. Se lo miraba con los ojos inundados en lágrimas. Maravillada y agradecida.

“¿Hasta dónde le llevaría esta locura?” Pensó.

 

Hacía tres meses desde que le hubiera dicho en aquel café que estaba embarazada. Ahora estaba aquí acompañándola, ya estaba gordita, cambiada.

 

-¿Cómo se llamará? pregunto el médico

-¿Sabemos qué es? -Pregunto Ana.-

-Sí, una niña.

-Se llamará como su mamá: Ana. -Contestó contundente Javi. –

Los dos se miraron aturdidos.

Ella le apretó la mano y él le devolvió el apretón con más fuerza.

Él tenía tantas ganas de verle la carita a esa criatura que el miedo acarició su espalda.

Volvieron a casa en silencio. Él la llevó en coche hasta su casa. En el trayecto algún semáforo en rojo. Silencio. Y ella se giraba sigilosa a mirarlo. Su carita era la más dulce descripción de la felicidad. Sólo sentía éxtasis. Se lo miraba agradecía. Javi en un gesto de respuesta le acarició la cara. “mi niña bonita”.

 

  • Muchas gracias, Javi. No tienes porqué hacer todo esto. Pero para mí es una ayuda incontestable. Inmensa. No sabré nunca cómo agradecértelo. Nunca podré pagártelo. No sabría a quién pedir ayuda. Nadie podría estar haciendo esto por mí…
  • ¡Quieres hacer el favor de callar y dejar de decir tonterías! La mejor forma de pagármelo es cuidar de esa pequeña Ana, de la mejor manera que sepas. Con esa sensibilidad que sólo tú tienes. Con tu alegría y tus principios. Y si alguna vez te falta algo no dudar ni un segundo en pedírmelo. Todo lo demás son escusas vagas y agradecimientos vacíos. Entre nosotros sobran las palabras. ¿no crees, mi niña? -ante ese discurso, ¿qué decir? Nada. Sentirse más agradecida, de tener ese amigo. Ese trozo de cielo.
  • Sí, Javi. Así lo haré.

 

Él puso la mano en el cambio de marchas. Y ella apoyó la suya sigilosa sobre la de Javi. Ella no hizo el gesto de quitarla y él no movió ni un dedo. Sólo se le erizó discretamente la piel.

Puso el intermitente, giró a la derecha y al final de la calle paró delante del portal de puerta de madera verde, descuajeringada, con tirador oxidado, un apartamento en planta baja suficiente para Ana, escaso para dos Anas.

 

  • ¿Entras a tomar algo? ¿tienes prisa? – preguntó coqueta e irresistible Ana, a pesar de su pancita, seguía siendo Ana, a los ojos de Javi irresistible e inalcanzable, para él era imposible negarle nada. Estaba a su merced. Así se sentía. Pero se impuso Javi. La mente, el deber:
  • No, no puedo. Lo siento. Otro día. – mintió Javi.-

Se hizo un silencio. Se heló el ambiente. A ella le sentó aquel no a rechazo justificado, a respuesta necesaria pero amarga.

  • Lo entiendo. Claro. Buenas noches. Te veo.
  • Cuídate, mi niña. – dijo Javi cuando Ana ya había cerrado la puerta, cuando el sonido de las palabras quedaban sólo para él, cuando la explicación ya sobraba. Había dicho No a Ana, pero si entraba, con los sentimientos a flor de piel, no era dueño de lo que sucediera. No podía cagarla. Intentó no pensar, arrancó el coche y volvió a casa.

 

Chequeó su móvil. Mensaje de Laura:  “los niños ya duermen. No corras. Me voy a dormir. Te quiero tesoro.”

 

Volvió a casa con la mirada perdida.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

V. ELLOS. Quería volver a reír.

El negro era más negro.

El gris se hacía más gris.

Los colores no los distinguía.

Y la música ya no sonaba.

La vida pasó a ser en mute.

No tenía fuerzas.

No sentía alegría.

Sólo una pena tan honda como el océano

Tan intensa como el llanto de un bebé.

No encontraba las ganas de levantarse por la mañana.

Las noches se despedazaban en trocitos, en cachitos de angustia. En insomnio.

No sabía porqué.

Quería volver a reír,

Volver a saltar, cantar y hasta llorar de emoción.

Llenarse de algo. Lo que fuera.

Estaba vacía y buscaba el motivo a tientas. Aullaba por dentro, fingía por fuera.

Seguía el mismo ritual cada mañana. Misma hora, pitaba el despertador y le arrancaba de la cama sin motivación

Ducha. Café. Llanto de un crío. Queja del mayor. Cereales erróneos. Cola cao derramado. Mesa sucia.

Ella arreglada con su mejor camisa para la entrevista de trabajo a las 10:00.

Arrastra al peque a cambiarse, llora desconsolado. Se abraza a su mama, le mancha la camisa. Ella suspira. Piensa que no tiene más camisas limpias, o no tan elegantes como aquella, le consuela, le besa. Se calma el niño, al segundo sonríe. Ya no es nada. Sólo el suelo de la cocina con colacao, ella con una mancha en el hombro… Los niños ríen y a ella la llenan.

 

Ring. Llamada necesaria.

Piensa. Coordina. Resuelve.

 

Le sigue faltando el aire.

Bocadillos. Mochilas. Abrigos.

¡Rápido! ¡No llegamos!

¡Nos cierran!

Salen los niños se hacen la zancadilla. Se tropiezan. Enfadan. Gritan. Les falta la mochila al mayor, el abrigo al pequeño.

No ha respondido correctamente a esa llamada, piensa, mientras chilla: ¡mochiiilas!

Suena el teléfono:

  • Señorita Hernandez le llamamos par una entrevista de trabajo.

¡¡¡¡¡Mama!!!!!!!!!!!! ¡¡¡¡¡Dani me ha pegado!!!!!

  • Sí, soy yo. ¿Para qué oferta me está llamando?

¡¡¡¡Buaaaaaah!!!

  • Veo que la pillo en mal momento, la llamo más tarde si le va bien.
  • Me haría usted un favor muy grande-mira la pantalla: numero oculto, se lo repiensa. Quizás no sea tan buena idea.- bueno mejor si me dice usted donde debería presentarme. Pipipipi ya habían colgado. Sentimiento de rabia, impotencia. No la volverán a llamar.

Colleja al niño inmerecida, injusta, desproporcionada.

El niño se queja, se la mira ofendido. La entiende. ¡Mas no consiente!

Ella le abraza: “lo siento bebé, no ha sido por ti.”

Él la abraza más fuerte, coge con sus bracitos su cuello con fuerza, apreta y susurra en su oido: “yo hasta el infinito, mamá.”

Ella piensa: “me está doblando los pendientes de hojalata, pero… ¡qué tierno!”

Él se separa y la mira orgulloso, de sí mismo. De su mamá.

Coge su mochila y levanta a Dani del suelo.

  • Vamos Dani, que si no queremos que mama explote hemos de ir al colé.

Ella se derrite de ternura, de puro cariño. De deliciosa ricura. Como ha podido hacer ella a esos dos bombonazos.

Todas las madres deben pensar que sus hijos son lo más grande del mundo. ¡¡¡Pero en su caso es verdad!!! ¡¡¡Jajajaja! ¡Que absurdo se le antoja su propio orgullo!

Suena el teléfono.

Lo coge más tarde. Se queda mirando cómo se van al cole de la manita.

Sus tesoros, sus bombones. Esas cositas hechas personas que se quieren con una locura infinita con torpes gestos.

Ring ring.

Mira el teléfono, número oculto.

  • Señorita Hernández. Querríamos citarla para una entrevista de trabajo.

A veces no todo son malas noticias. Laura sonríe aliviada. Necesita un café.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La  Suelta.