IV. ELLOS. ¿Qué haces bicho?

Domingo. 16:15 H. Bip.bip.bip.

JAVI:

Q haces bicho?

 

ANA:

Estaba durmiendo

 

Ups!

 

No t preocupes

 

Te han dado hora para la eco?

 

Sí, NOS han dado hora! Martes 10.00

Te hace ilu?

 

Pues sí. Mucha. Poder estar

 

Tengo mucho sueño

 

Es normal

Debes descansar

 

No va conmigo

Yo soy activa

 

No m digas! No lo sabía!

 

Trasto!

 

Dime

Tengo miedo

 

Xq?

Hay monstruos en tu habitación?

No t dejan dormir?

Vengo a hablarles de ti?

Se irán corriendo!

 

Noooo!

Bicho!

Tengo miedo a q todo salga bien

 

Saldrá

 

Cómo lo sabes?

 

 Yo lo sé todo

 

Ya…

 

Veo el futuro

 

Jajajaja.

Pues dime: niño o niña?

 

Clarísimamente una niña

Dulce y ácida como su madre

Con el pelo lacio y negro como tú

Parlanchina y con ideas de bombero

Alguna pregunta más?

 

para!!!! q me meo!

 

Y ahora t da x culo todo lo q tu m has dado x culo a mi!

 

Ah! Si????

Con q esas llevamos…

 

Hombre! No t pienses q t voy a decir tus lindeces!

Q m tienes frito!

 

No lo consigues!!!

 

El q?

 

Enfadarme!

 

No lo pretendía!

 

Pues q pretendes?

 

Hacert reír y olvidar…

 lo gooorda q t vas a poner!!!

Jajajaja!

 

Eres un ser despreciable!!!!

 

Xq?

X hacerte reír en una tediosa tarde

de domingo!

 

Nooo!

X cuidar d mi cuando menos me lo merezco.

X intentar ser duro y no conseguirlo.

X estar ahí a pesar de todo.

 

Quieres dejar de decir tantas tonterías!!!

M aburres!

 

Despreciable!

M apetece un helado d chocolate de 4 bolas!!!

 

Ves!!! Gorda. Bueno… gordita.

Pero adorable!

 

Ahora t mataría

 

Pero whatsapp aún no da esa posibilidad

 

Con una pistola

 

Mejor mátame de otra manera…

no?

 

Cómo?

 

Dímelo tú?

Q eres la q tiene la cabeza rellenita de grandes ideas…..

 

Se me ocurre una pero no la puedo llevar a cabo contigo…

 

Xq?

 

Ya lo sabes

 

Uf. No t sigo.

 

Lo sé.

Nunca lo has hecho!

 

Asquerosa!

 

Lo sé.

 

T hundiría en la bañera!!!!

 

Eres incapaz d hacerm daño

 

Grrrrr!

 

Q haces mañana?

Un café?

 

M lo tengo q pensar

 

A las 16.00 donde siempre

 

No sé si podré estar

 

Y cómo s q yo sí lo sé…????

 

Xq eres bruja!

Con escoba y d las malas!!

 

No sé xq m quieres tanto…

 

Yo tampoco lo sé…

 

No m lo merezco

 

Ya empezamos a decir tonterías

T veo mañana!

 

Ves como sí puedes!!!!

 

Grrrrrr!

T odio!!

 

Adiós bicho!

 

Cuídate trasto!

 

Se apagó la lucecita del móvil.

Se desconectó.

Y él volvió a la tele con dibujos animados.

Ella siguió echada en la cama.

Cada uno en el otro.

Y ninguno donde debía.

Él quiso adelantar las horas hasta el día siguiente.

Ella cerró los ojos sonriendo.

 

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

III. ELLOS. Laura lo tenía todo ordenado.

Laura siempre supo lo que tenía que hacer, siempre hizo lo correcto, nunca hizo nada de lo que arrepentirse. Siempre fue de la mano de la responsabilidad, del deber, de lo correcto.

Hizo carrera. Viajó. Aprendió idiomas. Empezó a trabajar, conoció a Javi, buen chico, trabajador, honesto y amigo. Alguien en quien podía confiar. Guapote.

Se colgó de él desde el minuto cero. No dudó. Lo tuvo claro.

La certeza se llamaba Javi.

Javi sólo se había enamorado locamente de una compañera de la universidad con la que no tuvo nada.

Se hicieron novios. Él le pidió para casar a la orilla del mar. Se casaron y se fueron a vivir juntos a un piso cerca de los padres de Laura. Tuvieron dos hijos. Ella hubiera tenido un tercero. Pero él dijo hasta aquí. Todo según el guión.

 

Ningún sobresalto, todo acordado, convenido, sereno, medido, equilibrado.

Los niños dentro del horario infantil, escrupulosos en la educación.

Javi trabajaba de comercial y muchos días llegaba tarde, por cenas con clientes.

Lo mejor de ella se lo llevaban los niños y lo mejor de él se lo quedaban los clientes.

Y ellos quedaban siempre para el mañana.

 

Laura entornaba los dedos en su media melena castaña y colocada. Se detenía en la punta del mechón hecho girones. Volteaba.

Su ceño fruncido. Su mirada perdida a través de la ventana. Hacia el cielo. Hacia la nada más negra.

Miraba sin ver.

Sabía sin saber.

Quería leer «nosotros» pero las letras ya no se sostenían. No se tenían en pie. Cada día debía recolocar alguna en la repisa de la entrada al lado de su foto de casados, aquella donde la ilusión se enmarca pura y suya. Ahora ajena.

Esperaba el final del día.

De cada día repetido, uno tras otro, detrás del colegio de los niños, después del parque, un poco más tarde del bañito de los nenes o al final de la cena.

Esperaba el final del día para sostener su cachito de cariño adquirido, por derecho, por contrato.

Pues al final del día aparecía Javi, cansado de trabajar, siempre, hastiado con el mundo, ¡cómo no! Abatido por el Jefe, las no ventas. Y él ayudaba en lo que podía. Como podía.

Ayudaba con buena intención pero con represalias siempre.

Laura le esperaba, coloreada de cansancio, harta de soledad. Con hastío. A su manera. Pero siempre le esperaba con un anhelo descolocado.

 

A Laura la crisis la dejó sin trabajo, llegó el segundo niño y se acabó quedando en casa. Con niños, con carrera, preparando bocadillos y poniendo lavadoras. Y esperando al final del día un trocito de cariño recordado, pero en desuso. De antaño pero gastado.

Los embarazos le dejaron los kilos y las estrías, los niños las ojeras y los gritos grapados a su manera de hablar.

Y en su tormento confundía a Javi con otro hijo. Con una quinta parte de besos. Con la misma ración de gritos.

Javi lo entendía todo, el desazón, el hastío, la impotencia, su nuevo sentimiento de dependencia de saberse útil y sentirse inútil a la vez.

Le echaba de menos durante el día pero estaba demasiado cansada para hacérselo ver al final del día.

 

Pero en esa última semana los gritos provenían de él. La mirada de él estaba perdida. Ausente. Y el nosotros había perdido todas y cada una de las letras.

Y durante la cena por primera vez Javi gritó a los niños.

Laura supo que algo pasaba.

 

Y al tumbarse en la cama, menos rígida y más tierna preguntó:

  • ¿Hay algo que quieras contarme?.
  • Sí.
  • Ana me ha pedido que la ayude y voy a hacerlo.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

II.ELLOS. Ana llevaba a Javi en su corazón.

Ana siempre vio venir a Javi, le miraba de soslayo, desde el rincón de su perspicacia, su agudeza. Le veía venir y le encantaba. Le dejaba cuidarla haciéndose la despistada. Le quería con el corazón, le adoraba con la cabeza y a ratitos con el estómago, ése que despierta el deseo. Observaba su torpe manera de preguntarle si estaba ocupada la silla de al lado en clase. O si le importaba dejarle una goma, cuando podía ver cómo le salía la suya del estuche.

Pero cuando la desarmaba era cuando con cara gris de apatía en medio de la noche se tropezaba con ella al fondo del bar y le iluminaba la cara una ancha sonrisa, de felicidad, de puro gozo de encontrarla.

Le tenía. Lo sabía.

Y le hacía trastadas, una tras otra, para medir hasta qué punto la cuidaba, se hacia la borracha, conducía mal, le daba sustos sobre su integridad. Él siempre estuvo allí.

Nunca le falló.

Ella rogaba al cielo de él enamorarse, pedía sentir, quería desear; aquel chico estaba dispuesto a bajarle la luna, a dejársela a los pies de la cama y no despertarla en mitad de la noche. El podría cuidar de ella, ahuyentaría los demonios y calmaría a sus diablos. Mirar esos ojos intensos, alegres de mirarla, le transmitía paz.

Pero los sentimientos no se encargan, no se piden a la carta, no se programan. No puedes pedirlos por catálogo, ni se hacen a medida.

Los sentimientos te invaden o no.

Te visten a no.

Te llevan o no.

Son.

Lo triste es que ella no quería estar con quien le bajara la luna. Ella quería matar por quien ella estuviera dispuesta a bajarle la luna. Diferente. Masoca. Rebelde.

Y a todo esto Javi siempre estaba allí.

Hasta que le perdió la pista.

 

Siempre le acompañaba en su corazón en su cachito dulce de memoria que guardaba para él, el único caballero que siempre la respetó, el único hombre que había dormido con ella sin tocarla más allá de la palabra respeto.

Guardándose el deseo para él si ella no daba pie. Y nunca le dio.

 

Recordaba aquel día al borde de la madrugada, cuando borracha pero no tanto, loquita pero con vista, le pidió que durmiera con ella, el aceptó, se le abrió el cielo.

A él la imaginación le escribió un cuento.

Y en la cama yacieron abrazados esperando el alba. Ella no paro de acariciarlo, tocarlo en el borde del cariño. Para provocarlo. Allí donde la lujuria se asoma al respeto y le pide paso.

Pero el respeto no le deja. Y se marcha llorona.

Javi aguantó porque la creía indefensa y borracha, gamberra pero suya. En ese alba: el más dulce de sus madrugadas. Se durmieron abrazados.

Él le besó la frente y le olió la piel. Esa piel tan peculiar. Con ese olor personal.

De ella. Ahora suya.

 

Javi solía ser el último pensamiento al encender la luz y el primero al encenderla, aunque hubiera quedado en el espejo retrovisor de su vida.

Cerraba los ojos y allí estaba él descubriéndola al fondo del bar.

Alegrándose. Alborotándose, de ver a su niña, bruja y especial.

Y ese simple gesto de su memoria le reconfortaba.

 

Y ahora años después volvía a necesitar de él.

Le necesitaba más de lo que nunca hubiera imaginado.

 

Llegó al punto de encuentro y ahí lo vio esperando, frotándose las manos, inquieto. Mirando el reloj. Se giró, miró por la calle equivocada. Ella sin pensarlo se le echó a la espalda, le tapó los ojos. Se ríe.

¿Quién soy?

Él adivina: «¡mi trasto!» Nadie más la había llamado así.

Era una sensación como de volver a casa.

 

Se giró él, con ansia.

Le buscó la mirada ella, con miedo.

 

A él el rostro se le iluminó de pura dicha.

A ella La Paz le rellenó el alma como a un chucho de crema. ¡Qué alegría la desborda!

Podrían apagar el mundo mañana y ella dormiría en paz de saber que él seguía mirándola como cuando tenía pelo…

¡Qué ternura de mirada!

Se quedaron mirando un segundo.

Sus labios se elevaron y una gran sonrisa de dicha les iluminó el rostro.

Un abrazo intenso y suyo rubricó la bienvenida. Intenso largo. Hasta donde los pies de ella dejaban de tocar el suelo y la balanceaba a lado y lado. «¡mi niña!». Suspiró…

 

  • ¿Hace mucho que esperas?
  • Una eternidad.

Ellos.

 

Y a la cuenta. Al pago.

Ella le dijo:

  • ¿Te puedo pedir un favor?
  • Por supuesto.
  • Es un favor muy peculiar.
  • Dime.
  • Estoy embarazada.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

I. ELLOS. Javi siempre quiso a Ana.

Javi siempre quiso a Ana, siempre. Siempre estuvo enamorado de ella. Le gustaba su pelo alborotado y mal peinado; le gustaba su risa contagiosa y ruidosa, le encantaban sus ojos traviesos y vivarachos, le gustaba esa forma peculiar y torpe de moverse. No podía remediarlo: la quería. Sentía que debía protegerla. Podía intentar ignorarla pero el amor era más fuerte que su voluntad. No podía evitar alborotarse al verla entrar en clase. Sentarse mientras se le caía el lapicero, descolocaba la silla y tiraba algo a su paso. Esa sonrisa dulce y encantadora le desarmaba. Se consolaba con ser su mejor amigo, el mejor amigo entre los amigos. Se quedaba con su último trocito de espalda a la hora de la siesta, se conformaba con el más dulce de los besos en la esquina de los labios. Y fingía no importarle. Hacía ver que ella no iba con él. Él pensaba tontamente que ella no advertía sus miradas, su disposición incondicional, su abrazo intenso. Su suspiro ahogado al despedirse.

Mas ella, traviesa y gamberra, dulce y suya, se le quedaba mirando de soslayo cuando el trasluz le permitía y sabiéndolo suyo sonreía. Desarmándolo aún más si pudiera.

Ana miraba a Javi como a un hermano.

Javi miraba a Ana como a un ángel, una diosa, un imposible que al imaginársela suya sonreía de puro deleite.

Moriría mañana si esa noche hubiera podido hacerla suya.

 

La quería, o quizás sólo la deseaba, la quería o sentía la necesidad de cuidar de ella, no sabía, fuera como fuera siempre la quiso. Aunque se casara con Laura. Con Laura conoció La Paz, la serenidad, el gozo, la dicha, incluso el amor. Sintió abrazar la felicidad.

Incluso tuvo dos hijos. La vida era sosiego.

Laura siempre supo la historia de Ana. Siempre conoció aquel amor imposible que Javi guardaba con cariño en el último cajón de su adolescencia.

 

Ana había quedado en aquellas historias de universidad, historias de aquel entonces.

Y un día Javi recibe un Whatsapp:

“Javi, soy Ana. ¿Haces un café conmigo? Mañana a las 20:00. Si no puedes no probl.”

Javi consulta su agenda. Tiene un compromiso ineludible. Un cliente. Un proyecto por cerrar. Pero se le hace un nudo decirle a Ana que no puede verla. Que no pudiera deshacer el tiempo, desoír al destino. En una esquina de su monotonía.

Deshace la reunión, postpone encuentros. Queda mal. Pero queda con Ana.

No pretende nada. No busca nada. Ni espera nada.

Pero el corazón se le desboca. Se le forma un nudo en la garganta en la espera.

La recuerda. Ya no será, se dice.

Y de pie esperando está cuando dos manos le tapan los ojos. ¿Quién soy? susurra traviesa en la esquina de su oreja. Ese perfume de limón le trae a porrazos el pasado. Inhala. Le coge las manos. Hace ver que la está reconociendo. Pero en realidad la está acariciando como siempre hizo en el pasado, en su memoria y mucho más allá en su imaginación…

Le coge las manos y adivina: ¡mi trasto!

 

¡Lo has adivinado bicho! ¡No has cambiado nada!! Se le abraza, lo empuja, se le tira al cuello. ¡Como un perrito alborotado y feliz de encontrarle! Él la levanta del suelo.

A él el corazón se le desboca.

Ella está igual: irresistible, con el pelo hecho un desastre, la mitad inquieta y la sonrisa más traviesa que pudiera encontrar: ¡su niña!

 

El café da paso a una cerveza.

La tarde abraza un atardecer lento. Y este al inicio de la noche…

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

Volveré.

Y aquí me encuentras, te encuentro, me lees, me desnudo.

Nos miramos y nos perdemos.

En esta esquina de tu tiempo, me descubres, te permito.

Te cuento mentiras, verdades y secretos.

Te preguntas cuánto hay de cierto. Donde acaba la suelta y empiezo yo.

Te explico mis pensamientos y transcribo los tuyos.

Te sorprende. Y hasta te gusta.

 

Me dejas a medias. Me lees y marchas.

Esperas una frase y te respondo con otra.

Recupero tu osadía y desnudo tu misterio.

Interpreto una mirada, pero nunca adivino el futuro.

Espero tenerte en mi mañana.

Que el destino me cite en el guión de tu vida.

 

Desando mi pasado para entender el presente.

Me gusta coger la miseria y mirarla de frente.

Porque todos somos míseros. Porque todos somos humanos.

Porque la debilidad nos vence, la rutina nos apelmaza.

Y en una brisa literaria te arranco la vergüenza,

Le saco la lengua a la pereza.

Y beso lujuriosamente al pecado. O él a mi. Nunca lo supe.

 

Me gusta leer tu mirada, esa que aquí es mía.

Me encanta transcribírtela.

Desnudarte con mis letras. O con mis manos si me dejas.

Pero no me permitas mucho más.

Pues eres mi debilidad.

 

No dejes de leerme,

Sé que me esperas.

Me voy, te dejo.

Pero volveré.

En Septiembre para pensarte.

Ahora descansa, duerme, no pienses.

Y si piensas, que sea en mi.

 

Vuestra.

Tu Suelta.

Al final del andén.

Día.1.

La mujer de mirada triste, pelo canoso, entrada en años, exuberante aunque apagada, alcanzaba la estación de tren cada mañana a las 8.42. Sus labios antes deliciosos, hacía tiempo que no dibujaban una sonrisa.

Cada mañana salía de su casa, con el bolso colgado del hombro, arrastrando la obligatoriedad en cada paso. Nada le llenaba, no tenía alegría.

8.45 andén del tren, coincidió en la espera con un señor canoso, de mirada inquieta, con el brío en sus andares, con una mirada serena que al verla sonrío, sin porqué, de puro gozo.

A la mujer de mirada triste le dio un brote el corazón, se le alborotó el alma y le quemaron las mejillas; esbozó una sonrisa en desuso, se llevó la mano al bolso y bajó la mirada al suelo.

Él se la quedó mirando. Orgulloso. De su poder emocionar a alguien con una simple, gratuita, fácil y sincera sonrisa. Se la quedó mirando. Hasta la llegada del tren.

Se perdieron de vista.

 

Día.2.

La mujer de mirada no tan triste, entrada en años, exuberante, alcanzaba la estación a las 8.42. Miraba en el andén, buscaba. No sabía el qué.

Y al final del andén, allí estaba él con el periódico en la mano. Dudó si acercarse. Pensó: “pensará mal…” ¿y qué? Fue dando unos pasos. Hasta que él divisó una presencia. Alzó la mirada y la vio radiante.

Se alegró, sonrió y se la quedó mirando serenamente a la cara. A esos ojos de mirada no tan triste.

Ella se sonrojó, sonrió como una colegiala. Se agarró fuertemente al bolso y se giró nerviosa, inquieta, vergonzosa y pavorosa. Llegó el tren. Subió y desapareció entre la gente.

Él decidió no seguirla.

 

Día. 3.

La mujer exuberante, con labios deliciosos finamente perfilados, alcanzaba la estación esa mañana a las 8.40 esperaba en el andén, entre la gente, para no ser vista.

Le vio acercarse al último banco y coger el periódico. Se lo quedó mirando, sin ser vista. Le gustaba. Debía rondar los 50, tenía el pelo canoso, con porte interesante, mirada inquieta, ojos claros, rostro sereno. Alto y muy bien conservado. Podríamos decir que era atractivo. Se lo miró con detalle intentando encontrar aquel detalle que te echa para atrás. No lo encontraba. Le gustaba. En el fondo quisiera que no le gustara, pues no le alcanzaba, pero le atraía.

Y poco a poco fue aproximándose. Hasta que él detectó su presencia. Alzó la mirada y la vio, la reconoció y se iluminó su mirada, como cuando se encienden las luces en mitad de la noche, le transmitió vida, energía, deseo. Era muchas cosas a la vez. Y por primera vez en mucho tiempo, sin haber cruzado una palabra, se sentía guapa. Inmensa. No sabía el porqué.

Sensación de gozo molesta, incontrolable. Le hacía sentirse susceptible. Pero ¡qué delicia!

No sabía si decirle algo. Si acercarse o quedarse entre la multitud. Dudó.

Se le encogía el corazón de vergüenza al pensar en empezar una conversación. Esperó su tren y subió al vagón. No miró atrás. Simplemente subió. Se sentía ridícula con el brillo en sus labios.

Tiró de su bolso. Miró al suelo ¿qué perdía? Nada. Sólo saludarle. Se quedó de pie al lado de la puerta y en el último minuto entró él. Se le encogió el corazón. Le quemaban las mejillas. Se le quedó mirando.

Él al verla sonrió, se alegró de encontrársela. Le gustó el encuentro. Se quedó de pie frente a ella, no existía el mundo. Sólo esa mirada. La de ella. La de él. El resto… humo.

El tren arrancó. Inició la marcha, ella se cogía fuertemente a la barra y al bolso con la otra, le sudaban las manos. La vergüenza la invadía. La timidez la atenazaba. La ilusión la desbordaba. El deseo la coloreaba.

Él era la serenidad y la alegría. Se la miraba con gozo. Veía sus labios pintados, su ligero cambio. Ese brillo en la mirada. Era una mujer atractiva. Más atractiva de lo que ella quería creer, más bonita de lo que le habían hecho pensar. Mucho más de lo que su autoestima había valorado. Atisbaba la vergüenza en sus mejillas. Se le antojaba delicada y dulce ¡qué ganas de cogerla! De achucharla y llevársela a dormir una siesta, a cerrarle los ojos y que no se abrieran hasta comerse el mundo.

No podía.

Llevaban tres paradas no habían cruzado una palabra, a él le quedaba una parada. Se la quedó mirando:

  • Me llamo Alberto. Nos vemos. Cuídate. – Ella se quedó escuchando, Alberto. Pensó. Silencio.-

Y supo que debía responder.

  • Yo… María. Encantada.

Alberto bajó del tren, no sin antes girarse, acercarse al oído de María y susurrarle: “¡estás muy guapa!”. Y desapareció entre la gente.

A ella el resto del día le supo a miel. Nadie pudo borrar esa sonrisa de su cara.

 

Día.4.

María exuberante, inmensa y feliz salía de su casa con paso decidido, llevaba los labios ligeramente pintados, el pelo arreglado y teñido, con una camisa de generoso escote. No había quien le hiciera sombra aquella mañana. Estaba radiante. No sabía por qué o quizás sí.

A las 8.40 alcanzaba la estación de tren. Se encaminó al último banco del andén y esperó. 8.42 no veía a Alberto, esperó.

Llegó su tren y ni rastro de Alberto. Decidió perderlo, llegar tarde por un día en su vida, pero volver a ver a Alberto. Se saltó su propia rutina, invirtió su costumbre, su hábito, su modus operandi, por verle. Y se sentó en su banco.

Llegó el siguiente tren y no había llegado Alberto.

Bueno, algo le habrá pasado. Subió al tren y se fue a trabajar. Con penita. Aún inmensa. Igual de guapa. Pero con el corazón encogido.

Alberto nunca más apareció. De Alberto nunca más se supo.

Pero a María nadie la volvió a deshinchar, su autoestima bebió de ese momento por mucho tiempo y su vida se coloreó de ardientes colores, alegres músicas. María decidió levantar la mirada, mirar pa’lante. Pintarse los labios y no dejar de sonreír.

Se arreglaba para Alberto, aunque nunca más le viese. Se vestía para ese instante en que oyó en la esquina de su sonrisa. “¡Estás muy guapa!”

Ese instante le alimentó durante muchos días, semanas. E invirtió su modo de caminar, de levantarse y de mirar.

 

 

Esa María son muchas Marías, que pueden tropezarse con muchos Albertos, que la alegría está en la mirada, no en las cosas que suceden. Que Albertos hay muchos y Marías más. Que vales mucho la pena si te miras al espejo y simplemente te dices: ¡estás muy guapa! Pero sobre todo. Si te lo crees.

 

Rabiosa

 

La Suelta.

Las casas y sus rincones.

Las personas somos como las casas, desde fuera sólo se advierte la fachada, las ventanas, la apariencia, el color; por dentro diferentes estancias, con entradas principales y algunas con entradas de servicio.

Con lugares para relajarse, tranquilos; otros para los amigos, bulliciosos.

Con halles y comedores para los compromisos y cocinas para la familia.

También tenemos trasteros, con trastos inútiles, viejos muebles con viejos recuerdos. Álbumes de fotos con recuerdos llenos de nostalgia, melancolía o inquietud.

 

Algunas casas tienen imponentes jardines de bienvenida pero cuando entras en su espectacular apariencia están vacías por dentro. No hay sustancia, no hay esencia. No hay historia, ni explicación alguna.

Otras en cambio pueden tener una triste entrada con hierbajos y mal cuidada en apariencia pero cuando consigues atravesar sus espinas, suciedad y desaliño, cuando indagas cómo entrar y encuentras el camino a su jardín privado te descubren el más dulce de los rincones, las más delicadas flores, los espacios más entrañables acogedores y agradables de cuantos hayas estado. Te hacen sentir bien.

Acogida. Cuidada. Mimada.

Por un instante te sientes privilegiada de haber sido invitada. Elegida.

 

Pues las personas como las casas, no le abrimos la puerta a cualquiera, no dejamos entrar a la primera de cambio. Hay personas selectivas que les cuesta mucho abrir sus puertas a desconocidos. Y hay que trabajar, esperar y convencer para que te dejen entrar en algunos recovecos de intimidad.

Pues no a todo el mundo abrimos todas las ventanas. Ni siquiera las mismas ventanas.

Al jefe le mostraremos aquello que queramos que vea de nosotros.

A la familia le abriremos otras ventanas.

Con los amigos nos mostraremos de otra manera y serán otras ventanas o puertas las que abriremos.

A nuestra pareja le guardaremos el más delicioso de los espacios.

 

Pero hay rincones de nuestra personalidad, de nuestros miedos e ilusiones que no le mostraremos a nadie. Y aquella persona, especial, que consigue entrar, que encuentra para tu sorpresa, sin permiso, la manera de ignorar tu sucia entrada, de no dudar entre las puertas que debía abrir, de dirigirse derecha y firme hacia el rincón del armario que esconde un paso secreto que ni tu conocías y accede al jardín de tus secretos más desconocidos y maravillosos.

Esa persona.

Sencillamente no quieres que se marche.

No puedes dejarla ir.

 

Esa persona ha olido tu olor, se ha sentado en tu preciado sofá y ha sorbido tu esencia.

No puede entrar y salir.

Bendices que encontrara el camino, que utilizara esa íntima estancia tuya.

Que abriera las ventanas, que descorriera las cortinas, que entrara la luz y el aire fresco.

 

Es curioso que haya personas que se queden con la simple apariencia de una entrada descuidada, de un jardín de acceso lleno de espinas. Dentro puede esconder pequeñas maravillas.

 

Vale la pena al entrar en ciertas casas, preguntarte donde estará el sofá delicado y tierno, de mullidos cojines. De cómodo asiento. Reservado para ti. Esperando tu llegada.

Todas las personas guardan un recoveco de dulzura, un gramo de simpatía, un kilo de bondad, toneladas de cariño dispuesto a compartirlo. Con el invitado adecuado.

 

¿Eres tú ese invitado?

 

Metafórica.

 

La Suelta.

 

Historias cotidianas.

Hacía días que Javi arrastraba agobio, hastío. Mala leche. Y no sabía muy bien el porqué. A media mañana le dijo a Ana que iba a dar una vuelta. Tenía que ir a la ferretería un momento. Ella asintió con la cabeza. Pensaba que no les faltaba nada. No entendió y a la vez lo entendía todo. Y le vio irse inquieto con prisas.

  • Javi, trae pan del bueno. Alguna cosa rica que encuentres. ¿Vale?

Él asintió sin mirarla. Ella leyó en él esa necesidad de coger aire, de marcharse. Esa necesidad de salir. Y volvió a entrar en casa.

Javi entró en la cafetería del día anterior, buscó con la mirada a la camarera. Se miraron y sonrieron. Él ya sabía. Empezó a contar. “1, 2, 3 … 7.”

  • ¿Qué deseas?
  • Un cortado, por favor. – se quedaron mirando. Sonriendo. Dejando fluir los segundos. A ella le gustaba. Pensó Javi. –

Intercambiaron tres frases, tópicas. Incluso sus nombres en un diálogo previsible pero divertido. Él quería comprobar que le atraía. La camarera se marchó a servir a otro cliente. Él se quedó mirándola. Y en ese instante en que Javi empezó a imaginársela desnuda. En ese segundo en el que su mente le desabrochaba el sujetador y la colocaba en la cama… su mente le trajo a Ana. Su mirada se fue al infinito. Se quedó en blanco y su hambre despertó de Ana, le vinieron a la mente sus tórridos momentos compartidos, su complicidad, ese deseo hambriento el uno del otro al acercarse, ese erizarse al sentirse rozado por ella. Esa mirada pícara de su muñeca. Ese anticipar lo que él deseaba incluso antes que sí mismo. Ese deseo. Sencillo. Limpio y suyo.

Volvió a la tierra, endulzó su cortado, buscó a la camarera y la miró. Ana no tenía nada que envidiarle. Y la camarera se le antojaba previsible y vacía. Ana era un mundo llena de recovecos que aún tenía que explorar. Y sintió hambre. Hambre de ella, ganas de besarla. Y contarle… el qué. Nada. Que la deseaba. Como el primer día.

Volvió a casa un par de horas más tarde. Con las manos en los bolsillos.

Ana le vio entrar, ni rastro de la ferretería. Ni rastro del pan. Le miró y leyó en su mirada las ganas, la alegría de encontrarla, el ansia de comérsela. Se le revolvió el alma. Se le llenó el estómago de felicidad.

Silenció el “¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho?” y soltó:

  • ¿Sabes qué he estado pensando, cariño? He pensado que podríamos abrir un agujero en el techo de nuestra habitación, poner un vidrio y así de noche veríamos las estrellas. Y con suerte veríamos la Luna. ¿a qué es una gran idea?

Y ¿sabes qué?

  • Te cuento algo.- empezó él.-
  • ¡No! – suplicó Ana. Temiéndose alguna reflexión trascendental.- lo mío es más interesante.
  • ¡Ah! ¿Sí!? ¿Estás segura?- ¿cómo es que esa niñata le seguía pareciendo adorable. Con todo su descaro? Se la quedó mirando como gesticulaba con las manos, los brazos, señalando las supuestas estrellas, repartiendo el espacio. Llevaba unos shorts y una camiseta holgada de tirantes. No llevaba sujetador. Y el pelo alborotado en una coleta.
  • Sí, es más interesante lo mío. Si conseguimos… – seguía ella-

Él dejó de escucharla. A pesar de saber ella que esa mañana se había marchado de casa con agobio, de su vida, incluso de ella. Había vuelto con ganas de comérsela. Y esa manera de ser, que conseguía leerle el pensamiento sin destaparlo. La convertía en “su niña”.

¿Cómo había podido pensar siquiera en fallarle?

Mientras, ella seguía hablando. Se acercó él mirando la tira de la camiseta. Con un dedo lo metió debajo y la deslizó por su hombro, dejó al descubierto su pezón. Ella se lo miró traviesa, divertida pero sin parar de hablar. Gesticulaba, pero no movió el brazo, para no subir la camiseta. Él la miró a los ojos y sus miradas se entendieron.

Se aproximó al pezón, lo besó, lo chupó y lo apretó firmemente con los labios. Con toda la fuerza que pudo hacer. Sabía lo que generaba en ella. Le excitaba directamente el clítoris, cual corriente nerviosa con comunicación directa con ese crucial e íntima parte de su cuerpo. Ella calló, levantó la cabeza al techo. Soltó un gemido y se cogió al cuello de Javi. Él siguió masajeando fuertemente el pezón. Sabía lo que estaba provocando y ella se lo estaba permitiendo. La giró ligeramente sin dejar de chuparle el pezón y con su mano derecha le acarició la tripa, el ombligo y bajó. Le acarició dulcemente la pelvis y siguió bajando. Con un dedo notó su cálida humedad. Su disposición y su calor.

Él estaba. Pero ella estaba más. Molestaba la ropa, temblaban las piernas. Pararon y se miraron ansiosos de placer. Sonrieron con la más gamberra de las miradas. Él la levantó en brazos y la sentó en la mesa, le abrió las piernas. La cogió de debajo de las rodillas y se la acercó con fuerza, con rabia. Con ganas. Muchas ganas. Ella se tumbó, se dejó hacer, alargó los brazos. Era suya. Enteramente. Y la penetró. Al principio muy despacio. La miró a los ojos. En cada embestida, la corriente de placer le arqueaba la espalda. La traía y llevaba. Las mentes en blanco. Puro éxtasis. Levantó sus piernas, se las apoyó en sus hombros. Y masajeó su clítoris. Ella se dejaba hacer en sus sabias manos.

Y paró. Silencio. Una mirada. Ya sabían. La cogió en volandas y la llevó a la cama. Se colocaron de la manera más tierna que sabían, sin mediar palabra y el orgasmo se los llevó de la mano en un subir y bajar paralelo e intenso. El grito ahogado del otro en la esquina de la oreja. Jadearon, el aliento descolocaba su melena, se abrazaron y llegó el silencio. El dulce silencio. Qué parada deliciosa. Se acurrucaron ella de lado y él por detrás la abrazó, le besó el cuello. Le apartó el pelo. Y quiso que ese momento no se acabara nunca. No se desdibujara. No se difuminara.

Las cosas se acaban, pero no por ello dejan de existir. Los sentimientos evolucionarán, pero este ahora. Era suyo.

¡Qué a gusto se estaba entre esos brazos!

 

Imaginativa.

La Suelta.

Mi tesoro.

Eres mi tesoro, mi mundo, mi vida…

Me abriste en canal las entrañas,

asomándote al mundo en mí.

Me llenaste de vida.

Experiencia brutal.

Me abraza la magia.

Te comería a besos. Eternamente.

Y no puedo dejar de mirarte.

 

Tu olor a ternura me embriaga.

Tu suavidad me derrite.

Me subyace.

Tu indefensión me alerta.

Me despierta.

Tu llanto me desarma.

Y no puedo dejar de mirarte.

 

Tocar tu carita de ángel.

Coger tus minúsculos dedos.

Que se pare el tiempo.

Esto es la eternidad.

Mi éxtasis. El cielo.

Y no puedo dejar de mirarte.

 

El dolor ya no duele.

La angustia se borró cual tiza de la pizarra.

Se recuerda, mas ya no duele.

Quedas tú. Ser indefenso.

Ternura indescriptible con olor a paz.

Dependiente de mi piel.

Orgasmo de sentimientos.

Emborrachada como estoy.

Que apaguen las luces.

Por mi la vida ya es.

Concentrada en un segundo.

Y no puedo dejar de mirarte

 

Que nadie ose acercarse. Llevarte.

Que muero. Mato. No soy.

Aparto la imaginación. El miedo.

Se me encoge el alma.

Y te abrazo. Te miro.

Te beso. Te beso.

Y el tiempo no tiene medida.

Quizá inmensidad.

Sólo tú, yo y el alba.

Acariciando tu rostro.

Tu piel de melocotón.

Te molesta la luz.

Abres un ojo, me miras sin ver.

Y no puedo dejar de mirarte.

 

Me deshago. Me fundo. No existe el tiempo.

Líquido insalvable.

Sólo tú. Y quizás yo.

¿Qué más da mi vida si tú no estás en ella?

 

Te necesito. Qué osadía. Qué miedo.

Cuanta ternura. Qué palabra.

Y me quedaré aquí mirándote.

 

Tuya

La Suelta.

 

Mi pequeño homenaje a la maternidad.

Por el día de la Madre.

Prométemelo.

– Prométeme que serás feliz sin mí.

– Te lo prometo.

– Prométeme que vendrás a buscarme si quieres estar conmigo.

– Te lo prometo. Pero esta historia debe acabarse aquí, princesa.

– No quiero. ¿Por qué? yo te quiero.

– No puede ser. Tu vida está aquí. Tu trabajo está aquí. No puedes dejarlo. Eres lo más.Y mi vida está allí. A 7.000km, a 8 horas de avión, a medio día de vuelo, a un imposible de distancia.

– No hay imposibles. Hay falta de creatividad. Vengo contigo.

– No debes, mi niña. No tires tu vida por mí, encontrarás a alguien que te adore, que te mime como mereces, encontrarás la felicidad. Tú vales mucho.

– Mi felicidad se irá contigo, te llevarás mi magia, mi risa. Sólo te quiero a ti.

– No me digas eso. No cambies, tesoro. Confía en ti. Cree en ti.

– ¡¡Tú no lo entiendes!! Yo mataría por ti.

– ¿Qué quieres decir?

– Que mataría por ti. –acariciándole la cara, la mejilla, como si en ese gesto pudiera retener un cachito de él para ella sola-

– Ha sido una historia bonita. No quiero verte llorar. Me rompes. Haría lo que fuera por no verte llorar.

– Quédate conmigo.

– No puede ser. Nuestras vidas están a una distancia insalvable.

– No hay nada que el amor no pueda cambiar.

– No es así, solete. No es así. La vida no es color de rosa.

 

Su mirada se inundó de tristeza. Él la abrazó fuertemente, ella quiso que la vida se cerrara. Nada tendría sentido. El mundo ponía el stop. Le dolía el pecho. El la abrazó más fuerte. Le besó la frente.

Y la miró a los ojos. Sus ojos mojados de tristeza, de impotencia. Por no saber desviar al destino de rumbo, menguar la distancia. Cambiar un sentido.

– No tiembles, no tengas miedo, eres fuerte. Podrás con esto. Tu vida cambiará, mejorará. Serás feliz sin mí. Tienes motivos. Tu trabajo. Tus amigos.

– Pero no estarás TÚ conmigo.

Y se para el tiempo, se hiela. Se contiene, teme tan solo avanzar, para no separarlos, para poder mantenerlos cerca.

– ¿Me recordarás?

– Yo nunca te olvidaré, no deberé recordarte. Siempre te llevaré conmigo. Te estaré esperando. Siempre.

Eres mi certeza más intensa y más inoportuna.

– Yo la guardaré en mi corazón.

Los minutos no pasaron, cayeron.

El tiempo no avanzó, la tristeza se hizo gris y el mundo quedó en silencio. Ya no giraba, ya no reía.

El abrazo descorrió el amanecer.

Y llegó ese momento en que él tuvo que marchar, tenía que coger un avión, rumbo al deber. A ninguna parte. Y en el rellano de la puerta. Le rogó:

– Sonríeme, no me digas adiós con lágrimas en los ojos. Ha sido la historia de amor más bonita que he vivido.

– Yo no desharía ni uno sólo de mis pasos. Te esperaré siempre, amor.

Y cerró la puerta.

 

Triste.

La suelta.