Mi Super Plus Premium Inox.

Me encargan un trabajo urgente para entregar en dos días, pillo la gripe, me baja la regla y en ese justo, preciso y oportuno día. Se muere la nevera. Certifico que existen las manos negras. La vida a veces se vuelve mierdosa. Simplemente.

Le pido a mi chico que vaya él. Que elija él una nevera, que no me haga perder el tiempo. Que no me encuentro bien y encima no quiero perder toda una tarde en ir a buscar un electrodoméstico.

Además de que tenemos la peculiar diferencia que yo compraría el objeto más caro y chulo de la lista, sin mirar el precio y él el más económico, práctico y funcional. Él sí consultando precios. Por suerte somos complementarios. Porque dos como yo seríamos la bomba, no sé en qué sentido…

En fin. Que siendo tan diferentes me dice que he de ir, que no compra una nevera sin mi opinión… ok. Voy. A regañadientes. Lo reconozco.

Estamos en la sección de frigoríficos y la chica, muy amable, solícita y encantadora, nos explica las bonanzas de los diferentes modelos, marcas… yo ya voy con una idea fija, he visto la Súper Plus Premium Inox… la he visto y no le quito ojo. Mi chico empieza por lo obvio: el AA+ más barato, «¿Qué te parece?»  “no me gusta nada!” respondo seca.

He de reconocer que una nevera es una nevera, cuadrada, con un asa, mayoritariamente blanca y que refrigera la comida. Pero cuando te llevan en contra de tu voluntad a comprar aunque sea un elemento indispensable para el día a día… tus prioridades suben enteros exponencialmente.

Y ahí estoy yo delante de la Super Plus Premium… accede, solícito, consultamos el precio: “no, princesa, esta no toca. Por nada del mundo toca esta.”

Hago morros, me enfurruño, casi me cruzo de brazos, cual niñata consentida. Y me dice que ok al super plus Premium, pero no el inox. Lo compramos en blanco.

Le digo: – ¡si compramos el inox, me haces feliz!

  • No, no toca. – aquí mi mente vuela: ¿qué es lo que no toca? ¿hacerme feliz?-
  • Pues entonces tendrás 15 años de morros de la niña.
  • No toca y punto.

Mi interior dice: “¡AH! OK!…………..”

Acabamos comprando el blanco. Lo encarga, nos lo entregan en dos días.

Me voy a casa, no contenta, mucho menos satisfecha, con la inmensa sensación de haber perdido mi valioso tiempo para comprar una nevera blanca que va a estar en la cocina de casa todo su tiempo útil recordándome que no era a ella a quien quise. Que me enamoré de su hermana no de ella. No sé si podré soportarlo. Es que es mucho tiempo…

Para eso, yo me pregunto. ¿No podría haber ido él?

Birrita con amigas, para airear. ¡¡No podría haber cogido la inox… no!!!

Y una suelta: «pues vas y la cambias.»

La idea suena en tu cabeza, como una locura, como un “me va a matar” en el fondo me da igual. Y ¿qué si se enfada? ¿Qué pasa? La próxima vez irá él. ¿No?

Al día siguiente. Cojo la factura y me planto en la tienda de neveras. Busco a la chica, me ve llegar. Me pone cara de alucinada, de flipada. De ¿qué pasó?

  • Vengo a cambiar la nevera. Quiero la Inox. Él no sabe que estoy aquí. – su cara es un poema, se queda parada, dubitativa, temerosa. ¡¡Es buenísima, la situación!!!
  • ¿No se enfadará?
  • Y ¿qué pasa si enfada? – sus ojos se abren más si cabe. Está realmente flipando conmigo. ¿Qué pasa que nadie se repiensa la compra de un electrodoméstico y del grado de felicidad, frustración que la compra de un bien material tan voluminoso puede retornarle a lo largo de su vida útil? ¿Por qué pensamos que Apple vende tanto? No es porque sus ordenadores hagan cosas diferentes o estratosféricamente diversas que los pc’s. es simplemente porque son CHULOS. PUNTO. Hay veces que compras cosas porque te gustan. Punto. Porque. No lo sabes. Pero te gustan. Es la esencia última del consumismo.

Me lo cambia. Y se asegura muy mucho de cogerse, apuntarse y marcar cual es de los dos teléfonos el mío. Porque por nada del mundo quiere llamarle a él. Y antes de irme y pagar la diferencia. No tanta. Creo yo. Para mi chico es muchísima.

Me vuelve a preguntar: “¿no se enfadará?”  “no lo sé”

Llego a casa y le digo: «¡Ah! La nevera tardará una semana en llegar, el Inox tardan más en entregarlo.»

Mi chico se me queda mirando:

  • ¿la has cambiado? – abre los ojos-
  • Sí. No me gustaba en blanco.

Creo que hasta no le extraña. Me conoce demasiado.

La nevera queda chulísima en la cocina.

 

Consumista

La Suelta.

Sabroso despertar.

Se oyen allí fuera las últimas gotas de lluvia, las que cierran la noche y descorren el alba. Lloran en la ventana. Se acerca el viernes.

Se anticipa la luz, caen los minutos, se acerca el sonido del despertador, apenas 30minutos, me giro y le busco, ronroneo, me hago un ovillo, le molesto y consigo despertarle, gruñe, se acurruca, cariñoso me mete su mano debajo de la tela, recorre mi piel que se eriza y se alegra de encontrarle a esas horas. Tibio, suave, delicado, mío.

Algo se acelera, el ritmo, la causa, la cercanía de la agenda laboral. Me besa, se despierta, se acelera al ritmo, busco su boca, su lengua.

En un cálculo rápido del tiempo y de las posibilidades que nos brindan las hormonas y esos últimos 30 minutos de “noche”, de cama…

Caen los pijamas al suelo, el edredón aún nos cubre, el alba se acerca. El sol despunta.

Él se sumerge entre el edredón y mi cuerpo, bucea y baja… y baja… mmm.

Yo no he abierto ni los ojos.  Pero mi cuerpo está despierto, diría que deseoso. Hasta se me antoja hambriento. Qué delicia el tenerte…

En un gesto de sana curiosidad, aparto el edredón, levanto mi cabeza y miro:

Se ha adentrado en ese pequeño gran universo que esconden mis dos piernas, que abrazan mis ingles, que se intuye pero no se abarca.

Ha metido su cabeza entre mis piernas, masajea mi clítoris con su lengua, de manera aventajada, sabia, sin dudar. Cambia de ritmo. Suaviza. Se separa, me mira rabioso y voraz.

Con su dedo índice me toca la esquina de mis labios, los inferiores, mientras me mira.

Yo subo, subo y subo. Sigo subiendo. Irremediablemente.

Se para. Y me indigno, suplico, pido: ¡más! ¡No pares ahora!

Sonríe. Lo sabía. Pone sus manos en mis rodillas y acaricia mis muslos, se acerca a mi entrepierna. Vuelve a lamerme, chuparme, elevarme. Sin dejar de hacerlo mete un dedo con la yema hacia arriba, lo mete hasta el fondo y presiona, acaricia, a la vez que su lengua baila con mi clítoris. Puro éxtasis.

Subo y subo. Y sigo subiendo.

Me levanta, me sostiene, me mueve, me oye jadear.

Y en ese mismo punto de placer sublime, acelera, cambia el ritmo, cual baile ardiente, rítmico y armónico y sin parar ni un instante, consigue que me alcance el orgasmo en mayúsculas, intenso, largo, profundo. Me recorre el cuerpo se arquea mi espalda. Me sacude.

Se separa, dejándome el dedo. Me sonríe y me besa en la tripa. Lentamente saca el dedo, cuidadoso, sensible, delicado.  Ni me muevo, apenas una sonrisa, aspiro, expiro. Me tapa. Me besa. Me deja. Se aleja.

Silencio. Sueño profundo. ¿Qué más pedirle al amanecer?

Dormida.

La suelta.

¡Buenos días de Viernes!

Momento de mujer.

Tarde anodina. Momento sin importancia. Haciendo zaping en el sofá. Por vaguear, por zarandear un poco los canales, algo que te entretenga, que te divierta. No quieres pensar, te da palo todo. Pereza innombrable siquiera el verbo levantarse.

Y en éstas estás cuando te tropiezas con un documental dedicado a la más atemporal, a la única, según dicen, que la Sala Christie a dedicado un “homenaje”, un mito viviente. El documental está lleno de declaraciones, versiones, entrevistas de conocidos, de sus comienzos, anécdotas. Es curioso que siempre sale el primero que la encontró que ya pensó que sería alguien… Y entre personaje y personaje, ella, en imágenes, en vídeos. Ella en mil versiones, vestida, desnuda, maqueada, descarada. La ponen en negro, en colores, de cualquier manera está increíble. Es Exhuberante, felina, delicada, auténtica. Pequeña. Es la sensualidad hecha mujer, misteriosa, voluptuosa y rabiosamente divina. En términos físicos insignificante. No puedes seguir zapeando entre canales, te tiene capturada, secuestrada. No puedes quitar la mirada de la pantalla.

Simplemente perfecta. Agresiva. Demoníacamente erótica. Sexual y a la vez aniñada.

Sabes que no hay photoshop. Y sigue estando Fantástica.

Viendo una mujer así, hasta podría hacerme bisexual…

Un icono. Vivo. Y “de moda” desde hace más de 20años… superará a la coca cola. Beberemos el sustituto de la coca cola y Kate Moss seguirá dando caña.

Porque de la coca cola se han hecho imitaciones, pero Kate Moss sólo hay una.

Y dan datos:

Mide 1,62. Como yo. Ojos castaños. Como yo. Apenas 50kilos, no llega.

Y piensas: “vaya, como yo. Bueno peso 5kilos más, pero están bien repartidos, fijo. “

 

Y la miras y se rellena tu cuerpo de cochina envidia. La ves moverse con esa chupa de cuero negro, igualita a la tuya, al son de la música. Y piensas honestamente: ¡qué jodidamente injusta es la vida! ¿A ver qué combinación de genes hace que una salga así y la otra asá?… IN-JUS-TICIA!

 

¿Quién me ha jodido!? ¡Yo también puedo!.

Apagas la tele en un arrebato de hacer justicia, te sueltas la melena y te quitas la atemporal, pero poco glamurosa coleta de caballo. Te maquillas con acierto y picardía. Te pintas los labios de rojo pasión. Te enfundas unos vaqueros, tu top más in, tu chupa de cuero y pones a toda leche Tormenta de Arena de Dorian, cada una tendrá la suya, pero a ti te ha dado por ahí…

Y pones el vídeo a grabar. Te olvidas de la cámara y la emulas, te pierdes en la música. Y le envías los mejores besos eróticos a la cámara… y bailas, saltas y posas. Cual sirena exótica y sensual en que te has convertido. Piensas tú. Cara así, careto asá.

Se para la música.

Silencio.

Paras la grabadora. Rebobinas y le das al play.

Te miras… el horror es poco comparado con lo que sientes. Si querías ser una sirena te pareces más a un elefante marino. Si querías parecerte a la Kate Moss más bien tienes un aire a la Belén Esteban… Asumes que Kate sólo hay una con su 1,62. Y que tus 5kilos no deben estar tan bien repartiditos. Debe fallar la grabadora. O el número de color del pinta labios debía ser otro. Algún pequeño error de cálculo.

La injusticia existe.

Pero te lo has pasado pipa.

Eso sí le das a borrar al vídeo. Importante. No se acumularan dos errores de cálculo…

 

Envidiosa

La Suelta.

¡Feliz día del padre!

A esos padres que escriben su función con mayúsculas, que se dejan la piel, que trasnochan calmando un llanto, que son refugio de dudas, apoyo de circunstancias adversas, que son cariño y respuesta. Que son.

A esos papas inmensos, que te arropan al llegar la noche, que cuidan de ti y te dan un beso de buenas noches, que te quieren por encima de la duda, detrás del obstáculo y por delante de los beneficios.

A los padres que son padres, presentes, incondicionales. Que su abrazo es un mundo, un regalo, el cielo. Que la distancia no los borra, que siempre hay una llamada. Que puedes no tenerles pero no dejas de sentirles.

Que no te abandonan, que no te dejan. Que responden. Llaman. Acuden. Sin preguntar, sin juzgar.

Que simple y sencillamente sabes que están.

 

Y es curioso que haya padres que no sean padres.

Padres que no ejerzan y aun así sigan siendo padres. Padres ausentes, distantes, indiferentes.

Ellos también son padres. ¿Padres de qué?

Papi de mi dureza. Papi de mi fuerza. Papi. Siempre.

 

Para tantos es difícil imaginar su mundo sin su papá.

Y para algunos es durísimo abrirse camino sin él.

Ausencia elegida. Indiferencia amarga.

 

Y… a veces te imagino…

Te imagino que caminas a mi lado.

Simplemente., que me abrazas, me das la mano.

Entonces me siento niña. Dulce y tuya.

Mas sacudo mi imaginación no permitida con mi dureza aprendida.

 

En un despiste mi melancolía me lleva, la vida me abofetea, el pasado se retuerce y emerge, se viene de golpe en una milésima de segundo, acuden todos los fantasmas olvidados, se abre la puerta del trastero y salen cual brujas a llevarme. A traerme el miedo. Aquel miedo. Pánico. Escalofrío. Su rostro impávido, su semblante gris. Recorriéndome la espalda, atenazándome el alma.

Y corres a cerrar la puerta del trastero. Esa que nunca osas dejar abierta.

Y pasas página. Condición insalvable del guión divertido de tu vida.

Al destino le gusta jugar contigo.

Y en tu caso dejarte sin papi. No pasa nada. La vida sigue.

La vida. Agridulce.

 

¡Feliz Día del padre a todos los que sí saboreáis su cariño, sus risas, sus abrazos, sus logros y sus derrotas. Los que estáis!

Sois un mundo. Su mundo. Tenedlo presente.

 

Dura.

La suelta.

 

¡Gracias, Papi, por nada!

50 sombras… a secas.

Me planto en el cine a ver la archiconocida y publicitada mundialmente 50 sombras de Grey. Y hay algo que, definitivamente, no entiendo: que el nuevo ídolo sexual tenga un ojo más grande que el otro, que tenga la boca rara, de pajarito, y que pienses que no te pone…. ¿Esto es normal? ¿No había más tíos buenos en el mundo? La directora de casting estaba muy mal. Creo.

Voy a verla, simplemente porque hay que verla. Ver de qué habla la gente. El libro no he podido leerlo: imposible superar la página 50. Infumable. Pero hay que verla.

Pero que en toda la película haya dos frases buenas, dos y localizadas. Después os las cito a las que no hayáis visto la película y así os ahorráis el esfuerzo, los 7€ de cine y la vergüenza ajena de ver tal cúmulo de idioteces y artificialidades. De prejuicios para nuestras chicas vírgenes. Y al fin y al cabo tal grado de tontería en una película que pretende ser la versión cinematográfica del libro porno de culto por excelencia y a lo máximo que llega es a bajarle las bragas. No, creo que no me cuela. No acepto a Grey como chico cañón, me quedo con el Mickey Rourke de 9 semanas y media.

Hay algo malentendido. Será la censura. El afán de recaudación o una campaña de marketing brutal. Pero no me puedes poner a un tío que no soporta su cara un primer plano. Que no sabes qué ojo mirar y que no hay química entre sus personajes. No hay diálogo, historia, no hay argumento. No hay nada. Bueno sí: una inmensa colección de inservibles látigos.

Yo no sabía muchas cosas del sexo, me declaro una ignorante. No sabía que debía coger un helicóptero para ponerme cachonda, no sabía que me tenían que llevar en ultraligero ni firmar un contrato sin luz. Porque el momento en que firman el contrato no hay luz. No deben poder leer ni una letra. Pero eso sí: con copa de cava. Imprescindible para la firma de cualquier contrato. Absurdo. Claro. Todo: la copa +la falta de luz + intento de revisión de puntos de contrato. Todo.

Por otra parte propaganda a saco del sado, el maltrato. La habitación roja… pero ella no parece sufrir hasta cuando lo pide, después se enfada y se larga, sin dejarle a él ni darle un beso. Actitud de niñata. Tú lo has pedido. Pues ahora te quedas y le haces algo…. Nada. ¿Esto es porno? En todas las escenas, mucha esposa, corbata y más tonterías, pero no sufre. En una quizás, tal vez, probablemente, a lo mejor, se le eriza la piel, pero si usas un hielo y te tapan los ojos. Vamos que es de cajón que algo te retuerzas o te cagues en su puta madre.

La única parte realista de toda la película es que me pareció que en algún momento se ponía un condón… que muchos Greys actuales ni eso. Me parece correcto y oportuno. Pero eso es un tema que a muchas las desentona. Así que en una película que no paran de montar prejuicio encima de prejuicio éste se lo podían ahorrar.

El vestuario de la chica deja un poquito que desear. Vamos que esos zapatos… esas camisas de florecitas… no te diré que te enfundes un mono animal print. Ni ir todo el rato con tacón de aguja, pero entre que la pintan vírgen, sumisa y tonta. Sólo sabe morderse el labio inferior (a partir de ahora veré a muchas chiquillas mirando al chico que les mola mordiéndose el labio inferior… ellos no entenderán una mierda y ellas se sentirán erróneamente enormes. Bien). Es su manera tímida y comedida de decirle a Grey que la está… inquietanto. Diría poniendo cachonda, pero es que en la película no usan estos términos. De hecho no usan ningún término. Porque por no haber no hay ni diálogo.

Y la escena que me parte en dos es cuando se la tumba encima de las piernas y le da cuatro azotes en el culo, “¡¡porque ha sido mala!!”, le suelta!!. Vamos que mi chico me da cuatro azotes en el culo porque me he portado mal y del guantazo que le planto en la cara le dejo los cinco dedos marcados. Y de cachonda nada. Más bien me pondría de una mala hostia que para qué!

En fin que salimos del cine echando humo, yo riéndome a carcajada limpia y pensando que tal vez deberé pintar mi habitación de rojo… pero sólo de pensarlo… ¡¡qué estrés!!!

¡Ah! No me acordaba de citaros las dos frases buenas de la película, al inicio de todo cuando ella parece querer saber de él. Él le dice: “no soy bueno para ti, aléjate de mí”

Vamos que es la mejor frase para que no se te desenganche la chica de tu culo, será tu espía, tu sombra. Ahí consigue su propósito: que ella se muerda el labio inferior.

Y la otra frase medio buena es: “pero qué me has hecho, yo no hago esto con ninguna mujer.”

Ahí le has dado, porque pensar que eres diferente, única, que consigues algo más que toooodas las anteriores. Esto pone. Directamente. Más que cualquier látigo.

Espero con este post. Que una de vosotras, sólo una, consiga repensarse el ir al cine a ver esta pantomima de lo  que es el apetito sexual, la líbido, de una historia de química y de atracción entre dos personas. Porque eso no te lo da un helicóptero, una copa de cava, ni un piano. Te lo da la mirada, la complicidad, el amante, que te lean el pensamiento. El apetito sexual es hambre. Son ganas. Y eso no se fabrica. Existe o no existe. Ni se crea ni se destruye. Se transforma. Y depende de la composición de dos personas. Así de simple.

Pero crear estereotipos absurdos me parece una manipulación a gran escala. Y el sentirse sometida, dominada, está guay. Puede poner. Pero dentro de unas formas. De un permitir. De un juego. Pero siempre con contenido. Me parece hueca la historia, vacía, sin contenido.

Simplemente.

 

Alucinada.

La Suelta.

Hacían P.4… continuación.

Volvió a casa llorando, las lágrimas brotaban de sus ojos, recorrían sus mejillas y caían. La tristeza más honda, más pesada, más gris, inundó su cuerpo. No tenía fuerzas. Sólo quería que el mundo apagara las luces. Pero sobre todo quería no sentirse colgada de aquel chico que no la deseaba. Que no se fijaba en ella.

Y pasaron las novias, ella aprendió a mirar y callar, a escuchar las historias de él, a darle consejo incluso, mientras el corazón se le encogía. Le seguía preparando la copia de los apuntes, nada podía hacer. Su amor era mucho más grande que su dolor y resentimiento. Él nunca le prometió nada, nunca le mintió, ¿por qué debería odiarlo? No podía odiarlo. Sólo tenía un sentimiento de querer cuidarle, quería que él fuera feliz. Lo demás le importaba poco. Ella le seguía teniendo presente en cada uno de sus actos. Sin poderlo evitar él ocupaba todos sus pensamientos, sus intenciones. Se sentía vencida y dependiente. Pero ya no luchaba contra ello.

Y llegó la fiesta de final de curso. De COU.

 

Después de bailar, beber, reír y hacer el burro, juntos. Él no se separó de ella en toda la noche, estuvo pendiente y la miraba cuando reía, embelesado. Ella iba muy guapa, con aquel vestido, con el pelo suelto y un no sabía qué que le tenía flipado, no podía dejar de mirarla, aquella risa le hacía sentir bien.

Ella pensó que si la felicidad existía era lo más parecido a esa sensación.

Y una esquina antes de cerrar la fiesta, encender las luces, irse todos a desayunar… él la miró a los ojos y después detuvo su mirada en aquellos labios, que se le antojaron sexys. Deseó besarla. Y la volvió a mirar a los ojos. Ella lo miraba expectante, con los ojos abiertos como platos, las mejillas hirviendo y las pupilas dilatadas. El corazón sintió que se le iba a salir del pecho. Se quedó quieta y le vio lentamente acercarse a sus labios. Él se detuvo un centímetro antes de tocarla. Con sus dos manos la cogió tiernamente del cuello, levantó su barbilla hacia él. Y acto seguido la besó. Tan delicada y suavemente. Con tal elegancia. Que ella supo que no besaría a nadie más en su vida. La certeza se convirtió en mayúsculas, cerró los ojos y se dejó llevar.

Sus lenguas se conocieron, al principio lentamente, después la premura, el deseo, las hormonas y el descubrirse hicieron el resto.

El la cogió de la mano y se la llevó de la fiesta, se la llevó para quedársela, para nunca más separarse de ella, para seguir mirándola y mimándola toda su vida. Para conseguir su felicidad. Y ella con su risa hacía el resto.

Empezaron a caminar juntos en aquella fiesta de COU. Y nunca más se soltaron de la mano.

No comieron perdices, pero tuvieron dos hijos. Hoy los puedes ver serenos y tranquilos, con el sosiego que te da haber encontrado el amor de tu vida, haberlo reconocido y poderlo abrazar hasta que la vida se reescriba.

Ella siempre podrá decir que se dejó besar por la felicidad. Que su niña saboreó el cielo. Y allí se quedó.

 

Con cariño.

La suelta.

Hacían P.4

Hacían P.4 cuando sus miradas se encontraron por primera vez. A ella aquel niño gamberro y descarado le secuestró la mirada, no pudo mirar a nadie más, hasta el día de hoy.

Descorrieron la infancia, aprendieron las letras, los números y los colores, uno muy cerquita del otro. Sus pupitres se tocaban. Él, un niño vivaracho, inquieto, tremendo. Auténtico. Ella dócil, tranquila, paciente, enamorada.

Él a sus cosas, con sus amigos, mirando la próxima travesura.

Ella a sus cosas, con sus amigas, mirándole a él, irremediablemente.

Fueron creciendo, los números pasaron a ser ecuaciones, las letras oraciones, vinieron los exámenes.

Ella tenía pulcramente sus apuntes colocados, ordenados, subrayados por colores, con la misma letra de principio a fin. Él a veces hacía campanas, otras no los había cogido bien, siempre acababa pidiéndole los apuntes, a última hora del día anterior.

Era un día previo a un examen de 8 E.G.B. 20.00pm, en casa de ella, sonó el teléfono, a ella le dio una punzada el estómago y un respingo en la silla, “¿por qué?” pensó.

Su madre asomó en su cuarto: es para ti, ¿adivina quién es?? Le dijo con rintintín.

Cuando oyó su voz al otro lado del teléfono inventándose una historia ya sabía lo que le iba acabar pidiendo. “¿me dejarías los apuntes?”. “Sí, pero tendrás que venir a buscarlos”. “Ahora vengo”. Colgó el teléfono a la vez que sonaba el timbre del portal. Ella corrió a su cuarto a coger la copia de apuntes que le había preparado.

No podía remediarlo, pensaba en él constantemente, lo llevaba con ella a todas partes, se vestía pensando en él, empezaron instituto, BUP. Y llegó la primera novia, de él. A veces los tortazos los recibes sin previo aviso, sin haber hecho nada, o incluso siendo buena gente, haciendo las cosas bien, siendo la mejor versión de ti mismo, en ese preciso momento te puede caer la mayor hostia de tu vida. La vida es así, injusta y cabrona. Es lo que tiene.

Y ese día al salir de clase ella le vio con su carita de pillo, al fondo del pasillo, apoyándose con una mano en la pared y una chica mirándoselo con ojitos de alucinada a dos dedos de su carita, se miraban atontados. Les veía entre el gentío, él se acercó y la besó en los labios, después salió con ella de la mano.

Sintió que el mundo se paraba, el suelo se abría y ella caía al fondo para llevársela. Su vida ya no tenía sentido. No había motivo para seguir. Sus apuntes ya no tenían dueño. Y ella le siguió con la mirada, como cuando miras todos los títulos de una película con final triste a ver si cuando acaban cambia algo. Pasó por su lado y él la sonrió como diciéndole a un amigo: ¡mira qué guay!. Mirada de amigo, de cómplice. Ella fingió y sonrió.

To be continued.

La semana que viene…

 

 

¡Feliz San Valentín! A todos esos corazones secuestrados, obsesionados, trastocados, hechizados, llenos de magia, inundados. Enamorados al fin y al cabo.

Ese loco y delicioso sentimiento.

Ese viaje donde su presencia te acelera, las yemas de tus dedos acarician el cielo y su mirada te parece el clímax.

Hoy es vuestro día, tortolitos. Embriagaros y dejaros llevar. La vida es corta, a veces fugaz.

Es un simple juego donde gana el que más siente.

 

La Suelta.

Contradicciones

Estoy esperando religiosa, obediente y pacíficamente en la cola del supermercado, cuando sin quererlo ni pretenderlo, mis ojos caen sobre esa mujer mulatona, negra, exótica, tremenda, lo sabe bien.

Se ha maqueado como si fuera a un casting para el club eclipse… ¡Dios mío de mi vida! Tiene unas curvas que volvería loco a un compás. Un culo y unas tetas que ni la … lleva un vestido ceñido en estampado tigre. Labios rojos carmín. Zapatos de aguja. Melena con mechas que juraría por mi blog que venía de la peluquería. Melena leona. Y se contonea bordeando lo erótico sacando la leche y el arroz del carrito del súper.

Efectivamente el mundo lo formamos diversidades culturales con multitud de inquietudes. Distintos pudores. Y diametralmente opuestos gustos.

Pero ella no para de sonreír. Parece hasta divertirse.

Y no puedo dejar de mirarla.

Me pregunto qué hará y cómo vestirá, pues, para ir a la discoteca…

Quito la mirada y en la cola de al lado un chico embobado se la mira con total descaro. Con literalmente la boca abierta. Lengua seca y con la novia al lado. Modosita. Discreta de formas. Melenita. Mocasines y pinta de no haber roto en la vida un plato. Empezar las frase con perdón y acabar con por favor. Se lo mira disimulando. Como sin mirarle. Pero sin quitarle ojo.

Y la mulatona repara en el descaro del “niño”, en los celos de su chica y en el poder de su curva. Y se lo mira descaradísimamente a la cara y le sonríe juguetona. Le guiña un ojito. Le pone morritos y se carcajea en su cara.

La novia no da crédito. Se gira indignada.

Pero el chico ya nada ve: ojos en blanco intentando poner en funcionamiento el cerebro superior.

Que la chica que le conviene es la que está en su cola.

Se queda mirando al suelo…

Miro el reloj: 12:00.

En el súper

Bueno, al menos la espera está siendo divertida. Pero me pregunto si hay cámara oculta. Fijo.

El mundo no es el que conocía. He cambiado de planeta o me salté alguna clase.

La mulatona se va con su carrito para el parking.

Contoneándose a más no poder.

El chico la mira cruelmente descarado alejarse.

Y en un instante se acuerda que vino con su chica. La mira, está dolida. Se lee en sus ojos: la cagué. Sorry. Pero estaba buena. Casi justificado…

 

Me voy hacia el parking, dándole más vueltas a mis pensamientos.

La encuentro en el baño de mujeres en esos que tienen el bajo de la puerta alto y ves los pies… se mete en uno.

Me quedo flipando al verle los pies como se colocan los hombres de pie y mirando al wc…

No puedo soportarlo, me agacho y miro debajo de la puerta: EFECTIVAMENTE. Es un tío.

Hubiera salido corriendo a decírselo al pobre chico dudoso mentalmente infiel.

 

O mejor no.

Mejor no saberse engañado por otro hombre…

 

 

Inquieta

 

La suelta

La vida. Cabrona.

La vida continúa. No para. No tiene pausa. No hay anuncios. No descansa. No da respiro. Continua. Pase lo que pase. Te guste o te disguste. A veces parece ir más lenta. Óptica caprichosa.
Pues la vida sigue. Aunque a veces te de un zarpazo y te deje inconsciente, vapuleado, sin ganas o deprimido. A lo suyo.
Ya puedes estar tu triste, sin energías, sediento, sin ánimo. Ella rueda. Camina, sin paradas.

No hay fuerzas, no hay motivo, no hay risa compartida.

No hay alegría al final del día.

La tristeza inunda, moja, embriaga. No la querrías. Pero allí está.

No la llamaste, llegó sin previo aviso.
El banco no llama: «no sufra amigo, este mes no cobramos»
La vida… tan amiga. O Tan poco.
Te impone. Te ordena. No pares tu sigue.
Cada día amanece. Sin tregua.
Y te vence.
A impulsos te dejas: «lo dejo. No sigo. No quiero. No puedo. Que paren, me apeo»
Pasa de ti. Altiva, distante.
Apartas la locura: «¿Qué digo? ¡loca!»

O no. ¿Para qué, a veces, la vida?
Nadie responde, si es que hay alguien que escucha.
Sin respuestas. Pero preguntas… tantas.
Injusticia, presente.
Y a ratos cuestionas «¿será esto una broma de mal gusto? Simplemente…»
La vida, otra vez, te exige. Te pide.
Llora, te grita.
No te conoce. O te sabe tanto.
Y te cae un periódico. Un titular, sabiamente hilado. Un corrupto. Un crack.

Una noticia que sabe a ultracosmos. Lejana. Injusta. Ajena.
La vida, dispar. Desequilibrada. Suya. Impuesta.
Cierras el periódico por el peligro real de convertirte en terrorista, sicario, poseída.
El tortazo de la injusticia. ¡qué amargo!. Cruel. Impuesto.
Consejos. Guías de instrucciones. Recomendaciones. No valen para nada.

Llevadme, que no puedo.
La vida me vence. Me ha vencido, ya no soy.

Como el cenicero atiborrado de colillas, de ceniza y porquería en el último rincón del bar.
Sucia. Pringosa. Miserable. Olvidada.

Tu vida. O la mía.

Hoy triste, ¿por qué no?

 

La Suelta.

Bachata…

Me doy cuenta hoy mismo que mi vida sexual es penosa desde hace meses. No me como un rosco. En el sentido estricto se la palabra. Salgo y busco la oportunidad pero será que mi listón ha subido a cotas inalcanzables, mi nivel de embriaguez no lo baja o todos los de mi rango me parecen calamidades inservibles a altas horas de la madrugada. Pero entre pitos y flores… la menda hace meses que no se acuesta con un hombre. Que no me tocan, acarician, ni toco, ni chupo, ni naaa de naaa.

Así de confesional estoy hoy.

Y así de claro puedo decirlo.

Porque las verdades por su nombre.

Y ¿qué sucede? Pues que llega un punto que empiezo a ver a todo hombre que se me cruza en mi camino como un mero trozo de carne parlante. He perdido el sentido del respeto y la capacidad de escuchar. ¡Por Dios que esto no debe de ser sano!

Es feo. Lo sé. Me voy apañando… Dignamente.

Y en estas estaba cuando una amiga me ofrece acompañarle a clases de bachata. ¿Qué es eso? Pregunto. Un baile salsero lento. ¡Ah! Suena bien.

Y me planto en mi clase de bachata. Clases serias y gente educada.

No vayáis a malpensar.

El grupo 5 chicas y 5 chicos que van rotando cambiando de pareja en cada figura que el profe enseña. Profe dominicano, está bueno, para qué negarlo.

Música lentorra, molona y salsera.

Y en el primer acercamiento el chico se arrima mucho más allá de mi espacio vital. Y en mi estado nada recomendable. Déjate llevar me susurra. Educadamente. Pero con esas palabras al fin y al cabo.

Déjate llevar es déjate llevar. Ni más ni menos. El chico no está mal. Tampoco para tirar cohetes. Se acaba la figura.

Cambio de pareja.

Me toca un señor mayor. Que me arrima como si fuera su esposa. Baila bien, me sorprende. Aquí la mayor torpe soy yo. Acaba la figura. Hasta el señor este se me antoja interesante.

El profesor explica la figura llamada seducción. ¡Toma ya!

Me toca un mozo bastante guapo por Dios. Voy a acabar enferma.

Este nivel de hormonas alteradas va acabar conmigo.

Como se mueve por Dios. Me coge de la cintura me lleva, me gira y me tumba… ¡Uuuf!!

Y me viene esa frase a la cabeza: quien sabe bailar bien sabe follar de vicio.

Nena: ¡prohibidos estos pensamientos, cariño!!

Me suelta. Siguiente.

Me toca un tiparraco bajito y con una sonrisa de oreja a oreja al ver que le toca conmigo. No puede disimular, se arrima. Me embriaga su olor a colonia. Uf!

Dentro de mi pienso: has venido a bailar, pues baila. Déjate llevar. Y me lo empiezo a pasar bien. Paso de lo que debo parecer desde fuera. De lo que diría la yaya con este intercambio físico de parejas…

Y bailo, arrimados, porque así es el baile. Y la música empieza a mojarme, sus letras seducen y cierro los ojos.

Al final de la clase hasta me parece que sé bailar.

 

Será que no. Pero salimos riéndonos. ¿De qué? ¿De nada?

De nosotras, por encima de todo.

 

No he follado. Mi vida sexual sigue siendo miserable, un punto más cachonda (mentalmente) sí estoy.

Así que podríamos decir que hasta he empeorado…

Pero más alegre seguro.

 

Alegre.

La suelta.